Jesús Suárez

Jesús Suárez El Español

Opinión

La peonza que se negaba a bailar

Un texto del comunicador Jesús Suárez sobre el tradicional juguete con el que todos hemos jugado

Publicada

Antes de que los juguetes tuvieran wifi, luces LED y una aplicación que te pide hasta el grupo sanguíneo, nosotros teníamos una peonza.

Madera.

Una punta de hierro.

Una cuerda.

Y búscate la vida.

La teoría era sencillísima: enrollabas la cuerda desde la punta, apretabas bien, lanzabas con un movimiento seco y la peonza debía caer sobre el hierro y ponerse a bailar.

Eso decía la teoría.

Luego estabas tú.

La lanzabas con toda la dignidad que puede reunir un niño de nueve años y aquella hija de puta pegaba contra el suelo, daba dos tumbos y se quedaba acostada.

Muerta.

Mientras tus amigos te miraban.

Porque el verdadero problema de fallar no era la peonza.

Eran los cabrones que estaban alrededor.

—No sabes.

Gracias, Miguel Ángel.

Tu aportación técnica ha sido decisiva.

Siempre había uno que sabía hacerla bailar perfectamente. La lanzaba, caía de punta y aquello giraba tan fino que parecía inmóvil. Después abría dos dedos, la recogía del suelo todavía bailando y se la colocaba en la palma de la mano.

Ese niño no tenía amigos.

Tenía súbditos.

Y entonces empezábamos los demás:

—Déjame probar.

Porque conseguir que la peonza bailase en la mano era nuestro equivalente a pilotar un caza.

Cuando por fin lo lograbas gritabas:

—¡Mira! ¡Mira!

Nuestra generación decía mucho «mira».

Era fundamental.

Porque no había móvil para grabarlo.

Si nadie había mirado, tu hazaña no había ocurrido.

Pero la peonza tenía un lado bastante más cabrón.

La guerra.

Se dibujaba un círculo y las peonzas entraban allí a darse de hostias. Podías lanzar la tuya contra otra para sacarla, detenerla o directamente dejarle un recuerdo en la madera con la punta metálica.

Aquello ya no era jugar.

Era una pelea de gallos para menores.

Tu peonza favorita terminaba llena de agujeros, arañazos y golpes.

Y tú orgulloso.

Cuanto más machacada estaba, más respeto imponía.

Parecía haber desembarcado en Normandía.

Además, había que enrollar bien la cuerda. Si quedaba floja, estabas jodido. Si se montaba sobre sí misma, estabas jodido. Si al lanzar se te escapaba, podías joder a otro.

Era un juguete con múltiples posibilidades.

Hoy aquello vendría acompañado por un manual de seguridad de cuarenta páginas.

Nosotros teníamos una sola instrucción:

—Aparta.

Y funcionaba.

Una peonza de madera con punta de hierro salía disparada hacia un grupo de niños y alguien gritaba:

—¡Cuidado!

Todos saltaban.

Prevención de riesgos laborales terminada.

Lo maravilloso era que podíamos pasar una tarde entera con aquello.

Una puta peonza.

Ahora para entretenernos necesitamos fibra óptica, tres plataformas de streaming y un algoritmo que lleve seis años estudiando nuestros gustos.

Entonces bastaba con conseguir que un pedazo de madera diese vueltas.

Y nos picábamos.

Muchísimo.

—La mía dura más.

—Una mierda.

Y ahí tenías a seis niños agachados mirando dos peonzas girar.

Eso era Netflix.

Sin cuota mensual.

Sin anuncios.

Y sin que al terminar la temporada te cancelaran la serie.

La peonza solo tenía un final.

Empezaba a tambalearse.

Cada vez más.

Hasta que hacía:

Tac.

Y caía.

Entonces nadie analizaba el fracaso, buscaba culpables ni publicaba una frase motivacional.

Cogías la peonza.

Enrollabas otra vez la cuerda.

Y volvías a lanzarla.

Éramos bastante simples.

Pero quizá habíamos entendido algo.

Cuando la vida deja de bailar, a veces no hace falta un coach.

Hace falta dejar de tocar los cojones, enrollar otra vez la cuerda…

y tirar.