Anne Carson enterándose de la noticia de su Nobel... histórica.

Anne Carson enterándose de la noticia de su Nobel... histórica. .

Columnas DESÓRDENES

Barrer la cocina y volver a los mitos: hay que aprender a vivir como la Nobel Anne Carson

Cuánta dignidad y cuánta elegancia caben en los días normales de una mujer rara.

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Una está comiendo galletas y viste un jersey. Una está barriendo el suelo de su cocina de Reikiavik: barrer es un ejercicio noble.

Una tiene la melena cana y las gafas gruesas y las manos rojas del frío trenzadas de venas azules, y a una le suena el móvil y a ver quién es ahora y es la Academia Sueca y una no se cree que le hayan dado el Nobel y apenas sabe si lo quiere, así que una cuelga y sigue barriendo.

"¿Quién es el sujeto real de la mayor parte de los poemas de amor? No es el amado. Es ese hueco", dijo Anne Carson. Una barre igual que escribe, es verdad: bordeando el hueco.

El gesto es hipnótico. Una barre en trance del mismo modo en que escribe en trance, una es una médium de lo suyo, a una le resuena dentro un misterio antiguo y una tira de él y lo convoca a la baldosa.

Siempre fue así para Carson: lo cotidiano y lo inmenso tentándose. Todo conversando entre sí desde muy lejos. La vida clásica, el amor moderno.

Me gusta su aire a menudo ensimismado (vamos a ver: está hablando con Homero, está hablando con Safo). Su rictus serio y amable, pacífico. Compasivo. Con el labio fino un poco apretado para no enseñar los dientes, poniéndole bridas a la risa.

Anne Carson durante una visita a Barcelona.

Anne Carson durante una visita a Barcelona. Toni Albir EFE

Me gusta su hermosa calavera. Sus trajes de chaqueta y sus botas rojas de cowboy.

No se da importancia. Parece que pasaba por aquí de camino al mercado o al parque. Parece que venía de acariciar un perro o de preparar una sopa. Cuánta dignidad y cuánta elegancia caben en los días normales de una mujer rara.

No hay lujos. La literatura es el lujo.

La vida al final es un poco eso, naturalmente: tomar un bus, levantar la cabeza de un fárrago de hojas, encender la lamparita verde, contemplar la fruta, amar a alguien, cambiar de idea, pensar en las llagas de Cristo, volver a los mitos (los mitos nos ayudan a llevar una doble vida, "todo mito es un laborioso dibujo repetido, una proposición de doble filo"), observar cómo la gente miente y fingir que no te das cuenta, estar guapa, ser monstruosa, volverte elusiva, esconder la correspondencia caliente a nuestros mayores, anteponer la seducción a la producción, encogerse de hombros, oler a detergente, escuchar un tango, hacerte vieja.

Es Carson unívoca frente al gregarismo. Leí que a ella no le gustan los deportes de conjunto. "Amo lo solitario, lo hermético, al excéntrico autodidacta. Hago míos a los santos del desierto, a los que se sientan en columnas. Los ciclistas de resistencia".

Yo creo que hay que vivir un poco más como Anne Carson, es decir, independiente, sin referirse con demasiada solemnidad a las cosas (la cosa menos solemne para nosotros debemos ser nosotros mismos), caminando ligeros y austeros, pensando de algún modo travieso que nos van a despedir mañana porque somos prescindibles y que está bien así, que no pasa nada, que ya haremos otra cosa.

Tendremos los libros. Los volcanes. La belleza.

Ahora pienso que quizás Anne Carson soñó esta noche que el mar grisáceo le escupía una estatua que se parecía a Helena de Troya o a Marilyn Monroe y vete a saber si es lo mismo: la mujer trágica y la mujer política, la mujer maldita de belleza.

Pienso en el antiguo marido de Anne Carson. Infiel, radiante, hermoso hasta la náusea.

La belleza nunca nos ha bendecido. Nos rajó brevemente como una navaja. Me encanta la corta belleza y su metálica empuñadura.

Leo a Carson: "Vive sola en un brezal al norte, / ella vive sola (…) Yo viajo en trenes todo el día y llevo muchos libros (…) / Emily Bronte es mi autora favorita. / También mi principal temor / al que trato de enfrentarme / cada vez que visito a mi madre / siento que me convierto en Emily Bronte, / mi vida solitaria a mi alrededor / como un páramo / mi torpe cuerpo / recortándose sobre los barrizales / con una apariencia de transformación / que muere cuando atravieso / la puerta de la cocina. / ¿Qué cuerpo es ese, Emily / que nosotras necesitamos?".

Qué guapa Anne con todos sus huesos movidos de un lado a otro. El esqueleto va en una cesta.

Qué guapa carbura esa máquina de humanidades, aunque las humanidades sean todo menos una máquina.

Esa ansiedad del lenguaje. Esa obsesión por las palabritas.

Su cosa pop… su desafío… su juego.

Su deseo de romperlo todo y de rearmarlo todo (los tiempos, los géneros), pero sin estridencias. Suave, divertida. Dulce, culta. Serena.

Anne Carson es una performer silenciosa. Qué bien que se rindió la Academia.