El campamento en la Puerta del Sol. Reuters
Teletrabajo y romances en la 'calle de los Bisexuales' de la acampada de Sol
Si vas a Sol, los chicos te gustarán tanto que te apetecerá meterlos en tu casa. Sólo si tienes, claro.
Qué alegría de mañana. Mira: me lo he pasado como una niña chica en Sol y en las faldas del Congreso. Es viernes y siento que no hay ningún lugar mejor para estar que aquí.
Me acordaba de aquello de Góngora: "Traten otros del Gobierno / del mundo y sus monarquías / mientras gobiernan mis días / mantequillas y pan tierno". Veo a las amigas desayunando un bocata, pacificadas. Una se lía un piti. Otra bebe agua de una cantimplora.
Están en silencio, como viejas vecinas que ya se han dicho todo lo que tenían que decirse.
Me dicen que la organización ha pedido que no haya alcohol, no vayamos a hostias. Me parece honorable. Son decentes y además quieren parecerlo. Es muy difícil criminalizar a una gente tan joven, tan jovial. Cuando quieren tomarse algo se alejan de la plaza y se dan una vueltecita para estirar las piernas.
Me dice uno que a esa zona de cervezas la llaman, de cachondeo, "la ciudad de los quince minutos de Rita Maestre". Te la haces en nada y ya estás de vuelta.
Me encuentro a un amigo en su tienda de campaña. Jesús, qué haces tú aquí, le digo. Y él me dice que la crisis de la vivienda también afecta a los maricones de derechas. Ah, pues también es verdad. Bromeamos bastante. Le digo que está como un rey con las piernas estiradas y todo. Él me dice que a su tienda la llama "coqueto bajo con vistas". Sonrío. La poesía se hace sola.
Está teletrabajando, como muchos otros.
Acampada en la Puerta del Sol, en Madrid. Europa Press
Es curioso que las nuevas revoluciones tengan este reverso tenebroso. Por un lado puedes manifestarte con el ordenador en las piernas, pero, por otra parte, ¿de verdad te estás manifestando con un ordenador en las piernas? ¿El trabajo se ha inmiscuido en la revuelta para boicotearla desde dentro o de algún modo la ha consentido?
Oye, y tú la tienda ésta la tenías o de dónde la has sacado, le digo a mi colega. Me dice que no me lo puede decir. Jajá. Al minuto canta: nada, la compraron por Amazon, coño, qué iban a hacer, si tenía que llegar en veinticuatro horas. Diminutas contradicciones en el marco de la rebeldía.
Lo del sistema es inescapable: me asomo y compruebo que la tienda de Apple de la Puerta del Sol está petada. La maquinaria va engrasadísima, tranquilos. Como dijeron los Beatles: que agiten las joyas los del palco.
La noche fue durilla. Llovió de tres a siete. Ahora la mañana es blanca, radiante, y resbala sobre el neón de Tío Pepe y sobre las lonas que protegen las tiendas del sol. El viento las mueve un poquito, las ondea, y si pones mucha intención, si te das la vuelta sobre ti mismo como un calcetín, conseguirás que te recuerden en algo al mar. Estas son las olas del centro herido de Madrid.
Un señor toca el violín. Yo me parto de risa con los nombres de las calles que se han ido inventando los chavales. "Travesía de los travestis" es de mis favoritas. Y la calle Emma Goldman, claro, nuestra anarquista de guardia.
Esta gente tiene ángel porque tiene autoironía. Hay mucho cachondeo, una sensualidad muy saludable. Tengo a una amiga que vive ahora en la calle de las Bisexuales y entiéndeme: no ha sido más feliz en su vida con todas sus nuevas colegas de flow Jimena Amarillo. Yo creo que se ha medio enamorado de una espontánea de la calle de al lado. Por la noche se miran las pecas la una a la otra bajo el candil.
Es fantástico: aquí la peña no para de ligar. Ligan y encima no tienen que consumir ni que pagar la entrada de una discoteca. No me digas tú que no mola ver una plaza usándose por fin para lo que fue diseñada. La arquitectura acaba de cobrar sentido y está al servicio de la conversación, de la revuelta pacífica y del beso. ¡Bien!
Dice Jesús que cuando él se instaló en la plaza, había al lado unos chavalillos que detectaron que él no había montado una tienda en su vida. "Pero es que éstos tenían un C2 en okupación", me dice. "Total, que me quisieron ayudar, muy majos. Pero yo, para caerles bien, les mentí y les dije 'no, no, me acuerdo de la última'… de la última qué, te preguntarás. ¿Asamblea? Yo tampoco lo sé. No cerré la frase. Es que eran monísimos, Lorena". Jajajá.
¡Están vivísimos! ¡Admiro su feliz y núbil coqueteo! Combinan la acción de protesta con el ocio que da gusto verlos. Tienen un sentido lúdico de la vida y hasta de la legítima queja. Ganan porque no tienen nada y están alegres. Siempre ganan los alegres, aunque no estén felices.
Es de subrayar eso. Aquí no hay un ambiente belicista, al contrario. Si vas a Sol esta gente te va a tratar con toda seguridad mejor que tu familia. Jajá. Los chicos te gustarán tanto que te apetecerá meterlos en tu casa. En fin, ya sabes: sólo si tienes.
Me voy para la manifestación que se desarrolla a los pechos del Congreso. Las pancartas del "sindicato de estudiantes" hablan de "expropiar a los rentistas" y de "huelga general". El logo es una mano que empuña un lápiz. Donde debería estar la goma, está una hoz.
Los carteles rezan "derecho a techo", "derechos humanos para todos" o "ni una Maricarmen más: contra los gobiernos culpables y sus policías". Unas señoras se han puesto sobre la cabeza dos cartones que simulan el tejado de una casa.
Me divierte bastante levantar la mirada hacia la azotea del edificio y ver la terraza del Urban, hotel de cinco estrellas: las cinco estrellas temblandito. A los ricos que estén hincándose el brunch allá en lo alto les están dando la mañana. El menú de temporada del restaurante del hotel, leo, cuesta 245 euros por cabeza. Hija, sale en la guía Michelín 2026. Este es un mundo de contrastes.
Una pancarta en la acampada.
Va cántico: "Ayuso, payasa, págate la casa". Es gracioso porque hay algún desnortado que canta "págame la casa". Lo mismo es un cántico doble, reversible. "Un bote, dos botes, Ayuso el que no bote".
Hay una bandera republicana y una bandera peruana: esto no sabemos por qué.
La gente canta "dónde está el Gobierno progresista" y agita las llaves. Otro cartelón lo deja claro: "PSOE y PP, responsables de nuestra miseria". Sánchez no es el chico más guapo del mundo por aquí.
Sus recetas rápidas no caen muy bien, pero no hay otras. La gente quiere seguir empujando, aunque no sabe bien hacia dónde.
Me encuentro a mi amiga Elizabeth Duval, que fue portavoz de Sumar hasta que les dijo "ahí os quedáis, máquinas". Va con la escritora Sara Barquinero. Hablamos de la desesperanza del voto.
Eli dice: "Pero verás tú, que el PSOE te sorprende". Bromeamos con hacer una camiseta con esa frase. "¿Ah, sí?". Y dice ella: "Sí. El PSOE es como ese novio terrible que es un dejado… que pasa de ti totalmente… y cuando tú ya estás hundida, cuando tú estás fatal, de repente te hace una cita espectacular, te lleva a cenar, te agasaja. Te va a buscar en moto a Chamartín".
Es verdad que tomar la Bastilla ya no es lo que era. Rodear el Congreso es una forma de hablar. Siempre entristecen las vallas, los candados, los leones tan solitos, rugiendo sordamente. Está todo lejos, al cabo. Es como mirar un pastel a través de un cristal. Entristece el aburrimiento de los policías. Entristece el chico de Glovo pasando, agotado, en bici.
Algo que distingue esta concentración de la del 15-M es que aquí nadie se anda con remilgos a la hora de cantar "viva la lucha de la clase obrera" o "aquí están los antifascistas". No hay pérdida. Escribe Mariang Maturana en Instagram, calzándole al stories la música de Superestrella, de Aitana: "¿Habéis visto el nuevo challenge viral que la está rompiendo entre los jóvenes en Tiktok? Organizarse".