Un vagón del Metro de Madrid a rebosar.

Un vagón del Metro de Madrid a rebosar. EFE

Columnas LA GLOBALISTA

Usar el transporte público en Madrid se ha vuelto un infierno

Las autoridades nos piden que dejemos el coche en casa, pero al mismo tiempo hacen que las alternativas sean insoportables.

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Cuando llegué a Madrid, hace unos 25 años, me encantaba patearme las calles y bajar al metro para cruzar la ciudad en un abrir y cerrar de ojos. Me devoré la saga completa de El Señor de los Anillos e incontables ejemplares del International Herald Tribune entre trayecto y trayecto.

Por aquel entonces te encontrabas a todo el mundo: estudiantes, hombres y mujeres de traje camino de la oficina, obreros con su uniforme, señoras mayores engalanadas con sus abrigos de visón. El metro de Madrid era para todos.

En 2010 empecé a dar clases en la Universidad Europea, así que solo tenía que dar un salto hasta Príncipe Pío y coger el autobús 518 hacia Villaviciosa de Odón. Durante casi una década apenas volví a pisar el metro.

Fue la mudanza de la IE University a las Cuatro Torres en 2021 lo que me devolvió a la rutina diaria del vagón.

Me hacía ilusión volver a acomodarme con un buen libro mientras subía hacia Plaza de Castilla en la Línea 1. Sin embargo, lo que me encontré fue un vagón sofocante con la gente apretada como sardinas en lata.

Pensé: "Bueno, un mal día lo tiene cualquiera". Pero no: resultó ser la triste realidad en la que se había convertido la Línea 1 durante mi ausencia.

Un aparcamiento de bicicletas del servicio Bicimad en Madrid.

Un aparcamiento de bicicletas del servicio Bicimad en Madrid. .

A medida que avanzaba el año, descubrí el nuevo infierno que nos aguardaba en invierno a quienes viajamos en la Línea 1.

Apilados dentro del vagón con abrigos gruesos y desprendiendo ya suficiente calor corporal como para hacer sudar a cualquiera, a alguien en algún sitio se le ocurría encender la calefacción a todo trapo.

La elección era terrible: pelearte con la masa para quitarte el abrigo y el jersey, o quedarte allí cociéndote en tu propio sudor. Y, para rematar, el choque térmico al salir al frío helador de la calle.

Termo de Madrid es una iniciativa ciudadana que registra la temperatura en el metro para visibilizar este problema. Sólo hay que echar un vistazo para comprobar el calvario que sufren a diario demasiados madrileños.

A finales de agosto, el 79% de los usuarios que enviaron avisos denunciaba la falta de aire acondicionado en la Línea 1, y un 28 % en la Línea 5. La situación empeoró aún más debido al prolongado corte de la Línea 10 entre Nuevos Ministerios y Cuzco.

Montar hoy en día en el metro de Madrid parece un castigo. ¿Y cuál es el delito? ¿No tener coche en el centro de la ciudad?

¿No poder permitirte pagar un taxi?

¿O querer contribuir a un aire más limpio utilizando un transporte público que antaño fue el orgullo de Madrid?

Para ser justos, la Comunidad de Madrid anunció en mayo una inversión de 3,5 millones de euros para mejorar el mantenimiento del aire acondicionado en 93 trenes de las líneas 1 y 5.

Sin embargo, la realidad es que los usuarios han seguido sufriendo vagones insoportablemente calurosos durante todo el verano.

Ya en 2024 habían anunciado también la compra de 40 trenes nuevos para la Línea 1, aunque no está previsto que entren en funcionamiento hasta el primer semestre de 2027.

Mientras tanto, con el inicio del curso académico a la vuelta de la esquina, empecé a buscar una alternativa más sostenible y agradable para subir a las Cuatro Torres. Quizá BiciMAD fuera la solución.

Empecé por comprarme un casco y descargarme la aplicación con la idea de practicar un poco en agosto, cuando las calles están más tranquilas.

Tras completar el registro (que resultó más enrevesado de lo que esperaba), me acerqué a la base más cercana y saqué una bicicleta, sólo para darme cuenta al instante de que la rueda delantera estaba rota.

Conseguí volver a anclarla, desenganché otra y di una vuelta por el barrio.

Hice un segundo intento un domingo por la tarde, con la idea de probar al menos parte del recorrido hasta las Cuatro Torres. De nuevo, la primera bici estaba estropeada. La segunda se tambaleaba un poco, pero aun así me puse a pedalear por el carril bici de la calle Santa Engracia.

En un cruce, mientras intentaba seguir recto, un taxi que giraba a la izquierda estuvo a punto de arrollarme.

Ahí se me quitaron las ganas por completo: justo antes de llegar a Cuatro Caminos, di media vuelta y regresé a casa.

Apenas a un par de manzanas de la base de bicis, pasé otro momento de pánico cuando un coche se saltó un stop a toda velocidad.

Temblando de los nervios mientras encajaba la bici en su sitio, decidí que aquel no iba a ser mi nuevo trayecto diario. Para colmo, me han cobrado por los escasos minutos que tardé en darme cuenta de que dos de las bicis que cogí estaban rotas.

Mi conclusión es que quizás use BiciMAD para trayectos cortos, pero subir hasta las Cuatro Torres sin carriles bici segregados no es para mí.

Y no soy la única.

Según un informe publicado en agosto por Ecologistas en Acción, sólo el 8 % de los madrileños afirma sentirse seguro o cómodo pedaleando entre coches.

Esto se traduce en un uso mínimo: en 2024, sólo el 1,3 % de los desplazamientos dentro de la M-30 se realizaron en bicicleta.

Es verdad que supone un avance frente al 0,6 % de 2018, pero sigue siendo una cifra desoladora. Madrid se queda muy por detrás de ciudades como París (11,1 %), Berlín (18,2 %) o Ámsterdam (39 %). E incluso de otras ciudades españolas como Sevilla (7 %), Barcelona (4 %) o Vitoria (8 %).

Lo más desalentador es el mapa del informe, donde figura un plan de carriles bici diseñado allá por 2008. Se suponía que para 2025 estaría completado, pero el mapa de la realidad actual no es más que un amasijo de tramos inconexos.

No es de extrañar que tan poca gente se atreva a moverse en bici por nuestra ciudad. Apenas hay rutas que no impliquen jugarte el tipo entre conductores agresivos a los mandos de una bici desvencijada. Da auténtico pavor.

El problema va mucho más allá de la comodidad de los madrileños que intentan ir a trabajar cada mañana. Las autoridades madrileñas nos piden encarecidamente que dejemos el coche en casa, pero al mismo tiempo hacen que las alternativas sean poco fiables, insoportables o espeluznantes.

Sin embargo, viajemos en metro, autobús, bici o taxi, todos terminamos respirando el impacto ambiental de unas políticas que siguen priorizando el vehículo privado.

Un sistema de transporte de primer nivel es aquel que la ciudadanía puede utilizar a diario de forma segura y confortable.

Madrid tuvo en su día un transporte público envidiable que muy pocas ciudades podían igualar. Sus gobernantes deberían avergonzarse del abandono al que lo han dejado llegar.