Imagen de archivo de un menor mirando el móvil en el colegio.
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Los niños gallegos empiezan a ver porno en Primaria: "El problema es que nadie les explica"
El consumo de pornografía comienza de media a los 11 años y medio. Sexólogas e investigadores gallegos defienden que la mejor herramienta no es prohibir, sino educar antes de que lleguen los primeros contactos con estos contenidos
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Un grupo de niños y niñas de entre 10 y 13 años pasa estos días parte de sus vacaciones de verano hablando de autoestima, relaciones, consentimiento... y también de pornografía. No es un taller para enseñar sexualidad desde el morbo, sino todo lo contrario: ofrecer herramientas para que, cuando ese contenido llegue a sus pantallas —porque las estadísticas indican que llegará— sepan interpretarlo con sentido crítico.
La iniciativa parte de la sexóloga coruñesa Bea Rodríguez, que este mes de julio impulsa un programa dirigido a preadolescentes en el que se tratan temas como este. "El problema no es que un preadolescente pueda encontrarse con porno. El problema es que nadie le ayude después a entender eso que ha visto", aclara.
Para la sexóloga y dueña de la tienda erótica Inspiración Boutique Sexual, el objetivo no es hablar únicamente de pornografía, sino utilizarla como puerta de entrada para trabajar cuestiones mucho más profundas: "De autoestima, emociones, relaciones, límites o presión de grupo. Si esa base está bien construida, cuando ese contenido llegue tendrán criterio para interpretarlo".
Precisamente por eso centra su trabajo en niños y niñas de entre 10 y 13 años. "Es una etapa en la que todavía estamos a tiempo de educar desde lo importante y no desde la urgencia. Cuando llegan determinados conflictos en la adolescencia ya muchas veces vamos por detrás", señala.
Porque, aunque muchas familias piensen que todavía es pronto para abordar estos temas, la realidad va varios pasos por delante: el porno empieza antes de entrar en el instituto
Para masturbarse, por curiosidad, para excitarse o para aprender sobre sexualidad. Hay múltiples motivos —y por ese mismo orden— que animan a los menores a ver contenidos pornográficos, un consumo que de media en España comienza a los 11 años y medio, entre 6º de Primaria y 1º de la ESO.
El informe Infancia, adolescencia y bienestar digital, elaborado por Unicef en colaboración con la Universidade de Santiago de Compostela indica que los niños gallegos empiezan a ver porno también entre los 11 y los 12 años.
Antonio Rial Boubeta, investigador de la USC, que ha dirigido la parte científica de este informe, matiza que"hay muchos que llegan a tener contacto incluso antes". Y es que el 7,2% de quienes han visto pornografía en alguna ocasión son estudiantes de Primaria.
Según su mismo estudio, "aproximadamente uno de cada tres menores en España consume pornografía y en torno al 10% lo hace de forma habitual. Todas las semanas". Aunque la Organización Mundial de la Salud no considera el porno como algo adictivo, sí se habla de un consumo "problemático". Algo que en Galicia ya se sitúa en el 6,8% del alumnado; la mayoría de ellos (un 11,7%) son chicos.
No es solo controlar las pantallas
La sexóloga Raquel Grañá, que imparte talleres de educación afectivo-sexual en colegios e institutos, asegura que el contacto con estos contenidos es ya una constante en las aulas.
"Normalmente empiezan a tener un primer contacto en quinto o sexto de Primaria. Después, el consumo ya se vuelve mucho más habitual en segundo y tercero de la ESO", añade.
Muchas familias se sorprenden cuando escuchan estas edades. "Aunque estén protegidos en casa, los niños viven en un entorno de iguales. Tienen compañeros, primos y acceso muy fácil a internet", explica. Por eso insiste en que la clave no pasa solo por controlar las pantallas, sino por acompañar a los menores antes de que ese primer contacto llegue.
Cuando el porno sustituye a la educación sexual
Casi cuatro de cada diez primeros accesos a la pornografía se producen de forma accidental. Basta un enlace, una red social, un videojuego o una conversación entre amigos.
Rial Boubeta advierte que, una vez aparece ese primer contacto, los algoritmos hacen el resto. "Es muy difícil que un chaval no caiga en la tentación. La oferta es tan diversa y tan estimulante que rápidamente el algoritmo entiende lo que te interesa y te encauza para seguir consumiendo."
Para Bea Rodríguez, el verdadero riesgo aparece cuando ese contenido acaba convirtiéndose en la única referencia sobre sexualidad. "La pornografía no está hecha para educar, sino para entretener a un público adulto. Si un niño interpreta que eso es la realidad, aparecen ideas equivocadas sobre el consentimiento, el respeto, el placer, los cuerpos o las relaciones", explica.
En sus talleres evita recurrir al miedo: "No trabajo desde el 'esto está prohibido', sino desde la educación. Se trata de dar herramientas para que desarrollen un criterio propio y aprendan a diferenciar la ficción de la realidad".
Un impacto que también afecta a los adultos
Aunque el foco suele ponerse sobre adolescentes y preadolescentes, Raquel Grañá recuerda que los efectos del consumo frecuente también aparecen en personas adultas.
En su consulta observa problemas como dificultades para alcanzar el orgasmo en pareja, pérdida de sensibilidad, eyaculación precoz o problemas de erección asociados a un consumo continuado de pornografía: "El problema es creer que esas prácticas son las que deben hacerse o las que gustan a todo el mundo."
Por eso distingue claramente entre un consumo ocasional y uno problemático, que es cuando "la persona no puede vivir sin ello, igual que ocurre con cualquier conducta adictiva".
Redes sociales, OnlyFans y una sexualización cada vez más temprana
El fenómeno no termina en las páginas pornográficas. En redes como TikTok o Instagram, Rial Boubeta destaca "contenidos muy sexualizados desde edades muy tempranas". Y aquí se refleja también una importante diferencia de género.
"El tipo de contenidos que sube una chica o un chico y por el que reciben likes son diferentes. Un montón de chicas interpretan el éxito, la popularidad y el refuerzo social si suben contenidos erotizados y esos chicos empiezan a consumir esos contenidos que hacen sus congéneres y terminan desarrollando más probabilidad de consumir porno".
Esta es, en sus palabras, "una industria perversa, boyante y voraz, que tiene presencia y normaliza a través de las redes sociales", con contenidos que "cosifican a las chicas. El porno es un porno machista, dirigido a los chicos fundamentalmente".
Esto se traduce en un aumento de agresiones sexuales en jóvenes, muchas de ellas violaciones grupales, y en un empeoramiento de la autoestima y riesgo suicida entre las chicas.
En el caso de OnlyFans, una plataforma en la que este tipo de contenidos se monetizan, el 75,1% de menores la conocen —mientras que la mayoría de adultos no—, un 8,6% de menores tienen a alguien en su entorno que gana dinero aquí y un 2,1% que tiene una cuenta en esta red.
"Creemos que sabemos cómo respiran, sienten y padecen nuestros hijos, pero vivimos realidades paralelas", resume.
Hablar antes de prohibir
Los tres especialistas coinciden en la misma idea: el problema no se resuelve prohibiendo. Para Bea Rodríguez, la educación es una forma de prevención. "La educación no está para solucionar problemas. Está para evitarlos, para dar herramientas antes de que aparezcan", resume.
Raquel Grañá comparte esa visión y considera que los menores necesitan comprender que la pornografía no representa las relaciones reales: "Cada persona es diferente. Lo que aparece en esos vídeos no sirve para aprender cómo funcionan las relaciones afectivas o sexuales".
El investigador de la USC critica que "si miramos para otro lado, estamos perdiendo el tiempo". Por eso reclama una buena prevención desde la educación, "no desde la sanción o culpabilizar ni al adolescente ni a la familia".
Porque, concluye, para ellos el porno ya no es un tabú. El tabú sigue estando, sobre todo, entre los adultos.