La pregunta del titular no es retórica. Mientras Ceuta era invadida entre el 30 y el 31 de julio por decenas de miles de asaltantes que cruzaban a nado o por el espigón del Tarajal, Pedro Sánchez ya no estaba al mando. Estaba de vacaciones.

No de vacaciones físicas, que arrancaron oficialmente al día siguiente de su visita relámpago a la ciudad.

Sino de vacaciones mentales. Esas que han convertido al presidente del Gobierno en un ausente de lujo que ni gobierna, ni toma decisiones, ni soluciona problemas, pero que sí disfruta de los privilegios asociados al cargo de quien está obligado a hacer todo eso.

El 31 de julio, después de una presencia de apenas hora y media en Ceuta, Sánchez se instaló en La Mareta, su residencia oficial de Lanzarote.

Allí, mientras Ceuta seguía con los comercios cerrados, los vecinos atrincherados y cadáveres recuperándose de las aguas, el presidente encontró tiempo para publicar su lista de canciones favoritas. La prensa internacional no tardó en señalar la desfachatez, rayana en la burla a sus propios ciudadanos: un jefe de Gobierno que recomienda sus canciones del verano mientras su territorio más vulnerable vive lo que él mismo calificó de “violación de la integridad territorial”.

No hace falta ser especialmente hostil para percibir la realidad. Basta con leer los titulares periodísticos que se publicaron en Londres, Nueva York o Bruselas.

Pero la frivolidad de Lanzarote no es el origen del problema. Es su expresión más visible. La desconexión viene de antes.

Porque Sánchez conocía la sentencia 814/2026 del Tribunal Supremo, dictada el 29 de junio, que limitaba el rechazo en frontera a quienes llegaban a nado. Él mismo había regresado de Argelia el 20 de julio, después de reunirse con el presidente Abdelmadjid Tebboune.

Cualquier analista medianamente atento podía anticipar que Rabat interpretaría ese gesto como una provocación y que la presión migratoria sobre Ceuta aumentaría.

Y, sin embargo, cuando el presidente de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vivas, intentó contactar con él en los momentos críticos, Sánchez no le cogió el teléfono. ¿Qué era tan importante como para obviar las amenazas marroquíes sobre la ciudad de Ceuta?

Su jefe de gabinete sí habló con Vivas. Es difícil creer que esa conversación no llegara a oídos del presidente. La ausencia de una llamada de vuelta, aunque fuera para transmitir un mensaje de apoyo o de coordinación, no es un detalle menor. Es un gesto de desprecio político.

Un presidente que no responde al máximo responsable de una ciudad española asediada está diciendo, con su silencio, que esa ciudad no le importa lo más mínimo.

Esta desidia no es nueva. Lleva tiempo instalada en la Moncloa. Mientras los incendios forestales arrasaban provincias enteras y los Presupuestos Generales seguían bloqueados, la energía del Gobierno se concentraba en otra batalla: la protección del entorno más cercano al presidente y la construcción de relatos.

Toda la maquinaria de la Moncloa se ha orientado por tanto a fabricar cortinas de humo y a montar operaciones de intoxicación mediática. El caso del ático de Isabel Díaz Ayuso es sólo el ejemplo más reciente de una estrategia que prioriza el ruido sobre la gestión.

Mientras tanto, las crisis reales (las que matan, las que saturan hospitales y las que ponen en duda la soberanía) se gestionan con parches y comunicados. Y yéndose de vacaciones.

La cifra de muertos en la crisis de Ceuta ya supera los setenta y cinco en el lado español. En Ceuta permanecen entre dos mil quinientos y cinco mil asaltantes, según las estimaciones que manejan la Delegación del Gobierno y el propio Vivas.

Hay menores desaparecidos, centros colapsados y una sensación extendida de abandono entre los ceutíes.

El Gobierno ha anunciado veinticinco millones de euros extraordinarios para la atención de menores. Es una cifra necesaria, pero insuficiente si no va acompañada de una reforma legal que recupere el control efectivo de la frontera marítima y de una diplomacia que deje de tratar a Marruecos con una deferencia que Rabat interpreta como debilidad.

Sánchez ha preferido el relato a la realidad. Ha preferido la playlist a responder al teléfono. Ha preferido Lanzarote a quedarse en Madrid o regresar a Ceuta cuando la situación aún no estaba controlada.

Un presidente puede permitirse vacaciones. Lo que no puede permitirse es estar mentalmente de vacaciones cuando su país atraviesa una crisis de soberanía.

La pregunta sigue abierta: ¿cuánto tiempo lleva exactamente así? Porque los ceutíes, y con ellos muchos españoles, llevan demasiado tiempo pagando el precio de esa ausencia.