El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y su homólogo francés, Emmanuel Macron, durante una rueda de prensa conjunta en París.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y su homólogo francés, Emmanuel Macron, durante una rueda de prensa conjunta en París. Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

Ucrania, primera potencia militar del mundo libre

Es en las llanuras de Ucrania, en el corazón de una nación asediada, bombardeada, pero más creativa que ninguna otra, donde ha nacido la revolución militar del siglo XXI.

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El presidente Zelenski ha vuelto a París.

Está como siempre.

Sólido.

Con un sistema nervioso a toda prueba, como si fuera ignífugo.

No parece más cansado de lo normal, lo que, lo confieso, siempre me deja perplejo.

Feliz, me dice, con su cita con el presidente Macron, que se está revelando, con el paso del tiempo, como el más constante de sus aliados.

Y sigue teniendo en la mirada esa llama ardiente y fría que se encendió aquel famoso viernes 25 de febrero de 2022, cuando bajó, a cabeza descubierta, rodeado de sus ministros y de sus generales, a las calles bombardeadas de Kyiv.

Hoy, sin embargo, nuestra conversación comienza, después de los abrazos fraternales, con una inmensa carcajada.

Felipe VI junto a Zelenski este miércoles.

Felipe VI junto a Zelenski este miércoles. EFE.

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¿Se acuerda, me pregunta en sustancia, de aquel momento, en el Despacho Oval, en que el presidente Trump me dijo: "Ustedes no tienen las cartas"?

¡Y tanto que me acuerdo!

Yo estaba en el frente de Pokrovsk, con una unidad de la 117.ª brigada mecanizada, y vi a aquellos hombres rudos, curtidos en todas las pruebas, llorar delante de sus pantallas ante el espectáculo de ese hombre vulgar intentando humillar a su presidente.

Pues bien, prosigue Zelenski, desde el inicio de la guerra en Irán y la lluvia de drones que se abate sobre Oriente Próximo, estamos en pie de guerra.

La administración estadounidense se da cuenta, de pronto, de que los ucranianos se han convertido, por la fuerza de las cosas, en los campeones del mundo en el arte de concebir, lanzar o interceptar estas nuevas armas.

Recuerda aquellos días de agosto, en Washington, cuando habían ido a hacer la demostración de su pericia y cuando simularon, por casualidad, un ataque de Irán contra Catar. "No, gracias", dijo entonces el Pentágono. "Somos el país de los Patriot, tenemos lo que hace falta".

Y he aquí que, ocho meses más tarde, los aliados de la región, de Arabia Saudí a Jordania pasando por Israel, descubren la nueva ecuación: nadie podrá disparar indefinidamente misiles Patriot de más de un millón de dólares contra drones Shahed que cuestan 10.000.

Entonces llaman a Ucrania en su auxilio y Zelenski, magnánimo, envía a sus expertos a evaluar situaciones y necesidades.

Entonces tal emirato, jugando de listo, encarga el material sin darse cuenta de que sólo los logísticos ucranianos saben realmente hacerlo funcionar. No importa: ¡Zelenski sigue ahí y sus equipos ya están en camino!

Y es toda una región (la misma que, hasta ayer, veía Ucrania como el teatro lejano de una guerra ajena) la que comprende que depende de la ciencia militar ucraniana.

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¿Y las cartas?

Lo propio de las cartas, el presidente de Estados Unidos debería saberlo, es que siempre acaban cambiando de manos.

Así fue cuando Atenas y Esparta inventan las falanges de hoplitas, esos ciudadanos soldados que derrotan a los persas en Maratón.

Un soldado ucraniano manipula un dron.

Un soldado ucraniano manipula un dron. Reuters

O cuando llega la pólvora y los Estados nación nacientes vuelven obsoleto el viejo arte de la guerra, en el que mandaban los feudales atrincherados en sus castillos.

O cuando aparece el arma nuclear y se ahonda la brecha entre las potencias que la poseen y las demás.

Pues bien, eso es lo que está ocurriendo hoy con esta nueva era de la guerra que impone la generalización de los drones y en la que los ucranianos, con la espalda contra la pared, han dejado atrás a todos los demás.

He visto, durante estos cuatro años, cómo se producía el vuelco.

He filmado, al principio de la guerra, a chavales geniales trasteando en cabañas del bosque, con una impresora 3D, sus primeros pájaros de fuego.

Luego, a los ingenieros de Trident, cerca de Járkiv, pasando a otra escala y abriendo el camino a avances tecnológicos decisivos.

Luego, en la región de Zaporiyia, talleres donde desmontaban los aparatos enemigos, hurgaban metódicamente en sus entrañas y extraían, pieza a pieza, sus secretos.

Y he filmado, en los búnkeres y en la nieve, con los hombres de la brigada Khartiia o con los de la poeta Oksana Rubaniak, al nuevo ejército de drones tomando el control de sectores enteros del frente y frustrando, con medios finalmente muy escasos, al poderoso ejército ruso.

El resultado está ahí.

Los ucranianos, hace cuatro años, suplicaban que acudiéramos en su ayuda.

Rogaban, según la bella fórmula de Zelenski, que les ayudáramos a cerrar el cielo.

En el mejor de los casos, admitíamos que eran nuestro muro de contención frente a Putin, nuestra primera línea de defensa, y que por ello bien merecían que hiciéramos un pequeño esfuerzo.

Hoy, todo ha cambiado.

Es a Zelenski a quien se suplica.

Es Zelenski quien está en el centro del nuevo paradigma y del nuevo mundo que este dibuja.

Es en las llanuras de Ucrania, en el corazón de una nación asediada, bombardeada, pero más creativa que ninguna otra, donde ha nacido la revolución militar del siglo XXI.

No sé si Kyiv acabará entrando o no en la OTAN. Pero, en el fondo, poco importa. Porque lo que hoy es cierto en Oriente Próximo puede serlo mañana en Europa. Y quién sabe si, por un singular giro de la Historia, no será al ejército de Ucrania al que pidamos, un día, que nos proteja.