Las Torres Gemelas ardiendo.

Las Torres Gemelas ardiendo. Foto de archivo

Tribunas

Nueva York se parece hoy más a los autores del 11-S que a sus víctimas

La ciudad que fanáticos musulmanes atacaron en 2001 era plural y abierta. Pero la ciudad de hoy es otra.

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El 11 de septiembre de 2001 me desperté tarde. Eran minutos antes de las 9:00 de la mañana y el primer avión ya había impactado contra la Torre Norte.

Me estaba quedando en el sofá del salón del apartamento de uno de mis mejores amigos, en la esquina de West 11th Street y la 7ª Avenida Sur, en el Village.

Hacía unos días que había devuelto mi propio apartamento (el 18 me mudaba a París para empezar un posgrado) y esos últimos días los estaba pasando despidiéndome de amigos y cerrando cinco años de vida en Nueva York.

Encendí la televisión y mientras procesaba lo que veía, el segundo avión se estrelló contra la Torre Sur en directo.

Ya no había dudas: no era un accidente.

Salí a la calle. Desde la 7ª Avenida se veían las Torres humeando a la distancia. Vi el derrumbe desde la acera, sin poder creerlo del todo. El apartamento quedaba en diagonal a St. Vincent's Hospital, el centro de trauma de Nivel I más cercano al World Trade Center. La avenida estaba cortada al tráfico para dar paso a las ambulancias.

George Bush es informado de los ataques contra las Torres Gemelas.

George Bush es informado de los ataques contra las Torres Gemelas. Foto de archivo

Pero uno de los recuerdos más perturbadores de aquel día es ese: las ambulancias casi no llegaban. Lo entendí después. No había casi heridos porque los que no pudieron salir, no sobrevivieron.

Conocía bien aquel lugar. Durante dos de mis cinco años en Nueva York, mi rutina diaria era bajarme en la estación de metro del World Trade Center y caminar hasta la oficina en One World Financial Center, prácticamente enfrente de las Torres.

Ya no trabajaba allí, pero cuando colapsaron, algo familiar colapsó con ellas.

En Manhattan no veíamos Fox News (Time Warner Cable lo excluía deliberadamente en aquel entonces para que no compitiera con la CNN), así que CNN fue la fuente de toda la información para mí, todo el día, toda esa semana.

El metro estaba fuera de servicio y la ciudad se movía a pie. Miles de personas caminando en silencio, casi como zombis. En las paradas de autobús iban apareciendo carteles con fotos de desaparecidos. Los que yo veía eran los que se pegaban frente a St. Vincent's, donde también empezó a formarse el Muro de la Esperanza y el Recuerdo (fotos, velas, flores, mensajes).

Dormí frente a ese muro toda esa primera semana.

El 18 de septiembre salí en taxi hacia Newark. Cuatro horas para salir de Manhattan. En la entrada del túnel Lincoln revisaban el maletero de cada vehículo. Volé a París y empecé el posgrado. Nueva York se quedó atrás, aunque nunca del todo.

Esos cinco años habían sido extraordinarios.

Llegué a Nueva York al terminar la universidad, encontré mis primeros trabajos y viví en primera fila uno de los momentos más brillantes de la ciudad en décadas. El Nueva York de la segunda mitad de los noventa era irreconocible comparado con el de apenas diez años antes: Giuliani había transformado no sólo Times Square, sino gran parte de la ciudad.

La criminalidad caía en picado, la economía del boom tecnológico llenaba las oficinas y los restaurantes.

En Washington, Bill Clinton había construido su presidencia sobre el rechazo explícito a la izquierda que había llevado al Partido Demócrata a sus peores derrotas electorales en los años setenta (la Tercera Vía, la reforma del welfare, el equilibrio presupuestario logrado junto a la mayoría republicana de Newt Gingrich en el Congreso).

Era el optimismo del fin de la Guerra Fría hecho política concreta. La sensación de que Occidente había ganado y de que lo que venía era mejor.

Algo se quebró tras aquellas elecciones de noviembre de 2000. El país terminó partido por la mitad, con una crisis constitucional resuelta por la Corte Suprema.

Homenaje a las víctimas del 11-S.

Homenaje a las víctimas del 11-S. Foto de archivo

Menos de un año después llegó el 11-S. Y con él, el fin definitivo de aquella época. La polarización se instaló, Bush dividió al país con Irak, Obama llegó prometiendo sanar al país y en cambio presidió su fractura cultural más amarga en décadas, y el partido que había gobernado desde el centro fue abandonando esa posición para liderar un giro cultural que arrastró a toda la política estadounidense hacia la corrección política, las fronteras abiertas y el gasto sin límites.

La ciudad que fanáticos musulmanes atacaron en 2001 era plural y abierta. La más exitosa del mundo occidental en convertir oleadas de inmigrantes en neoyorquinos. Lo que los atacantes odiaban era precisamente eso. No lo consiguieron.

Pero la ciudad de hoy es otra.

En veinticinco años, la población musulmana creció de manera exponencial. Hoy hay más musulmanes en Nueva York que italianos o irlandeses (dos comunidades que durante generaciones definieron el carácter de sus barrios y su política).

Eso es lo que hacen décadas de inmigración masiva sin el menor criterio de integración.

Una ciudad así produce una política así. En enero de 2026, Nueva York eligió a su primer alcalde musulmán. Zohran Mamdani, socialista de treinta y cuatro años, viene directo de ese cambio (un tercermundista de manual cuya visión del mundo poco tiene que ver con la ciudad emprendedora y pragmática que yo conocí).

Durante su campaña se negó repetidamente a condenar el eslogan Globalicemos la intifada (un grito de guerra de los manifestantes partidarios de Hamás en campus universitarios estadounidenses y que muchos consideran una incitación a la violencia).

También respaldó a figuras que han relativizado los atentados del 11-S.

Y el viernes 5 de septiembre, al firmar una orden ejecutiva conmemorando el 25º aniversario de los atentados, entregó el bolígrafo ceremonial a su asesor jurídico jefe, Ramzi Kassem (un abogado que representó a un operativo de Al Qaeda vinculado al ataque contra el Pentágono y que declaró públicamente que el 11-S lo inspiró, no a combatir el terrorismo, sino a defender a los terroristas).

El ministro israelí de Asuntos de la Diáspora no se anduvo con rodeos cuando Mamdani fue elegido alcalde: "La ciudad que una vez fue símbolo de la libertad global le ha entregado las llaves a alguien cuyas posiciones no están lejos de las de los fanáticos que hace veinticinco años asesinaron a tres mil de sus propios ciudadanos".

Hoy se cumplen veinticinco años. Más de 100.000 personas han firmado una petición para que Mamdani sea excluido de los actos conmemorativos. No es poca cosa.

Aquella mañana de septiembre, de pie en la 7ª Avenida, viendo las Torres arder a lo lejos, nadie me hubiera convencido de que veinticinco años después la ciudad elegiría a alguien así para gobernarse.

Nueva York siempre fue capaz de sorprenderme. No siempre para bien.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.