El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

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La ITV moral de Sánchez: llega el odiómetro de La Moncloa

¿Por dónde vamos a empezar a medir el odio, presidente? ¿Por la sección de Opinión de este periódico, por ejemplo?

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Como si fuera un emprendedor de Silicon Valley en vez del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez ha presentado un "odiómetro". Así, como se lee.

Se trata de una herramienta para medir las consecuencias de la polarización en redes sociales llamada HODIO. Un nombre que suena mitad aplicación de meditación, mitad aparato que te enchufan en la ITV moral del Gobierno.

Odio, pero con "h", porque mide la Huella del Odio y la Polarización. Como la del carbono, pero para saber si te acuerdas de la madre del vecino en esa historia de Instagram que sólo verán tus cinco mejores amigos.

"Las redes sociales tendrán que rendir cuentas públicamente", ha dicho ese presidente del Gobierno que manda comunicados y comparece en intervenciones sin periodistas y sin posibilidad de preguntas, que no ha explicado a día de hoy las condiciones de su acuerdo con Eh Bildu, cómo se tomaron las decisiones durante la pandemia o qué pasó con el apagón.

Usando conceptos como "amplificación algorítmica" y frases inspiradoras como "el odio se fabrica, no es consustancial al ser humano", Pedro Sánchez ha hablado como una directora de Recursos Humanos impartiendo el curso peñazo sobre gestión inclusiva de la diversidad en el espacio de trabajo.

Sólo le faltaba el PowerPoint, el coffee break y el formulario anónimo para evaluar el clima emocional de la plantilla nacional.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la inauguración de la primera Cumbre Internacional contra el Odio.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la inauguración de la primera Cumbre Internacional contra el Odio. Chema Moya Efe

Yo tengo tantas preguntas que me quedo sin aire. ¿Por dónde vamos a empezar a medir el odio? ¿Por la sección de Opinión de este periódico, por ejemplo?

Con lo bien que me caen mis compañeros y me los vais a encerrar. No descarto que pronto tengamos que escribir las columnas con medidor de decibelios morales al lado del teclado.

El mismo Sánchez ha dicho que "el odio suele ser masculino". ¿Medimos qué impacto tiene su discurso sobre la deshumanización de los hombres? Cinco puntos menos para el presi.

¿O quizá vamos a empezar por la cuenta de X de nuestro queridísimo Óscar Puente?

Me gustaría saber qué puntuación en la escala del odio merecen joyas como esta dirigida a Feijóo: "¿Qué vas a cesar tú, si no has sido capaz de cesar al que retozaba en el Ventorro mientras 229 personas se ahogaban, miserable?".

Si eso no puntúa alto en la escala, quizá el aparato necesite recalibrarse.

Sin embargo, recuerdo que la semana que saltó el caso de Paco Salazar, el Ministerio de Igualdad publicó un informe alertando del auge del término "Charo" en redes sociales y denunciando que la propagación del término es un arma de misoginia.

Y mucho me temo que esta nueva Inquisición del Ministerio de la Verdad Sanchista irá por ahí.

Primero, se mide el odio. Luego, se clasifica.

Y, finalmente se certifica quién puede hablar y quién necesita reeducación cívica.

Por supuesto, en línea con el credo progresista que ha fiado su vacío existencial a los datos y las estadísticas, el presidente del Gobierno nos ha asegurado que el alcance de los discursos del odio se podrá "medir de forma sistemática".

Presidente, permítame dudar de que alguien incapaz de sacar los Presupuestos adelante o de mantener las vías ferroviarias en un estado decente vaya a saber medir nada de forma sistemática.

Quien mucho abarca, poco aprieta.

Céntrese, que ha empezado la III Guerra Mundial y a usted le pilla hablando de la ecología del odio.

Y, de nuevo, disculpe que, en mi ignorancia, la palabra "sistemática" no me dé ningún tipo de información.

Óscar Puente, María Jesús Montero y Félix Bolaños en el Congreso el pasado 12 de febrero.

Óscar Puente, María Jesús Montero y Félix Bolaños en el Congreso el pasado 12 de febrero. Europa Press

Por ejemplo, se me ocurre un supuesto: si su partido saca el peor resultado de su historia en unas elecciones municipales, ¿ha sido culpa de los discursos de odio o de los votantes, que también tienen la mala costumbre de opinar?

Para dejarnos todavía más tranquilos, Sánchez nos ha asegurado que la herramienta será transparente y rigurosa, con expertos a disposición del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia.

Menos mal.

Sin un observatorio y un comité de expertos de por medio, ¿cómo tener la seguridad absoluta de que esto es sólo otro chiringuito más?

El objetivo, dice, es saber quién es el responsable. Acabáramos. Resulta que todo esto es para lo mismo que siempre: señalar al disidente de un juego en el que las reglas son las del "puto amo".

El presidente está llevando a cabo una progresiva, pero segura, estrategia de identificación del PSOE con su persona, de la izquierda con su persona, de la estabilidad política con su persona, de la democracia con su persona.

Una fusión empresarial entre partido, Gobierno, Estado y biografía personal.

La obsesión por el consenso y la polarización es sólo una cortina de humo para poder llamar "odio" a cualquier cosa que incomode al poder.

Porque, en realidad, el truco es viejo. Si todo es odio, nada es crítica. Y si la política se convierte en un laboratorio de métricas morales diseñadas por el gobierno, el disidente ya no es un ciudadano: es un dato problemático en una tabla de Excel.

Un pequeño error estadístico que conviene corregir.

Y nadie se va a enfrentar a lo que digan los datos, claro.

Por eso conviene recordar que los gobiernos que empiezan midiendo el lenguaje suelen acabar intentando regularlo.

Primero te dicen que sólo quieren observar.

Después, que sólo quieren prevenir.

Y, finalmente, que sólo quieren protegerte de ti mismo.

Todo muy pedagógico, muy terapéutico y, sobre todo, muy orwelliano.