Lindsay Clancy, durante su juicio.

Lindsay Clancy, durante su juicio. Reuters

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¿Tú te identificas con una mujer que asesinó a sus hijos?

¿Qué dice de nosotros que tantas mujeres se reconozcan en quien mató a sus hijos?

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Se está retransmitiendo en vivo el juicio a Lindsay Clancy, una mujer que mató a sus tres hijos en 2023.

En esta época obsesionada con el true crime ya se ha formado alrededor del caso el ecosistema completo: documentales, TikToks, hilos de X, psicólogos de sofá, teorías sobre lo que ocurrió aquella tarde, teorías sobre lo que ocurrió antes, análisis de cada gesto del marido, sospechas sobre los médicos, discusiones sobre la psicosis posparto y, para mi sorpresa, una comunidad de mujeres convencidas de que Lindsay no es una asesina, sino la víctima de algo mucho más grande que ella.

Que Lindsay Clancy padeciera un problema mental que no fue atendido debidamente es perfectamente posible.

Pero una cosa es contemplarlo como hipótesis y, otra, convertirlo, antes de que lo haga un tribunal, en una absolución sentimental.

Lo que me deja perpleja es que a las puertas del juzgado se hayan congregado cientos de mujeres simpatizantes de Lindsay Clancy, muchas de ellas vestidas de rosa y con lemas como Believe ("Creo"), She Needed Help ("Ella necesitaba ayuda") y Peace For Lindsay ("Paz para Lindsay").

Es como un nuevo movimiento de #FreeBritney. Pero en vez de querer librar a una superestrella del pop de la tutela de su familia, hablan de una mujer que ha asesinado a tres niños.

Una funcionaria del juzgado sostiene el pijama de uno de los niños asesinados por su madre.

Una funcionaria del juzgado sostiene el pijama de uno de los niños asesinados por su madre. Reuters

Ser madre puede ser duro. Y lo es en muchas ocasiones.

Pero también son duras otras circunstancias de la vida. Y si llevan al homicidio, no generan esta clase de empatía.

Algo es evidente. Si el símbolo y el mártir de tu causa es una mujer que deliberadamente envió a su marido a hacer recados fuera de casa durante todo el día para poder estrangular uno a uno a sus tres hijos, cambia de causa.

Y luego están los TikToks.

Mujeres llorando con sus propios hijos en brazos, mirando a cámara y diciendo que ellas podrían haber sido Lindsay.

Same, Lindsay ("Igual que Lindsay") escriben en TikTok con música sentimental de fondo.

Ahí es donde empiezo a no entender nada.

¿Qué dice de nuestra época el hecho de que tantas mujeres se reconozcan en una madre que mató a sus hijos? ¿Nos dice que la maternidad es una enfermedad? ¿Los hijos una patología? ¿Que la mujer es una eterna víctima vulnerable?

Creo más bien que es una falsa empatía que funciona como absolución colectiva. Lindsay deja de ser una persona concreta, con una historia concreta y unos hechos que serán juzgados, y se convierte en un recipiente donde miles de mujeres proyectan su propio agotamiento.

Ya no importa tanto Lindsay.

Importan ellas.

Sus partos.

Sus bebés.

Sus noches sin dormir.

Sus maridos que no ayudan lo suficiente.

Sus cuerpos destrozados.

Su soledad.

Su maternidad.

Y, de repente, los tres niños asesinados, que han muerto de verdad, quedan en segundo plano mientras una mujer abraza a su hijo delante de la cámara y llora porque ella podría haber sido Lindsay.

El padre de los niños asesinados.

El padre de los niños asesinados. Reuters

Tengo curiosidad por saber qué pensarán esos mismos niños, ya de adultos, si algún día ven esos vídeos.

Es una cosa bastante extraordinaria, pero también profundamente moderna. Hemos convertido la vulnerabilidad en una identidad moral y hemos llegado a un punto en el que sufrir parece conceder una especie de inmunidad ética.

Si estás mal, eres inocente. Si estás desbordada, eres víctima.

Si eres mujer, además, alguien debería haberlo impedido. Siempre hay un sistema al que culpar.

Los padres afganos que venden a sus hijas pueden explicar su situación por la pobreza.

Íñigo Errejón atribuyó su comportamiento sexual al neoliberalismo que habitaba en su ser como un virus.

Y no creerte la historia de superación de Jason Arday te convierte en racista.

Es difícil imaginar una imagen que resuma mejor la confusión moral de nuestro tiempo: una madre abrazando a su hijo mientras se identifica emocionalmente con otra madre acusada de haber matado a los suyos.

Me gustaría preguntar una a una a esas mujeres qué es lo que reivindican exactamente. ¿Que todas las depresiones pospartos son un riesgo para los hijos? ¿Alejamos entonces a los niños de sus madres hasta que estén totalmente recuperadas del parto?

Decimos que los violadores son hijos sanos del patriarcado y resulta que ahora queremos convertir a las mujeres que matan a sus hijos en víctimas del sistema. Algo no me cuadra.

No sé qué clase de empatía es esa que, para encontrar a la víctima, necesita mirarse primero en el espejo.

Sabes que una narrativa está podrida si consigue que una historia sobre tres niños asesinados termine, otra vez, hablando de nosotras.