Zapatero con Carlos Alsina.

Zapatero con Carlos Alsina.

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Zapatero tenía demasiado poder como para no saber

Zapatero no sabía quién le pagaba, no sabía qué hacía la empresa, no sabía quién estaba detrás. No sabía nada, salvo lo suficiente para cobrar cientos de miles de euros.

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Ya sea en mítines, en medios de comunicación o en foros variopintos, las intervenciones de José Luis Rodríguez Zapatero suelen producir un efecto único. Una especie de reacción alérgica. Un eczema rojizo que pica, mezcla de vergüenza ajena, indignación y estupor, que brota hasta en sus seguidores.

La larguísima entrevista que Zapatero ha concedido a Carlos Alsina no ha sido una excepción, sino más bien un recopilatorio actualizado.

Permítanme que comience mi breve reflexión al respecto del consultor, eligiendo tan solo dos frases suyas.

"No sabía quiénes eran los clientes".

No es una respuesta, sino una coartada. Incompatible con quien ha sido presidente del Gobierno de España. Porque en política (y más aún cuando se conserva influencia sin responsabilidad formal) hay algo peor que saber y actuar mal: no querer saber.

Zapatero ha decidido instalarse ahí. No sabía quién le pagaba, no sabía qué hacía la empresa, no sabía quién estaba detrás. No sabía nada, salvo lo suficiente para cobrar cientos de miles de euros.

José Luis Rodríguez Zapatero junto a Delcy Rodríguez, durante su último viaje a Caracas.

José Luis Rodríguez Zapatero junto a Delcy Rodríguez, durante su último viaje a Caracas. Europa Press

La pregunta no es si eso es creíble, sino si es aceptable.

Porque si es cierto, se trataría de una negligencia impropia de quien ha construido con tanto cuidado una larga carrera como representante de intereses, también llamado lobista.

Si no es cierto, entonces ya podríamos hablar de una estrategia deliberada de opacidad.

"Todo fue legal".

Nadie duda de que nos encontramos ante un debate político y ético. La legalidad formal no limpia la sombra de la influencia, ni disuelve las dudas sobre el uso del capital relacional acumulado durante años en el poder.

Cuando se ha sido presidente de España, el problema no es tanto lo que se puede como lo que se debe hacer.

Vayamos ahora con la voz del mediador en Venezuela.

"Sí, amigo personal. Yo sé muy bien lo que hacen, lo que han hecho, lo que me han apoyado en estas tareas de liberar presos. Siempre estaban de mi lado, intentando que esa política de represión no se consumara. No han contribuido a la prolongación del régimen represor en Venezuela".

Zapatero ha reconocido enfáticamente que Delcy y Jorge Rodríguez son sus amigos personales, y ha remarcado que siempre estaban de su parte cuando trataba de liberar presos.

Ojo, no presos políticos, presos.

Según esta versión, quienes dirigían el aparato de poder que ha sostenido durante décadas la represión eran, en realidad, aliados discretos para aliviarla.

Es decir: los carceleros eran también los mediadores. Los responsables eran, al mismo tiempo, la solución.

Pero esta contradicción no es nueva. Zapatero lleva años formulándola con desparpajo contra cualquier respaldo de los hechos, la razón o el sentido común.

Esa afirmación es, en realidad, el núcleo de su pretendida legitimación como mediador.

Zapatero no dice que sus amigos han encarcelado (y siguen encarcelando hoy) a miles de inocentes.

No dice que les impiden el acceso al debido proceso y a la defensa.

Que los maltratan y torturan, sean adolescentes o ancianos, civiles o militares.

Que, a pesar de la ley-farsa de amnistía que mantiene en sus manos las llaves de la prisión, aún siguen entre rejas cientos de presos políticos.

Que entran nuevos presos cada día y que amenazan a los que salieron con volver a entrar en cualquier momento.

Si Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez querían que "esa política de represión no se consumara", ¿por qué no han liberado ya a todos los presos políticos, ahora que concentran todo el poder en sus manos?

¿Por qué persisten las denuncias de detenciones arbitrarias, torturas y persecución sistemática?

¿Por qué, después de años de mediación, de interlocución privilegiada, de viajes y contactos, el sistema sigue funcionando exactamente igual?

La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, junto al destituido ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López.

La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, junto al destituido ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López. Efe

O bien esos interlocutores nunca tuvieron voluntad real de desmontar la represión, o bien ese relato de mediación ha servido para otra cosa: legitimar lo que no se quería cambiar.

Durante más de una década, periodistas, investigadores, víctimas del régimen y responsables políticos han señalado la misma anomalía: la existencia de una figura internacional que, bajo la retórica del diálogo y la cobertura de su previa responsabilidad gubernamental, ha contribuido a normalizar un sistema que nunca dejó de reprimir.

Zapatero ha vuelto a insistir en que hay una campaña contra él. Ha hablado de dosieres falsos, de ataques coordinados. Pero de lo que más ha hablado es de respeto.

Del respeto que le merece Puigdemont, del respeto debido a la privacidad de sus pagadores, y, sobre todo, del respeto a su trayectoria. Como los que dicen que todas las opiniones son respetables.

Pero no, hay opiniones que son directamente aberrantes o criminales. Y hay trayectorias cuyos hitos factuales, como en este caso, solo revelan una coherencia: la de ser agente de parte.

El expresidente Zapatero, ante millones de oyentes, ha optado por una autodefensa atrabiliaria basada en el desconocimiento, la legalidad formal y la victimización. Tres pilares demasiado endebles para sostener el peso de las preguntas acumuladas durante años.

Porque al final todo converge en un punto imposible de esquivar: la responsabilidad.

Responsabilidad sobre con quién se trabaja, sobre a quién se legitima y sobre qué consecuencias tienen los propios actos cuando se interviene en contextos de represión. Y esa responsabilidad no desaparece invocando ignorancia, ni se diluye en la legalidad formal, ni se neutraliza apelando al respeto debido a una trayectoria.

Al contrario: demasiado poder como para no saber.