Una imagen del momento en el que ocurre la interrupción del monólogo y la foto de Noelia Rosario Díaz Vaca, concejala de Mujer de Collado Villalba, que acaba de dimitir.

Una imagen del momento en el que ocurre la interrupción del monólogo y la foto de Noelia Rosario Díaz Vaca, concejala de Mujer de Collado Villalba, que acaba de dimitir. Más Madrid / Ayto Collado Villalba

Columnas LOS PESARES Y LOS DÍAS

Entiendo a la concejal de Collado Villalba: el teatro feminista es un coñazo

Las producciones con perspectiva de género no proponen interrogantes sutiles, sino burdos libelos para el adoctrinamiento. Es la confusión entre el arte político y el arte mitinero.

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Las vigías de la ortodoxia pública progresista ya han emitido su veredicto sobre las causas del repliegue feminista, testimoniado, entre otros signos, por la pírrica concurrencia a las marchas moradas durante la solemnidad de precepto de este 8 de marzo.

Si, como acredita un reciente sondeo, en los últimos años se han desplomado las simpatías hacia el tinglado genérico mientras se ha disparado el rechazo, ello habrá de deberse a la intoxicación instilada por los predicadores del "Salvaje Oeste digital" —en palabras de la ministra de Igualdad—, quienes además de enaltecer la evasión fiscal corrompen a los jóvenes varones con bulos misóginos.

Me permito diferir de dicha interpretación, aunque sólo sea porque vengo de asistir a una viva ilustración de cómo los afanes de reforma cultural, y su consagración como doctrina oficial del Estado, engendran efectos adversos.

Retirado en un pueblo de la serranía de Gredos, acompañé a mi buen amigo Ilia Galán a una representación teatral de La Regenta programada en el auditorio municipal.

No ignorábamos —resabiados como estamos quienes frecuentamos las salas por la empiria acumulada de fiascos— el peligro que entraña esta clase de adaptaciones aggiornadas, presagiando que el anticlerical pero formidable texto de Clarín se prestaba particularmente a ser versionado en clave anti-patriarcal.

La obra resultó aún más atroz de lo que nos maliciábamos. Pero nos consolamos durante el abatido regreso a los predios de mi amigo poeta pensando que, al menos, el bodrio fue muy provechoso como ocasión para la observación sociológica —incluso etnográfica— del desquiciado mundo en que vivimos.

Manifestación organizada por el Movimiento Feminista de Madrid este domingo.

Manifestación organizada por el Movimiento Feminista de Madrid este domingo. Efe

Fue aquella una muestra representativa del funcionamiento de la industria cultural patria.

Que, en un villorrio castellano con geriátrica audiencia, la obra escogida para nutrir la programación teatral fuera una tragicomedia protesta sobre la subyugación de la mujer habla del ubicuo dopaje insuflado en la parrilla escénica para cumplir con la cuota femenil y la vindicación de sus cuitas.

Pero también, y sobre todo, cabía ver en esta Regenta estrogenizada un paradigma de los métodos de los que se sirve la agresiva reconversión ideológica según la doctrina niveladora.

No bastaba con mover al espectador a apiadarse del desgarrador infortunio de Ana Ozores, sepultada bajo el fardo de las habladurías que sus coterráneos le dedicaban a causa de sus veleidades literarias y su dudosa reputación de mujer liberal.

El dramaturgo no quiso que nadie saliese de allí sin la lección bien aprendida, algo que casa mal con la "salida de la minoría de edad" que animaba antaño al pensamiento emancipatorio. Así que dispuso el director que se intercalasen entre cada acto breves documetrajes proyectados sobre el telón de fondo, en que diversas mujeres relataban su malhadado destino como amas de casa y esposas.

Y, que el tribunal feminista me perdone, no me pareció que, en su mayoría, estos testimonios fueran otra cosa que meras descripciones de una vida familiar ordinaria.

Pero ese es el mecanismo con el que se ha llevado a cabo la revolución moral que hoy vive su bajamar.

La operación dramatúrgica consiste en tomar las maneras que componen el éter espiritual de una época y representarlas con distancia (y muchas veces en un espejo deformante). Y así alienar a las mujeres de prácticas que no le resultaban problemáticas hasta que se les ha hecho contemplarlas desde una mediación debidamente orientada hacia el vilipendio.

Este procedimiento no es ni mucho menos nuevo.

La escuela de sentimientos morales que es la literatura siempre ha sabido que el mejor instrumento para subvertir los cánones y costumbres es exponer unas determinadas ideas ampliamente aceptadas ("to expose" en inglés significa poner en la picota) desde un ángulo adverso que las hace aparecer falsas o aberrantes.

La diferencia es que los productos culturales de nuestra época lo hacen de una forma mucho menos astuta.

El arte de denuncia (como la propia Regenta original) elaboraba una sátira sofisticada para deconstruir las miserias e hipocresías de la sociedad de cada momento. Pero en ningún caso se daba a una vituperación histriónica, como era el caso de esta obra (y de tantas otras por las que para mi desgracia he pagado).

Lo irónico de esta clase de recursos —la obra incluía directamente arengas explícitas por los derechos de la mujer, o jaulas de atrezo como toscas metáforas de la servidumbre— es que resultan contraproducentes para sus propias pretensiones.

Porque si bien la burla airosa es muy útil para privar de solemnidad (y, por tanto, de infalibilidad) al objeto de sus críticas, cuando la crítica reviste el carácter de una soflama quejumbrosa y burda, es ella misma la que se vuelve ridícula.

La rusticidad del artefacto permite entender, por un lado, el éxito transversal que ha cosechado el discurso feminista hasta instalarse como un consenso, que es el eufemismo de un dogma marcado a fuego.

Los tribunos revolucionarios lograron sublevar a los desheredados halagando sus pasiones de agravio, y prometiéndoles que heredarían la tierra.

¿Cuánto más no lograría el activismo feminista, que encumbra a toda mujer por el hecho de serlo; que le anuncia el advenimiento de un gineceo a salvo de la profanación varonil donde, como en los ritos órficos que celebraban las romanas, los hombres son expulsados (hoy lo llaman "espacios no mixtos") de sus ceremonias sagradas (las romerías laicas del 8M), y las mujeres toman posesión de la morada (en este caso, de las calles)?

Pero la machaconería de la propaganda paritaria explica tanto su éxito pretérito como los síntomas de fatiga que ahora segrega el rebote del furor igualitario.

Tal es el pecado de las producciones con perspectiva de género que inundan las carteleras: no proponen interrogantes sutiles, sino libelos para el adoctrinamiento. En la era de la hiperpolitización, se ha perdido la capacidad de cuestionar sin discursear, confundiendo el arte político con el arte mitinero.

Por eso entiendo a la concejal de Collado Villalba que, incapaz de seguir soportando un monólogo misándrico y procaz —un panfleto que sólo tenía de humorístico el nombre—, subió este sábado al escenario para interrumpirlo.

No es que aplauda su conducta, pero puedo compartir su hartazgo ante el cambio de sermones por monsergas que padecemos.