En el cerca de un mes transcurrido desde que Pedro Sánchez solicitó comparecer en el Congreso de los Diputados para "informar sobre la situación política" ante las "últimas investigaciones judiciales conocidas", se han sucedido nuevos avances en los sumarios que cercan al PSOE y al Gobierno.
Aquella comparecencia estuvo motivada originalmente por el registro de la sede de Ferraz en el marco del caso fontanera, y el inicio de la investigación a José Luis Rodríguez Zapatero.
Pero a estos hechos se han sumado ahora la apertura de juicio oral y la adopción de medidas cautelares contra Begoña Gómez, así como la condena en firme a José Luis Ábalos.
Al presidente se le acumulaban pues las carpetas de escándalos de corrupción sobre los que aún no había rendido cuentas de forma oficial y pormenorizada.
Pero la expectación generada no ha hallado correspondencia en el decepcionante discurso de Sánchez de este miércoles. En apenas media hora, el jefe del Ejecutivo ha despachado la "maraña" de casos que asedian a su entorno.
Ha agrupado las ramificaciones que afectan a José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Leire Díez, reduciéndolas a un mero "caso de corrupción que afectó a la antigua Secretaría de Organización".
Respecto al capítulo que atañe a Zapatero, se ha limitado a pedir que "nadie saque aún conclusiones", ratificando su "confianza" en el expresidente.
Y en cuanto a las pesquisas sobre su esposa y su hermano, ha zanjado el asunto restando cualquier credibilidad a las causas, tildándolas de "mentiras" e "informaciones falsas" emanadas de "pseudomedios que viven de determinados lobbies".
Con esta escueta panorámica ha pretendido el presidente saldar su asunción de responsabilidades.
En lugar de ofrecer respuestas, ha optado por la victimización. Una inversión de la culpa que no ha convencido a unos socios que han vuelto a escenificar su distanciamiento.
Lo cual no implica que vayan a secundar la moción de censura que Alberto Núñez Feijóo, en un último intento, ha invitado a sopesar al bloque de la investidura.
Si una lectura indiscutible deja el Pleno de este miércoles es que Sánchez no sale reforzado. Pero ha quedado igualmente claro que no habrá elecciones hasta 2027.
El líder socialista abandona el hemiciclo vivo, pero moribundo, decidido a agotar lo que Feijóo ha tildado de "minutos de la basura" de una legislatura agónica.
Al fin y al cabo, los días de su mandato están contados: descartado ya un "superdomingo" coincidente con las municipales, y supeditada su permanencia a la suerte que corran los Presupuestos Generales del Estado del próximo año, el horizonte de la legislatura difícilmente podrá estirarse más allá de febrero o marzo.
La comparecencia, al menos, le ha servido al presidente para ganar tiempo. Clausurado el periodo de sesiones, el presidente no tendrá que someterse de nuevo al control parlamentario hasta el próximo mes de septiembre.
Sánchez ha desaprovechado así una oportunidad de oro para ejercer la rendición de cuentas que se le exige a un mandatario en una democracia madura.
El jefe del Ejecutivo disponía de tres salidas democráticas: la dimisión; la disolución de las Cortes y la convocatoria de comicios (como han pedido Felipe González y otros socialistas exentos de peajes al sanchismo); o, la menos comprometida para él, someterse a una cuestión de confianza.
Pero fiel a su manual de resistencia, Sánchez ha preferido sustraerse de nuevo a la asunción de responsabilidades para pasar el verano atrincherado en el búnker.
Puede que el presidente no haya perdido este miércoles el favor de sus socios, pero lo que definitivamente no ha logrado es ganarse a los ciudadanos. A falta de la retirada oficial de la confianza de la Cámara, Sánchez ha agotado por completo su credibilidad ante la ciudadanía.