José Antonio Pumares en Mesón A Rúa

José Antonio Pumares en Mesón A Rúa Cedida

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Mesón A Rúa se despide tras 70 años en A Coruña: "Me da mucha pena, aquí hice toda mi vida"

José Antonio Pumares cerrará el 22 de octubre una etapa iniciada por su padre en 1956 en la avenida de Pedralonga

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El próximo 22 de octubre será un día difícil de olvidar para José Antonio Pumares. Ese día servirá por última vez al frente de Mesón A Rúa, el establecimiento de la avenida de Pedralonga que abrió su padre en 1956 y en el que él ha pasado prácticamente toda su vida.

"Se podría decir que nací en el bar, en el año 1961", cuenta Pumares, que tomó las riendas del negocio familiar en 1985. Cuatro décadas después, su jubilación pondrá fin a una etapa marcada por los menús del día, la cocina tradicional y generaciones de clientes que convirtieron A Rúa en un establecimiento conocido dentro y fuera del barrio.

La historia del propio local es incluso anterior. Según recuerda el hostelero, el espacio funcionaba desde 1902 como una casa de coloniales regentada por Victoriano Díaz. Fue en 1956 cuando su padre se hizo con el traspaso y comenzó la etapa de Mesón A Rúa que ahora llega a su fin.

De servir vinos siendo un niño a ponerse al frente del negocio

José Antonio creció literalmente entre aquellas paredes. Sus primeros recuerdos detrás de la barra se remontan a cuando apenas tenía cinco o seis años. "Mientras mi padre jugaba a las cartas con los clientes y estaban de farra, yo era el que ponía los vinos", cuenta.

En 1985 tomó las riendas del establecimiento tras la jubilación de su padre. Desde entonces, el menú del día fue el corazón de A Rúa. "Siempre me he dedicado a los menús, toda mi vida. Es de lo que he vivido todo este tiempo", añade.

Su propuesta se mantuvo fiel a una forma de cocinar cada vez menos habitual. "No tengo congelador, no tengo horno, no tengo nada. Siempre elaboré comida hecha al momento, al día", explica.

Entre los platos que terminaron convirtiéndose en clásicos estaban los callos, el cocido y la carne asada de ternera, esta última con un componente especialmente personal. "Es una receta tradicional de mi madre, me la dio antes de morir y yo la sigo manteniendo", relata.

No necesitó grandes campañas para llenar las mesas. "Yo nunca he hecho publicidad. La única publicidad que teníamos era el boca a boca", afirma. Y funcionó. Además de los vecinos de Pedralonga y de zonas próximas como Xuxán, A Zapateira o Vilaboa, recuerda clientes procedentes de Carballo, Arteixo y otros puntos que aprovechaban cuando trabajaban cerca para acercarse a comer.

José Antonio Pumares junto a su padre en Mesón A Rúa

José Antonio Pumares junto a su padre en Mesón A Rúa Cedida

16 bares en apenas 500 metros

La historia de Mesón A Rúa permite también mirar hacia una Pedralonga muy diferente a la actual. Pumares conserva especialmente vivos los recuerdos vinculados a los primeros años de la Fábrica de Armas, cuya actividad transformó por completo el entorno.

Recuerda incluso cómo eran los terrenos antes de la expansión de las instalaciones, cuando todavía había viviendas que posteriormente fueron adquiridas o expropiadas para disponer del suelo necesario. Pero, sobre todo, recuerda a sus trabajadores. La fábrica llegó a reunir a miles de empleados, muchos de ellos con salarios modestos y costumbres muy diferentes a las actuales a la hora de comer.

"Entraban a las ocho y diez de la mañana, salían a las doce, volvían a entrar a las doce y veinticinco y salían a las cuatro y cuarto", relata. A mediodía llevaban la comida preparada desde casa: "Traían los bocadillos envueltos en papel de estraza. Tocino, chorizo… lo que había en casa", añade.

Los establecimientos de la zona vivían alrededor de aquel enorme movimiento de trabajadores. Pumares recuerda una cifra que hoy resulta difícil de imaginar: 16 bares en un tramo de aproximadamente 500 metros. "Lo que hacíamos era venderles el vino. Nada más. Vendíamos el vino y las copas de aguardiente, las claras, los chiquitos…", recuerda. Con entre 3.000 y 4.000 trabajadores pasando diariamente por la fábrica, aquel movimiento sostenía buena parte de la hostelería de Pedralonga.

De lunes a lunes y desde primera hora de la mañana

Durante décadas, descansar era prácticamente una excepción en A Rúa. Tanto con su padre al frente como posteriormente con José Antonio, el mesón llegó a abrir todos los días de la semana. "Trabajábamos de lunes a lunes. No descansábamos ningún día", recuerda. Las jornadas podían comenzar a las seis de la mañana y prolongarse hasta las diez, las once o incluso las doce de la noche.

Ese ritmo se mantuvo durante buena parte de su vida laboral. No fue hasta los últimos años, especialmente a partir de la pandemia, cuando comenzó a reducirlo.

Por eso, cuando habla de la jubilación, se mezclan las ganas de descansar con la sensación de abandonar el lugar en el que ha transcurrido prácticamente toda su vida. "La verdad es que me da muchísima pena. Toda la vida aquí, he metido muchas horas, muchos recuerdos, mucho de todo", reconoce.

Encontrar una única anécdota entre tantas décadas le resulta prácticamente imposible: "Aquí hice toda la vida, todo. Ten en cuenta que yo de aquí no salí. Estuve todos los días aquí, desde que nací prácticamente".

El último menú llegará el 22 de octubre

El 22 de octubre, coincidiendo con el día en el que se hace efectiva su jubilación, será el último de José Antonio al frente de Mesón A Rúa tal y como se conoce hasta ahora.

No será, sin embargo, un adiós definitivo al establecimiento. Una de sus hijas continuará con el negocio, aunque dará un giro al concepto que durante décadas estuvo ligado a los menús del día.

La nueva etapa apostará por los desayunos, con café de especialidad, pan, tostadas y bollería, y por una oferta de tarde enfocada al afterwork, con vinos, cervezas y otras propuestas. También está previsto organizar viernes temáticos alrededor de la gastronomía y la música.

El renovado establecimiento tiene previsto abrir sus puertas el 3 de noviembre, apenas unos días después del cierre de la etapa anterior.

Pumares ve con buenos ojos el proyecto de su hija y considera que los cambios que está experimentando la zona pueden jugar a su favor. "Creo que esta zona se está revitalizando y la propuesta del negocio creo que es buena", señala, aunque su veteranía en la hostelería también le ha enseñado que ninguna idea garantiza el éxito: "Importa que vengan los clientes. Si no vienen, por muy buenas ideas que tengas, no funciona".

Él seguirá cerca para aportar la experiencia acumulada durante todos estos años, pero ahora desde una posición diferente. Después de una vida marcada por jornadas interminables detrás de la barra, quiere viajar, descansar y disfrutar de su tiempo."Tengo que empezar ya a disfrutar", dice.

Y cuando piensa en todo lo trabajado desde aquel niño que servía vinos mientras su padre jugaba a las cartas con los clientes hasta su último menú en Pedralonga, lo tiene claro: "Necesito descansar, me lo merezco".