La filósofa española María Zambrano, exiliada en América tras la Guerra Civil, en una imagen tomado en 1984.

La filósofa española María Zambrano, exiliada en América tras la Guerra Civil, en una imagen tomado en 1984. Raúl Cancio

Tribunas

Lo que no se cuenta en el relato oficial sobre el exilio republicano

En muchos casos, los emigrados y exiliados a América prosperaron de un modo que difícilmente habrían conseguido en una España empobrecida por la guerra, después asfixiada por la autarquía y antes de eso amenazada por las tensiones de la República.

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Hace veinte años conocí en Sucre (Bolivia) a Jesús Pascual Casado (1931-2021), oriundo de Navarra que, siendo un niño, acabó en el altiplano para buscarse la vida como aprendiz de sastre. Fue después de cruzar el Atlántico y de no pocas penurias por Brasil.

Era muy español, y su historia fue una típica historia española de la primera mitad de siglo pasado.

Su fallecimiento me hizo reflexionar sobre la narrativa instalada en el imaginario colectivo español, según la cual el exilio republicano y la emigración de posguerra fue una tragedia sin paliativos.

Miles de españoles arrancados de su tierra, condenados a morir lejos, despojados de todo. La imagen es poderosa, pero también incompleta.

Permítaseme una precisión antes de que alguien me atribuya intenciones que no tengo.

No se trata de negar el drama de quienes emigraron con una maleta y la incertidumbre dentro de ella. Se trata, simplemente, de mirar lo que ocurrió después.

Y lo que ocurrió, en muchos casos, fue algo que no cuadra con el relato oficial del martirio y el ostracismo.

El escritor Max Aub, exiliado en México.

El escritor Max Aub, exiliado en México.

En primer lugar, América no era el desierto. Era un continente en expansión, con burguesías necesitadas de capital humano, con universidades que crecían e industrias que buscaban mano de obra cualificada.

Los españoles que llegaron no encontraron hostilidad sino un ambiente razonablemente acogedor, como lo sigue siendo incluso en nuestros días. Salvo en los lugares donde ha tenido éxito una variante del socialismo ibérico que allí llaman indigenismo.

México es tal vez el ejemplo más citado, aunque no el único.

Lázaro Cárdenas acogió miles de exiliados españoles con una generosidad que no tiene parangón en la historia de la inmigración política del siglo XX. La Casa de España, que pronto sería el Colegio de México, se fundó pensando expresamente en quienes se vieron obligados a salir.

Entre sus primeros miembros estuvo José Moreno Villa, ese malagueño que había sido poeta, archivero y también historiador del arte. Y que en México no se apagó, sino que se transformó.

Allí publicó, escribió su autobiografía y, según sus propias palabras, su producción se mexicanizó. Esto es, echó raíces nuevas sin arrancar las antiguas.

Murió en Ciudad de México en 1955, pero no como un náufrago, sino como alguien que había construido una segunda orilla.

Lo segundo que merece atención es el fenómeno de la exportación intelectual.

España, en sus décadas más sombrías, fue el proveedor involuntario de mentes y talentos que necesitaban los países americanos para construir sus propias instituciones académicas.

Es el caso de Juan David García Bacca.

Sacerdote claretiano reconvertido en filósofo laico, doctor por la Universidad de Barcelona, que llegó a Ecuador en 1939, encontró no solo una cátedra sino también una esposa. Y desde Quito saltó a México y, finalmente, a Venezuela, donde participó en la fundación de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Caracas.

Adquirió la nacionalidad venezolana en 1952 y se convirtió en el pensador más admirado por sus contemporáneos del exilio. Tanto María Zambrano como José Gaos así lo reconocían. Y, sin embargo, su nombre apenas aparece en los libros de texto españoles y, hasta donde yo sé, no da nombre a ninguna calle.

Quizá porque su historia no se presta bien al drama del exilio. Esto es, porque le fue demasiado bien.

"España, en sus décadas más sombrías, fue el proveedor involuntario de talentos que necesitaban los países americanos para construir sus propias instituciones académicas"

Quien articuló ese encuentro entre el talento español exiliado y la necesidad venezolana fue, precisamente, un venezolano: Mariano Picón Salas. Escritor, ensayista y diplomático, desde el Colegio de México convocó a García Bacca y a otros españoles, republicanos o no, para sumarse a la refundación universitaria de Caracas.

Es un detalle que suele omitirse en la narrativa del exilio, pero los emigrantes y exiliados españoles no fueron recibidos como refugiados de segunda categoría, sino como profesores invitados o constructores de instituciones.

Max Aub llegó a México en 1942 tras pasar por los campos de internamiento franceses (ese sí fue un calvario), y aun así acabó siendo una de las voces más ricas de la narrativa hispánica del siglo XX, con una producción que la España franquista no habría tolerado.

Carmen García Antón, estudiante de Medicina en Madrid, actriz incluso de La Barraca, llegó a Buenos Aires en 1939 con su marido el escenógrafo Gori Muñoz y una hija recién nacida. Vivió en esa ciudad durante casi siete décadas, hasta su muerte en 2007. Su libro de memorias es, entre otras cosas, el testimonio de una vida que no se quebró, sino que creció en la Hispanidad.

Y qué decir de los miles de anónimos.

El carpintero que abrió un taller en Montevideo.

El maestro de escuela que enseñó en un pueblo del interior de México.

La matrona que ejerció en Caracas cuando en Venezuela faltaban comadronas.

El tendero de Buenos Aires cuyos hijos estudiaron en la universidad pública argentina, una de las mejores del mundo en aquellos años, y se convirtieron en ingenieros o médicos.

Entre todos estos estuvo don Jesús Pascual Casado, que yo conocí en Bolivia.

Ninguno de estos deja memorias ni aparece en los congresos sobre el exilio.

Pero existieron, y en muchos casos prosperaron de un modo que difícilmente habrían conseguido en una España empobrecida por la guerra, después asfixiada por la autarquía, y antes de eso amenazada por las tensiones de una República que no supo, o no quiso, gestionar sus demonios y contradicciones.

"Los emigrantes y exiliados españoles no fueron recibidos como refugiados de segunda categoría, sino como profesores invitados o constructores de instituciones"

El exilio y la inmigración tuvo su cuota de fracasos y de muertos sin regreso, por supuesto. Pero si comparamos esas vidas con la alternativa, es decir, una España republicana que, en el mejor de los casos, habría sido un campo de batalla permanente entre las facciones que la componían, la guerra o la posguerra, el balance se complica.

Cada cual saque sus conclusiones.

¿Qué les habría ocurrido si se hubieran quedado?

En efecto, hay un último elemento que la narrativa dominante silencia: el retorno. Porque muchos no volvieron. Y no porque no pudieran.

Porque a partir de los años sesenta, la dictadura fue tolerando los regresos. Muchos no volvieron porque no quisieron.

Habían construido una vida, tenían hijos con acentos distintos al suyo, tenían negocios, cátedras, raíces nuevas. Se habían integrado. Habían hecho Hispanidad.

El exilio o la emigración, para ellos, había dejado de ser una condena para convertirse en una elección. Y eso, que podría leerse como una traición a la causa, es en realidad la más honesta de las confesiones: les había ido bien.

Contar esto no es hacer apología de nada. Es, simplemente, resistirse a que la historia se cuente solo con la mitad de los hechos que resultan útiles para el relato.

Los que se fueron merecen algo más que ser eternamente víctimas. Merecen, también, que se reconozca que, en muchos casos, supieron superar las adversidades y tener unas vidas plenas en el magma de la hispanidad.

Leo que, ahora, están concediendo masivamente la nacionalidad española, y el voto, a sus descendientes, hasta no sé qué grado de consanguinidad. Dicen que es una reparación histórica.

*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.