El portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López.

El portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López. Efe

Columnas SIN SOLTAR AMARRAS

Con qué desprecio miró Pedro Sánchez a Patxi López

Patxi López ha convertido el Congreso en el púlpito de un tiralevitas que intenta desesperadamente ganarse el favor del señorito a base de piropear a su parienta.

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Si existiese el Manual del Perfecto Pelota, un capítulo debería estar dedicado al noble arte de adorar al santo por la peana.

El buen pelota sabe que es mejor hacer la rosca a alguien próximo al interesado.

En época de Franco, los joyeros dejaban que la mujer del caudillo se llevase de regalo las perlas que tanto le gustaban y que la hicieron merecedora del mote de 'La Collares'. Aquellos pobres desgraciados debían de pensar que el dictador les apuntaba en el debe las dádivas a su señora, y algún día les tendría en cuenta el gesto rumboso, la generosidad, el desapego.

Imagino que el recuerdo de aquellos aduladores que regalaban las alhajas a doña Carmen palpitaba el otro día en las sienes de Patxi López cuando, casi fuera de sí, gritaba "¡yo con Begoña!" desde la otrora sagrada tribuna de oradores del Congreso.

Para lo que hemos quedado, Señor.

La misma plaza desde la que disertaron Sagasta, Castelar, Adolfo Suárez o Clara Campoamor, convertida en púlpito de un tiralevitas que intenta desesperadamente ganarse el favor del señorito a base de piropear a su parienta.

Yo no sé si Pedro Sánchez es capaz de valorar y agradecer los halagos de Patxi a su señora, pero la mirada que le dedicó no fue de gratitud, sino de desprecio, diría yo que rozando el asco.

Imagino que, en el fondo, tampoco Franco sentía afecto alguno por los que dejaban que su mujer se llevase sin pagar los benditeros, los abalorios y las porcelanas de las Reales Fábricas.

¿De verdad, Patxi, hacen falta esas señales de adhesión a la esposa del jefe?

Qué desesperado hay que estar. Qué miedo hay que tener.

Acho, que este señor llegó a lehendakari. Que presidió el Congreso y fue tercera autoridad del Estado.

Y ahí estaba, demediado y ridículo, convertido en tuercebotas supongo que por necesidad, como aquellos pobres tenderos franquistas que veían salir de sus establecimientos los perlones o las antigüedades y soñaban con que el dictador correspondiese de alguna manera a su miserable lealtad.