Mª del Carmen horneando uno de sus panes
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El oficio del pan de Carral (A Coruña) que una familia mantiene vivo desde hace más de un siglo
La panadería Pedro Fernández lleva desde los años veinte del siglo pasado elaborando pan de Carral con la receta de siempre y repartiéndolo de forma tradicional entre sus vecinos
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La abuela de Mª Carmen fue la primera de la familia que se puso a hacer pan. Por aquella época, en los años veinte, el pan de Carral aún no había adquirido la fama de hoy, pero empezaba a hacerse cada vez más popular entre las comarcas vecinas.
Como sucede con las grandes historias, todo comenzó por pura practicidad. La carretera que iba de A Coruña a Santiago, y viceversa, no tenía nada que ver con la actual AP-9: era una carretera nacional, de un carril por sentido y plagada de curvas. Pero resulta que la casa de la bisabuela de Mª Carmen estaba en ese trayecto. Y empezó a hacer pan para que los viajantes parasen, tomasen un vasito de agua, comprasen una bolla de pan y siguiesen el camino. Esos fueron los orígenes del pan de Carral y de la famosa panadería que hoy protagoniza estas líneas, la panadería Pedro Fernández.
“Toda mi vida ha estado dedicada a esta panadería”, nos explica Mª Carmen. Cuando su abuela falleció, el negocio lo heredaron su madre y su padre, y posteriormente pasó a ella y a su marido. Su hija, Rita Insua, y su yerno son la cuarta generación de una familia que se ha dedicado en cuerpo y alma al pan de Carral.
El nombre viene de su padre, Pedro Fernández. “Él era barbero y, al principio, compatibilizaba ambas cosas, pero llegó un momento en el que mi madre le dio a elegir: o la panadería o la barbería. Y se quedó con la primera”, cuenta Mª Carmen.
Mªdel Carmen y algunos de los panes que elabora en su panadería
Panes tradicionales, harina de trigo del país y trato familiar con sus clientes
“Aquí hacemos pan de largas fermentaciones, sin prisa… como se ha hecho siempre”. Mª Carmen amasa la bolla con dedicación, principalmente elaborada con harina de trigo del país, y la deja fermentando las horas que sean necesarias hasta el momento de meterla en el horno.
Con esa misma masa hacen todo tipo de pan: trenzas, chapata, panes pequeños, barras artesanas… pero lo que más sigue triunfando entre su clientela es el bollo y la bolla tradicional. Parte del consumo de este tipo de pan tiene que ver con el modelo de negocio que ha instaurado la familia, en el que la venta a domicilio es una de las principales formas de distribución.
“Para mí el trato con mis clientes es muy importante. Yo llego a las casas y me conocen, sé qué quieren, cómo les gusta el pan… el reparto frío de las mensajerías no es nuestra forma de hacer las cosas. Tenemos otros puntos de venta, como un despacho en Sada que abrió mi hija, pero yo prefiero el contacto directo. ‘La tía María’, me llaman muchos”.
Su madre, que también se llama Mª Carmen, vive en la casa de al lado y suele pasarse por la panadería muy a menudo. “Mira, así se sabe si un pan es bueno”, nos dice mientras parte una bolla por la mitad y nos la acerca, apretándola para que suelte los olores. Y, efectivamente, la bolla libera todo su aroma con ese simple gesto.
Luego, nos enseña un enorme cartel de una de sus hazañas: una empanada de 2 metros de largo y un bollo de 28 kg de peso que hizo en 1976. “Tuvimos que llevarlos en furgoneta porque no cabían en el coche”, nos cuenta, orgullosa.
Una familia que lleva más de 100 años dedicándose al pan de Carral, no solo con el esfuerzo y el sacrificio que implica el oficio de la panadería, sino también con una pasión que se transmite de generación en generación.