Matt Damon como Ulises en 'La Odisea'.
Ojalá Nolan hubiera leído a Homero antes de rodar La Odisea
La Odisea, más que una mala película, es una película de ocasiones perdidas.
Háblame, oh musa, del ensalzado director, rico en ardides, que ama las frecuencias bajas y elige mal a sus actores, y convierte en oro aquello donde pone las manos.
Con las primeras imágenes llegó la polémica, de rosáceos dedos. El mainstream defensor del director salió a declarar que no tenía sentido criticar los drakkar vikingos y las armaduras de poliespán porque no estamos ante un documental histórico, sino ante la apuesta creativa de un director que quiere contar su versión de La Odisea.
El asunto es que uno no puede contar su (determinante posesivo) Odisea, porque La Odisea es de todos.
Las airadas críticas, justas o injustas, se explican porque La Odisea, como todo mito, es patrimonio de los pueblos, es un relato que habla de lo que somos, que nos conecta con una innumerable sucesión de generaciones que han cantado, en sus voces o en sus mentes, sus versos y han aprendido a ser hombres con ellos. La Odisea es el mito de Occidente.
Me toca en este artículo, a mí que he participado de la temprana detracción, glosar la película.
Como declaración de intenciones diré que, siendo La Odisea un poema que amo y cuyas lecturas se engarzan con varios estadios madurativos de mi vida, voy a tratar de hacer una crítica ponderada, no demasiado personal y poniendo en valor los aciertos y no sólo los desaciertos del director. Al final de estas letras se verá si lo he conseguido.
Una escena de 'La Odisea'.
Hay que empezar reconociendo que la historia está bien contada. Christopher Nolan es un gran narrador que sabe manejar los ritmos y jugar con la tensión y la distensión.
Ahora bien, no es la obra maestra que nos han querido vender. Los críticos profesionales han ido a sobrecompensar los reproches de los críticos amateur. Afirmar que estamos ante un portento del cine compromete su criterio y les destapa como activistas ideológicos disfrazados de críticos.
El gran problema que tiene la película es el presentismo. Nolan no es capaz de generar un mundo, de hacernos olvidar que estamos en una sala de cine rodeados del rumiar de las palomitas, e iniciarnos en los misterios de la Grecia micénica. No logra tramar un universo con un sistema de referencias y una moral alienígenas.
En todo momento uno está viendo a un grupo de americanos disfrazados.
Hoy en día, quizás sólo Robert Eggers, como Mel Gibson en los 2000, logre hacer esto.
Muchos de los defectos de actuación vienen de aquí: de no conocer y reverenciar la fuente. De tratar La Odisea desde la linealidad de una historia de aventuras y no desde los abismos de un mito. Hay diálogos entre Penélope (Anne Hathaway) y Telémaco (Tom Holland) mal actuados.
Hay reacciones de Antínoo (Robert Pattinson) exageradas.
Anne Hathaway llora, y llora bien, pero no como lloraría Penélope.
A Tom Holland le pega el papel de adolescente al que le empieza a salir el bozo de la barba, ansioso por encontrar su lugar y emanciparse de su niñez (simbolizada en Spiderman), pero sólo alcanza a representar un Telémaco frustrado, que no completa el rito de paso.
Matt Damon, en primer plano, en 'La Odisea'.
La película no halla su peso, su pondus, que por cierto es también una pieza que tenían los antiguos telares.
Más allá del guion, el elemento que más contribuye a sacarte de la historia (y a que escuches el rumiar circundante de las palomitas) es la ambientación y el vestuario. Los edificios y los trajes provienen de aquel lugar difuso y amalgamado que el americano llama "pasado": piedras sin tallar, telas indefinidas, muñequeras de cuero, barro…
Las armaduras parecen disfraces comprados en Temu para una despedida de soltero en el paintball.
Los cascos y los petos ni siquiera les encajan bien a los actores.
Agamenón es una especie de Darth Vader.
El azul turquesa del Mediterráneo tiene el color plomizo del Báltico.
El resultado es una puesta en escena que en ocasiones parece de serie B o de grupo de teatro universitario.
El cine clama por una vuelta a la fotografía colorida y al diseño de vestuario esmerado. Que se note que las cosas están hechas con cariño. Queremos equipos de modistos e historiadores emborronando bocetos en vez de encargos de trajes genéricos de griego al por mayor. Queremos creaciones culinarias, no rancho de batalla.
Hemos de tener en mente que Hollywood es una burbuja que en vez de estar a la vanguardia artística está varios lustros por detrás de las verdaderas vanguardias, ahora disgregadas, difuminadas y alejadas de los centros de poder, pero parece que el cambio está al caer. Cuando un director abandone el filtro gris para representar el pasado y consume el nostos del color no habrá vuelta atrás.
Esta película podría haber sido la ocasión y haber puesto ante nuestros ojos los vivos frescos micénicos de mujeres, de toros, delfines y asnos, las columnas de color teja, la piedra labrada de los palacios, las figuras votivas de deidades con el pecho descubierto, las vasijas con escenas de batallas, las joyas de ámbar y cristal de roca...
Más que una mala película, es una película de ocasiones perdidas.
El presentismo de la peli se expresa más allá de esta desidia por el pasado y los diálogos extemporáneos. Nuestra época ignora la épica y tiene que impregnarlo todo con la pátina del cinismo. Ulises aparece en varios momentos como un escéptico que recela de los dioses.
El personaje no está bien captado. Ulises es astuto, pero no un descreído. Es un hombre tan cerebral como pasional que tan pronto maquina paciente como se encoleriza y rompe a llorar. Y, sobre todo, frente a Aquiles o Diomedes (y frente a su yo joven de La Ilíada) es un héroe profundamente temeroso de la divinidad.
Otra muestra de cinismo contemporáneo. Helena es la coartada que encuentra Agamenón para controlar las rutas comerciales del Egeo. Nolan no entiende que los griegos son un pueblo embrujado por la belleza. El pueblo del splendor formae, el "esplendor de la forma" que decía Alberto Magno. Un pueblo que va a la guerra por el rostro de una mujer.
Troya nos habla de la más alta virtud de los griegos que merece que "los troyanos y los aqueos de buenas grebas por mucho tiempo padezcan dolores" (Il, III, 156): el καλός, la belleza.
Detengámonos en un par de deficiencias más de la peli antes de terminar con sus aciertos.
Las cuñas ideológicas no son especialmente cansinas, pero están. El único personaje que no aparece ni en La Odisea ni en La Ilíada es Sinón, que protagoniza una lacrimosa historia paralela y que ha sido escrito con el único propósito de darle un papel a Elliot Page. Este relato convierte a Antínoo en un ser especialmente abyecto, pintado con colores que no son propios de Homero.
Homero es el compositor de epítetos, el aedo de la realidad entera. Como dice Dión de Prusa: "Homero ha ensalzado todo: animales y plantas, el agua y la tierra, las armas y los caballos. Podemos decir que no pasó sobre nada sin elogio y alabanza. Incluso al único que ha denostado, Tersites, lo denomina orador de voz clara".
Antínoo es innoble, pero no es cobarde. A él y a Eurímaco los llama el poeta "semejantes a los dioses".
También se cuela en el guion algún que otro alegato feminista. El más ridículo y ajeno al espíritu del personaje lo pronuncia Penélope, que se pregunta airada que por qué sólo un hombre puede ocupar el trono.
La actriz Lupita Nyong'o (que representa a Helena) dijo en una entrevista que le reprocharía a Homero no haber dado más tiempo en pantalla a las mujeres. Quien conoce un poco la obra de Homero sabe que pocos autores saben realzar las sutilezas de la psicología femenina como él y escribir personajes que no son comparsas, sino figuras que aparecen con toda la dignidad de su carácter.
Por último, es una pena que en la escena del cíclope, en la que Nolan logra conjurar una atmósfera de terror y un monstruo muy del estilo de Guillermo del Toro, se omita la triquiñuela de Ulises en la que se presenta como "Nadie" para que Polifemo no reciba el auxilio de los suyos. Este ardid es el momento más icónico de la obra y el primer juego de palabras del que tenemos constancia.
Hay otras ausencias notables, como el momento más bello del poema, que es el encuentro entre Nausicaa y Ulises, una conversación que, como dice Jaeger, es enseña del ideal caballeresco del mundo jónico. O la aparición de Aquiles en el Hades, que viene a desmentir el credo de la fama presentado en La Ilíada, cuando dice con aladas palabras: "Yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador que reinar sobre todos los muertos" (Od XI, 490).
Matt Damon y Zendaya, en 'La Odisea'.
Pasando a los aciertos del filme, además del aire que se respira en la cueva de Polifemo, está muy bien guionizada la explicación que da Ulises de lo que escuchó en los cantos de las sirenas (episodio que preconiza el espíritu fáustico).
Es certero el tratamiento de la xenia u hospitalidad como eje central de la epopeya. El único problema es que en el cine, como en cualquier negocio estético, es mejor mostrar que explicitar. Contrariamente a lo que piensan muchos, Nolan trata a menudo a sus espectadores como estúpidos, como cuando recurre a los flashbacks para poner de manifiesto la conexión con una escena que acabamos de ver hace veinte minutos.
Es también un acierto interpretativo la revelación de que el pecado de Ulises es el de impiedad, utilizando el caballo, que es un regalo de hospitalidad y una ofrenda a los dioses, como cebo para reducir Troya a cenizas.
Lo que nos lleva a la ingeniosa idea que late en el trasfondo de la historia: la decadencia y la amenaza de los pueblos del mar.
Es cierto que el momento de La Odisea es cercano al colapso de la Edad de Bronce, colapso que es imputado (hipotéticamente) a los misteriosos pueblos del mar.
Al final de la película se descubre que esos pueblos del mar que todos temen son los propios aqueos que regresaron de la guerra y que, habiendo violado el sagrado deber de la hospitalidad, se han dedicado al saqueo y al pillaje. La violación de la ley de Zeus ha desmoronado los altos ideales aristocráticos de la Grecia micénica, dando lugar al colapso civilizatorio y al advenimiento de los siglos oscuros.
Aunque históricamente sea una pura fábula, construye un guion circular y paradójico, una de las jugadas que tanto le gustan a Nolan (y a mí también, por qué no decirlo).
Concluyendo. Como adaptación, está bien. Igual que en la primaria nos daban cuentos adaptados de La Odisea para familiarizar a los niños con esta gran obra de nuestra tradición, esta es una adaptación para el gran público. El gran público conocerá la historia, pero no habrá llegado a catar ni la sombra del resabio de la grandeza del poema.
No es una obra maestra sino un blockbuster. No deja un poso en el alma. No es una película para ver en el cine, sino para descargársela en BitTorrent y verla desde el sofá un domingo por la tarde.
Homero es un autor muy cinematográfico; habría que haberle consultado más.