Procesión de Semana Santa en Sagunto. Archidiócesis de Valencia.
Hay que lograr que la Semana Santa deje de ser machista
Cuando determinadas instituciones tradicionales oponen resistencia a los intentos de una reorganización racional de la sociedad en nombre de ideales abstractos como la igualdad, la perspectiva de género se revuelve.
El Gran Salto Adelante feminista no se detiene ante ninguna frontera. Su nueva meta es una "Semana Santa" inclusiva. Pasar de las hermandades a las sororidades.
Las mujeres también quieren ser costaleras de pleno derecho. ¿Qué es eso de que los hombres se reserven el privilegio de magullarse los hombros cargando los pasos?
Si el Observatorio de conductas misóginas está resuelto verdaderamente a desplegar esta lógica hasta el final, podríamos hablar pronto de un genocidio inclusivo, un Cártel de Sinaloa inclusivo o, como ironiza la genial sátira del #MeToo Caza de Brujas, un yihadismo inclusivo.
Tampoco cabe descartar que, en algún momento, y siguiendo el magisterio de Manuela Carmena con la Cabalgata de los Reyes Magos, la Gran Hermana del Estado maternal proponga actualizar las procesiones pascuales para purgarlas de connotaciones patriarcales.
Al fin y al cabo, desde que los jacobinos inventaron los bautizos laicos, no ha cesado la aspiración revolucionaria de alumbrar una constitución civil del clero.
Y esta misma pulsión profanadora por reconfigurar los ritos y mitos según los dictados de la razón natural llega hasta nuestros días. El Gobierno ha decidido retirar a la Semana Santa de Sagunto la categoría de Fiesta de Interés Turístico nacional, tras haberse negado el pasado domingo la Cofradía de la Purísima Sangre a admitir a las mujeres como cofrades.
Protesta en Sagunto de un grupo de vecinas que quieren participar en la Semana Santa. EE
Parece que la veneración progresista del fetiche democrático sólo rige cuando las votaciones arrojan el resultado que se consideraba correcto ex ante. Porque el Gobierno "valora actuar" en los tribunales contra la decisión adoptada por mayoría en la asamblea de la cofradía, al no garantizar esta "la igualdad efectiva en el acceso y la participación en las entidades abiertas al público, tal y como indica la ley".
Aunque las cofradías son asociaciones privadas católicas, el Gobierno entiende que la exclusión de la mujer de las procesiones no está amparada por la libertad de asociación.
Tal injerencismo gubernativo es un vivo testimonio de los problemas del Estado moderno para tolerar formas de organización autónomas en el seno de la sociedad civil que se autorregulen al margen de su monopolio coercitivo.
Y es que un imperativo social se cierne sobre el nuevo milenio de forma ineluctable: la igualdad plena y total.
Pero, como todo presupuesto que integra el zeitgeist de turno, se trata de un axioma comúnmente asumido cuya validez no se cuestiona.
"Tengo el mismo derecho a participar en las procesiones que un hombre", claman las mujeres agraviadas por el veto penitencial. ¿De verdad? ¿Conforme a qué legislación canónica?
La reclamación no tiene otra base que el mandato, asumido acríticamente, de la feminización de la sociedad. La constatación peregrina de que las mujeres son la mitad de la población es el único fundamento del non sequitur según el cual, en consecuencia, deben estar representadas proporcionalmente en todos los ámbitos.
Pero ¿por qué?
Las cofradías no están al margen de la Constitución y tienen que respetar la igualdad constitucionalmente reconocida. La Semana Santa también tiene que ser igualitaria. Vamos a actuar. pic.twitter.com/uQFPbMxjG2
— Ana Redondo (@_anaredondo_) March 23, 2026
Puesto que no hablamos de ninguna discriminación de la mujer ante la ley, la única razón que restaría para ello es otro cliché infundado: la pluralidad necesariamente enriquece. Un sofisma que, al abstraer las diferencias biológicas y temperamentales entre los sexos, impide apreciar el sentido ecológico y antropológico de la segregación de espacios bajo otro prisma que el de la discriminación.
El argumento esgrimido en las protestas contra los detractores saguntinos de las cuotas es siempre el mismo: la apelación a la tradición no es una razón suficiente.
El hecho de que algo se haya hecho siempre de una determinada manera, aducen, no implica que tenga que seguir siendo así. Porque lo consuetudinario no puede ser una coartada para la exclusión de la mujer.
Este razonamiento rudimentario transparenta la incapacidad del pensamiento contemporáneo (ideológico y estatalista) para comprender la razón tradicional. Una herencia de la mentalidad de raíz ilustrada, que niega el pasado como fuente de autoridad.
Pero, al pretender aplicar unas reglas de validez universal (en este caso, la obligación paritaria), se torna incapaz de captar adecuadamente la naturaleza de las expresiones culturales, cada una de las cuales está dotada de un carácter propio y es producto orgánico de unas costumbres en el seno de una comunidad.
Por eso, cuando determinadas instituciones centenarias oponen resistencia a los intentos de una reorganización racional de la sociedad en nombre de ideales morales e intelectuales genéricos, como la igualdad, la visión inclusiva se revuelve.
La "perspectiva de género" que el tinglado feminista quiere aplicar a todas las facetas de la vida pierde de vista que cada aspecto de la realidad tiene su propio estilo, su propia legalidad, su propio tono particular.
Reconocer que cada tradición responde a una razón local, que no puede supeditarse a ninguna moda ideológica ni a ningún decreto gubernamental, sería la auténtica muestra de respeto por la única diversidad merecedora de tal nombre.