Una participante en la Gran Feria Estatal Estadounidense monta a caballo durante un rodeo, en el National Mall de Washington, el pasado 4 de julio.

Una participante en la Gran Feria Estatal Estadounidense monta a caballo durante un rodeo, en el National Mall de Washington, el pasado 4 de julio. Daniel Heuer Reuters

Tribunas

Necesitamos defender a Estados Unidos

Los europeos que no hemos sido lobotomizados debemos comprender que nos conviene que EEUU siga siendo fuerte (y republicano). Un lugar donde no triunfen las ideas que sí están triunfando y llevando a la decadencia a Europa.

Publicada

Hace veinte años no lo hubiera reconocido. Pero cada vez que enciendo la televisión, leo la prensa o veo a un dirigente europeo explicar con solemnidad episcopal la última ocurrencia normativa o la penúltima estrategia política, pienso en un vuelo sólo de ida hacia Estados Unidos.

No es entusiasmo desmedido por aquel país. Es, lisa y llanamente, instinto de supervivencia.

Quien confunda esto con mera adhesión ideológica no ha entendido nada. Ni de su realidad o su entorno, ni del tablero geopolítico que jugamos, y menos aún del tipo de sociedad que han pensado y proyectado nuestros mandamases europeos y que se sigue precipitando.

¿Se trata de hacer un panegírico de Estados Unidos?

No, aunque lo merece a pesar de sus propias patologías, problemas y deficiencias.

Se trata de reflexionar sobre la utilidad, egoísta incluso, de que exista en el mundo un espacio con suficiente tamaño, capacidad, autonomía energética, seguridad y desapego al socialismo como para servir de refugio cuando el experimento político y religioso europeo termine de consumirse a sí mismo.

Porque lo que estamos viviendo en Europa no es una crisis coyuntural.

Es una decadencia y una mutación en toda regla. Y lo están haciendo sin preguntarnos siquiera, por nuestro bien y por nuestro interés.

El presidente francés, Emmanuel Macron, el primer ministro británico, Keir Starmer y el canciller alemán, Friedrich Merz durante la última cumbre de la OTAN.

El presidente francés, Emmanuel Macron, el primer ministro británico, Keir Starmer y el canciller alemán, Friedrich Merz durante la última cumbre de la OTAN. Kay Nietfeld / dpa.

Hay algo profundamente autoritario, y también religioso, en la forma en que buena parte de las élites europeas procesan hoy sus políticas.

Con un sectarismo apabullante, no se discuten como hipótesis sujetas a evidencia y revisión sus apuestas o decisiones, que se profesan como dogmas. La puesta en duda constituye herejía y en algunos casos sanción y hasta privación de libertad.

Da igual que hablemos de política medioambiental, energética, migratoria, fiscal o cultural: el patrón es idéntico.

Se anuncia el credo, se etiqueta y excomulga al disidente. Y cuando los resultados desmienten la doctrina, la solución no es revisarla, sino ocultar en unos casos y redoblar la penitencia en otros.

Es el mecanismo que Alexis de Tocqueville detectó en el despotismo blando: no te oprime, te tutela.

Esto es, no te prohíbe pensar, te ahorra la molestia de hacerlo. Aunque ya estamos, casi, casi, en la prohibición de pensar.

En un continente que ha tenido que ser rescatado militarmente dos veces, el resultado de este proceso es una acumulación de servidumbres impensables hasta hace muy poco.

Gran Bretaña apostó hace nada por el brexit para liberarse de la tutela de Bruselas.

Pero se echó en manos de una tutela doméstica igualmente asfixiante, con una fiscalidad punitiva, un control social propio de países totalitarios, con delirante represión de la libertad de expresión y una desconcertante ultraprotección del islam.

Alemania, motor industrial de Europa durante generación tras generación, ha decidido, con seriedad luterana, desmontar su propia industria por convicción moral.

Y ahora paga esa convicción en desindustrialización silenciosa y en una dependencia estratégica que ningún canciller se atreve a nombrar en voz alta.

"Conviene que exista un espacio con suficiente tamaño, capacidad, autonomía y desapego al socialismo como para servir de refugio cuando el experimento político europeo termine de consumirse a sí mismo"

No les parece grave que BMW produzca más en EEUU que en ningún otro lugar.

Que Bosch se traslade a Norteamérica.

Que Volkswagen esté menguando como nunca.

O que los chinos les estén comprando o intentando comprar medio tejido industrial.

Francia, entretanto, vive suspendida entre la insolvencia fiscal crónica y una conflictividad social que ya no es excepción sino régimen permanente, gestionada a golpe de decreto, calle cortada, presión fiscal extraordinaria y delirantes consignas contra la turbo extrema derecha.

Por no hablar del silencio infame en los asuntos delincuenciales por miedo a percibirse como racistas o xenófobos.

A pesar de todo, ninguno de estos tres países está en quiebra formal.

Los tres están, sin embargo, en algo más peligroso: en descomposición lenta, ese estado en el que las instituciones siguen funcionando en apariencia mientras la capacidad real de gobernar, esto es, de decidir, ejecutar o corregir el rumbo.

Algo que es ya común al resto del continente. Y si no, que pregunten a los italianos.

El diagnóstico está hecho. Todos sabemos y todos ellos saben qué está pasando y cuáles son los males de las naciones europeas.

Pero las decisiones necesarias se evaporan entre comités, cumbres, dictámenes y jurisprudencia cada vez más ajena al sentido común del ciudadano medio, que experimenta ya un desapego nunca visto.

"EEUU conserva algo que Europa ha ido regalando: la posibilidad de que una elección cambie el rumbo de las políticas sin que haga falta el permiso de veintisiete gobiernos o burocracias superpuestas"

Quien haya estudiado la caída de los imperios tardorromanos reconocerá el síntoma: no es la invasión bárbara la que primero destruye. Es la confusión normativa, el expolio fiscal, la parálisis institucional, lo que precede a cualquier activación bárbara.

Desde dentro, pero también desde fuera.

Ante esto, Estados Unidos conserva algo que Europa ha ido regalando pieza a pieza: la posibilidad, todavía viva, de que una elección cambie el rumbo de las políticas sin que haga falta el permiso de veintisiete gobiernos, agencias, tribunales, burocracias o instancias superpuestas.

En efecto, allí aún conserva una base energética propia, una demografía que no se ha rendido y una cultura política que, pese a su polarización (o quizá gracias a ella), sigue permitiendo el disenso sin excomunión automática.

No es virtud moral superior. Es, simplemente, que en Estados Unidos el dogma aún no ha sustituido del todo a la deliberación. Aunque cierto es que no pocos se empeñan en conseguirlo, y de qué manera.

Los europeos que no hemos caído en la confusión ni en la lobotomía debemos comprender que nos conviene que Estados Unidos siga siendo fuerte y, vista la deriva demócrata, republicano. Un lugar donde no triunfen las ideas que sí están triunfando a este lado del Atlántico.

Porque cuando la deriva europea termine de rendir sus frutos, alguien tendrá que ofrecer un puerto, una huida, un auxilio, un refugio.

Defender a Estados Unidos, en este sentido, es, sencillamente, comprar el seguro antes de que arda la casa que hemos decidido, con entusiasmo casi litúrgico, incendiar nosotros mismos.

*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.