Donald Trump en la Casa Blanca con productos Goya Foods

Donald Trump en la Casa Blanca con productos Goya Foods https://es.wikipedia.org

Historias de la Historia

Carolina Casal, la gallega que fundó el mayor imperio de comida hispana de Estados Unidos: Goya Foods

La historia de una mujer natural de Caldas de Reis que, junto con su marido burgalés, fundó una de las mayores compañías de Estados Unidos

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Si entras en cualquier supermercado de Nueva York, Miami o Los Ángeles y buscas el pasillo de comida hispana, hay una etiqueta que se repite hasta el infinito. Es amarilla y roja y contiene seis letras que cualquier estadounidense sabe pronunciar: GOYA. Está en las latas de alubias, en los botes de aceitunas, en el aceite de oliva, en el arroz, en las conservas… formando parte de un imperio con más de 2.600 productos, 26 fábricas en cuatro países, más de 4.000 empleados y una facturación que ronda los 2.350 millones de dólares al año. Este 2026, la empresa cumple 90 años y sigue siendo la mayor compañía de alimentación en manos hispanas de los Estados Unidos de América. Su origen se suele contarse como la historia de un emigrante burgalés que compró una marca por un dólar y construyó un imperio, pero aquel burgalés no estuvo solo. A su lado, en la misma tienda, detrás del mismo mostrador y firmando las mismas cuentas, había una mujer que, con 17 años, había cruzado el Atlántico con tan solo una maleta. Se llamaba Carolina Casal, era de Caldas de Reis y junto a su esposo fundó un imperio global: Goya Foods.

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Carolina Casal Valdés nació en 1890 en Caldas de Reis, en Pontevedra. Como tantas familias gallegas de finales del siglo XIX, vivían con lo justo y pensando cómo conseguir alcanzar una vida mejor.

Entre 1860 y 1930, alrededor de un millón de gallegos abandonaron su tierra rumbo a América. Salían de los puertos de Vigo, A Coruña y Vilagarcía en barcos abarrotados, con destino a Buenos Aires, La Habana, Montevideo, Caracas o San Juan huyendo del hambre, de la pobreza y de un país que no tenía ya nada que ofrecerles. Muchos no volvieron jamás.

Trabajadores gallegos en Alto da Serra, São Paulo, en 1909.

Trabajadores gallegos en Alto da Serra, São Paulo, en 1909. https://es.wikipedia.org

Carolina fue una de ellos. Con solo 17 años se embarcó junto a su hermana Anita rumbo a Puerto Rico, una isla que hacía una década que había dejado de ser española y que empezaba a llenarse de emigrantes gallegos y asturianos dispuestos a probar suerte en las plantaciones de azúcar y el comercio.

En Puerto Rico, Carolina se instaló en San Lorenzo, un municipio del interior montañoso de la isla. Y allí, en aquel pueblo perdido del Caribe, se cruzó con otro emigrante español que había hecho un viaje parecido al suyo.

Se llamaba Prudencio Unanue Ortiz. Había nacido en 1886 en Villasana de Mena, en el Valle de Mena burgalés, y había llegado a Puerto Rico en 1903, también con 17 años y también con las manos vacías, pero en la isla había conseguido prosperar con un pequeño negocio de distribución de alimentos.

Carolina tuvo que esperar tres años para casarse, porque Prudencio se marchó a Estados Unidos a formarse. Allí aprendió inglés y se matriculó en una escuela de negocios en Albany, en el estado de Nueva York. Solo cuando terminó sus estudios regresó a Puerto Rico y se unieron en matrimonio. Era 1921.

Vivieron un tiempo en la isla, donde nació su primer hijo, y poco después dieron el salto definitivo y se subieron a un barco rumbo a Nueva York.

Prudencio Unanue.

Prudencio Unanue. https://www.goya.com/

Allí, en una ciudad que hervía de inmigrantes, Prudencio trabajó como agente comercial de empresas españolas y probó suerte en varios negocios. Fracasó en casi todos e incluso uno de ellos, un pequeño negocio de exportación de radios, se hundió del todo y lo dejó arruinado y con cuatro hijos que alimentar: Ulpiano, José, Antonio y Francisco.

Y fue justo ahí, en el peor momento posible, cuando la noche es más oscura, cuando llegó la oportunidad.

Un conocido le ofreció a Prudencio deshacerse de un cargamento de 500 cajas de sardinas en conserva procedentes de Marruecos. Las latas venían con una etiqueta impresa en la que se leía una palabra corta y fácil de pronunciar tanto en castellano como en inglés: Goya. A Prudencio le gustó y compró los derechos de aquella marca por un dólar. Era 1936.

Ese mismo año, el matrimonio abrió una pequeña tienda en el número 36 de la calle Duane, en el Bajo Manhattan, y compró además una empresa quebrada que embotellaba aceite de oliva, la Seville Packing Company.

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El negocio que idearon era, en origen, muy sencillo. Importar de España aceitunas, aceite de oliva y sardinas para vendérselo a los emigrantes españoles de Nueva York. Les vendían el sabor exacto que aquellos hombres y aquellas mujeres habían dejado atrás en un puerto de Galicia, de Asturias o del País Vasco y que no encontraban en ninguna tienda americana.

Y nadie podía entender mejor ese negocio que una mujer que había cruzado el océano con 17 años y una maleta.

La Guerra Civil española estuvo a punto de acabar con todo antes de empezar, ya que bloqueó las importaciones desde España y dejó a la tienda sin productos. Prudencio y Carolina tuvieron que buscar proveedores donde pudieron y así fue como las sardinas marroquíes que les habían dado el nombre acabaron sosteniendo también todo su negocio.

Prudencio y Carolina.

Prudencio y Carolina. https://www.goya.com

Pero su verdadero acierto llegó tiempo después. Tras la Segunda Guerra Mundial, Nueva York se llenó de puertorriqueños que venían a cubrir la falta de mano de obra en las fábricas. En los años 60 llegaron los cubanos y después, los dominicanos, los mexicanos, los centroamericanos, los colombianos…

Cada oleada traía consigo su propia nostalgia y su propia cocina y cada una de ellas necesitaba unos ingredientes que los supermercados estadounidenses ni siquiera sabían que existían, pero Prudencio y Carolina vieron ese hueco antes que nadie.

Empezaron por los gandules, unas legumbres típicas de Puerto Rico y, para asegurarse el suministro, compraron una fábrica en aquel país. Siguieron con los frijoles negros que pedían los cubanos. Luego con la harina de maíz, el adobo, el arroz, las conservas... De esta manera fueron capaces de vender la memoria de cada comunidad, envasada y colocada al alcance de la mano en cualquier tienda del país.

Bautizaron a su empresa con el nombre de Unanue & Sons, pero en 1961 volvieron a su origen con el nombre de Goya Foods. En 1958 se trasladaron a unas instalaciones más grandes en Brooklyn y en 1974 establecieron su sede definitiva en Nueva Jersey, donde todavía siguen hoy.

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Y durante todo este trayecto, Carolina estuvo siempre en el mismo sitio. En la tienda, en la casa, en las cuentas y en la cocina. En un negocio familiar de emigrantes de la primera mitad del siglo XX no había frontera entre la empresa y el hogar, y ella se ocupaba de ambos. Fue ella quien sostuvo el mostrador en los años en que Prudencio se pasaba semanas fuera buscando proveedores, y fue ella quien mantuvo a la familia entera durante la temporada en que la ruina llamaba a la puerta.

Aquella idea de que la empresa y la familia eran exactamente lo mismo la llevaron hasta las últimas consecuencias. Los cuatro hijos se educaron en colegios católicos privados, pero al salir de clase iban a la fábrica a enlatar aceitunas a cambio de un dólar, el dinero justo para pagarse el transporte de vuelta. Los tres que acabaron dirigiendo la compañía aprendieron el oficio desde abajo.

Prudencio Unanue.

Prudencio Unanue. https://www.goya.com

Sus nietos, que fueron 18, la recordarían siempre de la misma manera, como una mujer callada, siempre sonriente, que desbordaba cariño y que les repitió toda la vida que en este mundo no se regala nada.

Prudencio Unanue murió el 17 de marzo de 1976. Carolina le sobrevivió ocho años y falleció el 8 de septiembre de 1984, a los 94, después de más de seis décadas de matrimonio. Están enterrados juntos en un panteón familiar del cementerio Porta Coeli, en Bayamón, Puerto Rico, la isla en la que se conocieron.

Carolina y Prudencio.

Carolina y Prudencio. https://www.goya.com

Ninguno de los dos llegó a ver del todo en lo que se convertiría aquella tienda de la calle Duane.

Porque hoy, Goya Foods es la mayor empresa de alimentación de propiedad hispana de Estados Unidos. Factura alrededor de 2.350 millones de dólares al año, emplea a más de 4.000 personas, tiene 26 centros de fabricación y distribución en Estados Unidos, Puerto Rico, República Dominicana y España, y su catálogo supera los 2.600 productos.

Además, fue la primera empresa hispana que expuso en el Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian y sus latas se pueden encontrar en Costco, Walmart, Target y en miles de tiendas de barrio.

Productos Goya Foods.

Productos Goya Foods. https://www.goya.com

Sus productos llegan hoy a América, Europa, Asia y África, y hace años que dejaron de ser cosa exclusiva de la comunidad hispana. El consumidor estadounidense medio compra frijoles y aceite de oliva Goya sin saber que aquella marca nació de una tienda de emigrantes españoles que solo aspiraba a que sus paisanos pudieran seguir comiendo como en casa.

Joseph Unanue.

Joseph Unanue. https://es.wikipedia.org

La compañía sigue en manos de la familia. Al frente estuvo primero su hijo Joseph y, desde 1999, su nieto Robert Unanue, que empezó cargando camiones y empaquetando aceitunas en el almacén de Brooklyn. 6 de los 18 nietos trabajan en la empresa, y ya hay bisnietos formado parte de ella.

Robert Unanue.

Robert Unanue. https://hispanicexecutive.com

Curiosamente, en las estanterías de esta multinacional, que este 2026 cumple 90 años, hay un producto que no encaja del todo con el resto del catálogo latino: un brik de caldo gallego. Y junto a él, conservas de atún, mejillones, navajas, pulpo, sardinas y calamares traídas desde Vigo, que están entre las referencias más antiguas de la compañía y que durante décadas tuvieron un éxito enorme entre los emigrantes cubanos de Nueva York y Miami.

Pulpo Goya Foods.

Pulpo Goya Foods. https://www.goya.com

Robert Unanue ha viajado varias veces a Vigo, donde todavía conserva primos de la familia. Cuando le preguntan por su abuela, no habla de cifras ni de fábricas, sino de los domingos después de misa, cuando toda la familia se reunía en casa de Carolina y ella, a sus ochenta y tantos años, en pleno Nueva Jersey y a 5.000 kilómetros de Caldas de Reis, se ponía a preparar caldo gallego y arroz con leche para todos.

Mejillones Goya Foods.

Mejillones Goya Foods. https://www.goya.com

Aquella gallega acabó dando de comer a medio Estados Unidos sin dejar nunca de cocinar como en su casa. El lema de la empresa ya lo dice todo sobre el negocio que aquellos dos emigrantes levantaron desde cero: "Si es Goya, tiene que ser bueno".

Lema de Goya Foods.

Lema de Goya Foods. https://www.goya.com

Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros

Otras empresas gallegas:

Referencias:

es.wikipedia.org

elespanol.com/quincemil

goya.com

goya.es

goyapr.com

farodevigo.es

emigracion.xunta.gal

lavozdegalicia.es

bbc.com

burgosconecta.es

elpais.com

forbes.com

prnewswire.com

galiciaenpuertorico.blogspot.com

memoralia.es

novelame.com

concellodecaldasdereis.gal

consellodacultura.gal