Vista general de la manifestación en la plaza de Cibeles en Madrid con motivo del Día de Ceuta.
Estas manifestaciones han sido diferentes a todas las anteriores
La calle es mucho más incómoda para un Gobierno que Twitter. Y la calle española está pidiendo elecciones.
"Me rebelo, luego somos", decía Camus. Y a mí me gustaría estar empapada de ese mismo espíritu revolucionario.
Pero tengo que reconocer que lo primero que se me ocurrió cuando llegué ayer miércoles a la plaza de Cibeles, un poco antes de las 19.00, es que han debido de descargar de golpe varios autobuses del Imserso y dejar que el patriotismo haga el resto.
No puedo dejar de preguntarme si una concentración de este tipo no será una cosa muy antigua para tiempos en los que todo sucede en una pantalla.
Si no hará quizá más daño un solo meme en internet que miles de personas en la calle.
Si no estaremos perdiendo el tiempo.
Porque yo ya he estado aquí.
Vista general de la plaza de Cibeles y la manifestación con motivo del Día de Ceuta en Madrid.
Yo ya me paseé por Cibeles en 2023, cuando fueron convocadas las manifestaciones por la amnistía.
Me di también una vueltecita por aquel Ferraz que iba a ser cuna de la nueva insurgencia.
Escuché los mismos coros que escucho ahora, los mismos "hijo de puta" dirigidos al presidente.
Había banderas, había indignación, había miles de personas y, sobre todo, había una convicción conmovedora de que esta vez sí.
Y luego no pasó nada. O pasó de todo, que a veces es peor.
Pasó la amnistía. Pasó la derogación de la sedición. Pasó la reforma de la malversación. Pasaron de los Presupuestos. Pasó Koldo. Pasó Ábalos. Pasó Cerdán. Pasó Begoña Gómez.
Pero, oye, nosotros habíamos salido a protestar.
Me da la risa cuando cortan por fin todos los accesos a Cibeles y la gente va ocupando la plaza con parsimonia, al mismo ritmo que la sombra. No es que ya nadie quiera morir por su patria; es que tampoco quieren sudar por ella.
"Aquí no, coño", protesta un manifestante al ser arrastrado por su mujer al centro, bajo toda la solana. "Pepe, que quedan cinco minutos de sol", le anima ella.
Oigo los clásicos de "España unida jamás será vencida". Todo me resulta rutinariamente familiar.
Y, a la vez, no.
Lo cierto es que pensaba que me iba a sentir como en el día de la marmota, consumiendo un bucle de AI slop político: las mismas pancartas, los mismos himnos, los mismos señores cabreados, el mismo presidente insultado desde la distancia.
Vista de la plaza de Cibeles durante la concentración con motivo del Día de Ceuta.
Sin embargo, hay algo diferente en esta manifestación por la que me paseo, cada vez más apretujada.
En primer lugar, no es sólo que haya mucha gente. Es que es gente muy distinta.
Veo a dos chicas jovencísimas vestidas como si las muñecas Bratz hubieran decidido sacar una edición Coachella. Una señora mucho mayor les felicita por estar ahí.
"¿Cómo no vamos a venir con lo que está pasando?", contestan.
Un grupo de seis chicos jóvenes, casi adolescentes, con pendientes de brillantes, canta el himno de España con el clásico "looolooololo" y dirige las proclamas, haciendo que todo el mundo grite por encima de las palabras del alcalde, al que nadie escucha realmente.
Que no es que esté yo descubriendo ahora que no sólo hay cayetanos enfadados con Pedro Sánchez. Pero sé que es la primera vez que estos jóvenes salen a la calle para alzar la voz por algo.
Recuerdo entonces haber escuchado a Louise Perry explicar que, si la situación política de un país llega a desembocar en violencia, el bando que tiene más probabilidades de ganar es aquel que tenga a más varones jóvenes entre sus filas.
Por si te interesa hacer números, Pedro, igual quieres ir preguntándole a Tezanos de qué lado están los jóvenes de tu país.
Lo que también hay es mucho más cabreo. Y sólo hay una cosa peor que gente cabreada: gente harta de que cabrearse no sirva para nada.
En esta manifestación no se canta ni se baila ni se dan palmadas. Habla Almeida y hay gritos pidiendo más acción a la oposición. Se pide la expulsión de los invasores. Se pide prisión para Margarita Robles.
"Perdón, ¿qué pasa aquí?", pregunta una turista sueca.
"Es una manifestación a favor de Ceuta y en contra del Gobierno. No les han protegido", le contesta otra con sencillez.
Y ahí entiendo algo. A diferencia de las movilizaciones por la amnistía, que mucha gente sintió como una lucha por un concepto jurídico, esta crisis es de barrio. Son niños que no van al parque y que no empezarán el cole. Son supermercados en los que te da miedo entrar. Son playas vacías a las que no te atreves a ir.
No es una enmienda a la Constitución. Es tu calle.
No les han protegido.
🔴‼️ Feijóo, demoledor sobre la invasión de Ceuta: "Señor Sánchez, míreme. La va a pagar ante la Justicia y ante las urnas"
— EL ESPAÑOL (@elespanolcom) September 3, 2026
✍️ Por @ADPrietoEE https://t.co/1H2aPuGvoZ
Y lo que también detecto es mucha esperanza. La gente se da codazos: "Mira, mira", para enseñarse que ya no se ve el final de la manifestación ni desde Alcalá, ni desde Colón, ni desde Gran Vía.
"Esto sí que servirá", aseguran varios a mi lado.
"Y si no, por lo menos bien que le estará jorobando", sentencia otra, mucho más pragmática. Me hace gracia esa confianza española en que, si no conseguimos cambiar la historia, al menos podemos fastidiarle la tarde al presidente.
Y se trata de eso, al fin y al cabo. Comprendo ahí que salir a las calles es realmente eficaz porque es el único espacio que, con su incomparecencia, el presidente reconoce que tiene perdido.
La calle sigue siendo un sitio mucho más incómodo para un Gobierno que Twitter. Y la calle está pidiendo elecciones.
Comprendo que estos cientos de miles de personas en toda España están en las plazas porque, ante un Gobierno que no comparece, que no da explicaciones, que no rinde cuentas, que no ofrece ruedas de prensa con preguntas, que no pisa la ciudad sitiada y que, mientras tanto, habla de que irse de vacaciones es su derecho, la calle es el único lugar en el que todavía pueden contestarle sin pedirle turno de palabra.
Quizá por eso importaba tanto estar ahí.
Yo ya estuve en Cibeles en 2023. Ahora ya sabemos cómo acaba una manifestación cuando acaba la manifestación: volvimos a casa, pero Sánchez no.
Así que, con el ambiente que he visto, me pregunto si esta gente ha venido, no sólo a manifestarse, sino a comprobar cuántos son. Parece que cada vez más. Esperemos que la respuesta la den las urnas.
Y que lleguemos a ellas antes de que la calle empiece a pensar en otra manera de hacerse escuchar.