Manifestación en Galicia contra la criminalización del absentismo laboral.

Manifestación en Galicia contra la "criminalización" del absentismo laboral. CIG

Tribunas

La gran paradoja laboral española: cuanta más flexibilidad, más absentismo

Cuando el trabajo deja de ser un valor, el problema ya no es sólo el absentismo. Es algo mucho más profundo. Es un problema de país donde sobran excusas y falta voluntad, esfuerzo y compromiso.

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España inventó en su Siglo de Oro la figura del pícaro y sus coartadas. El que sobrevive moviéndose entre las grietas del sistema, aparentando, esquivando, "apañándoselas". El Lazarillo de Tormes no es un delincuente, sino alguien que miente para su provecho, que burla las normas sin sentirse fuera de ellas.

Sería simplista explicar el absentismo actual desde esa tradición, pero también sería ingenuo ignorar que en nuestra cultura existe cierta indulgencia hacia quien se escaquea, hacia quien cumple lo justo o logra ventaja sin asumir plenamente la obligación. Una lógica que en su origen fue supervivencia, pero que trasladada al siglo XXI deja de ser necesidad para convertirse en irresponsabilidad.

España arrastra desde 2020 una paradoja que ya no puede zanjarse con explicaciones rutinarias. Nunca habíamos tenido tanta protección laboral, tanta flexibilidad, tanto teletrabajo, tanta conciliación y tanta sensibilidad hacia el bienestar de los trabajadores.

Y, sin embargo, nunca habíamos tenido tanto absentismo. Algo no encaja.

La explicación complaciente dice que estamos más enfermos. No es así. No porque la enfermedad no exista, sino porque no explica por qué el fenómeno se dispara a partir de 2020 y, lejos de corregirse, se consolida en una sociedad que hace tiempo recuperó la normalidad.

Tampoco basta el argumento del envejecimiento de la población: los trabajadores de más edad registran menos bajas en frecuencia.

Puestos de trabajo vacíos.

Puestos de trabajo vacíos.

Existen causas técnicas que pueden explicar parte del problema. La CEOE lleva tiempo señalando la necesidad de agilizar los procesos de altas médicas y mejorar la gestión del sistema.

Las mutuas han perdido capacidad de intervención en algunos procesos, que por supuesto, deberían recuperar.

La AIReF señala problemas estructurales en el seguimiento y control.

El Banco de España habla de causas multidimensionales.

Y el sistema sanitario acusa saturación y listas de espera.

A ello se suma el aumento de patologías difíciles de objetivar como la ansiedad, el estrés o la fatiga, donde la frontera entre necesidad real y valoración subjetiva es más difusa.

Pero incluso incorporando todos estos factores, el absentismo ha dejado de ser un fenómeno puntual para convertirse en una realidad estructural que impacta en la productividad y la competitividad de las empresas, especialmente en las pymes.

Además, lo más curioso es que el absentismo ha dejado se ser un problema asociado principalmente a trabajos penosos o de riesgo. El absentismo actual es transversal. Afecta a trabajos operativos y trabajadores cualificados, a entornos industriales y a oficinas, a "cuellos azules" y a "cuellos blancos".

Eso lo hace más complejo, pero también más revelador. No estamos ante una disfunción puntual, sino ante un cambio más profundo.

Porque el absentismo no es sólo absentismo, es también cultura y se ha producido una ruptura cultural profunda.

Durante siglos, el trabajo ha sido un pilar central de construcción de la persona y de la sociedad. Desde perspectivas muy distintas, pensadores como Aristóteles, Weber, Kant, Marx o Viktor Frankl coinciden en una idea: el trabajo no es sólo economía; es identidad, estructura moral, responsabilidad y propósito y sentido de vida.

El trabajo es una dimensión en la que el ser humano se realiza.

Sin embargo, en los últimos años el discurso público ha ido desplazando ese valor. No por defender derechos que son imprescindibles, sino por el desequilibrio creciente entre derechos y obligaciones. Se protege sin exigir y se instala una narrativa en la que la empresa aparece constantemente bajo sospecha.

El papel del Ministerio de Trabajo y Economía Social en este cambio cultural no es menor. Más allá de la normativa, los gestos construyen relato.

Cuando la ministra Yolanda Díaz en la Feria del Libro elige un título como La abolición del trabajo y bromea diciendo: "para esto trabajo yo", está proyectando un fuerte mensaje en un momento en que el valor del compromiso y del esfuerzo está debilitado. Trivializar el valor del trabajo, sumado a un relato en el que el empresario aparece recurrentemente estigmatizado, el efecto acumulativo es claro: el trabajo deja de percibirse como un bien para convertirse en un mal.

Porque las sociedades no funcionan sólo con leyes, sino con valores. Y los valores se construyen o se erosionan también desde el relato público.

Antes de 2020, estar de baja no era neutro; tenía algo de excepcional, incluso de incómodo.

Hoy esa percepción se ha diluido. La baja se ha normalizado, ha perdido carga moral y, cuando desaparece esa incomodidad, cambian los comportamientos. Todos vemos situaciones a diario que recuerdan al refrán: "A misa no voy porque estoy cojo, pero a la taberna voy poquito a poco".

Hay además una dimensión que debemos tener presente. El sistema no se financia en abstracto, sino con el trabajo de quienes sí cumplen. Cuando hay abuso, aunque sea minoritario, no sólo se perjudica a la empresa, sino también a los compañeros que asumen la carga.

Cuando se conocen situaciones de absentismo que no responden a una necesidad real, surge un dilema silencioso. Mirar hacia otro lado o asumir que el impacto es compartido. No se trata de generar sospecha, sino de recordar que el sistema descansa, en gran medida, en la responsabilidad colectiva.

Una cultura en la que todo se tolera acaba debilitándose. El absentismo injustificado no es una picaresca inocua, sino una conducta abusiva que erosiona la equidad.

España probablemente no necesita menos derechos, pero sí recuperar una idea básica. El trabajo no es una carga de la que escapar, sino un bien, una fuente esencial de equilibrio, responsabilidad, utilidad y sentido.

Porque cuando el trabajo deja de ser un valor, el problema ya no es sólo el absentismo. Es algo mucho más profundo. Es un problema de país donde sobran excusas y falta voluntad, esfuerzo y compromiso.

*** Mónica Vázquez es fundadora y managing partner de MV Executive Search.