Gabriel Rufián este jueves en el Congreso.
La izquierda necesita un chulo: por qué Rufián es la mejor opción contra Abascal
Rufián usa el sentido común y funciona. Usa también un poco la baza de los derechos humanos, y para de contar. Es Un Tío™ y cae simpático a los tíos, como Broncano.
Hay veces en la vida en las que una causa necesita un chulo.
No otro adorable profesor de filosofía con energía de jubilado desde que gateaba.
No otro joven y melenudo productito de Somosaguas, astuto lector de Marx con pendiente de coco en la oreja que escribe sobre Maquiavelo y se pudre en directo, paranoico de tanta intriga palaciega.
No otra psicóloga con más soberbia ponzoñosa que talento y practicante de un feminismo estúpido en la gestión, pero gloriosamente regañón en el trato.
No otra gallega aficionada a Desigual con tono de educadora infantil convertida en señora de Chamberí por obra y gracia de un tinte rubio y un peluquero profesional.
Un chulo.
Un chulo te resuelve la papeleta.
El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián; la periodista Sarah Santaolalla y el diputado de Más Madrid en la Asamblea, Emilio Delgado, durante un diálogo sobre el futuro de la izquierda alternativa, en la sala Galileo Galilei, este 18 de febrero de 2026, en Madrid (España).
Y Rufián es un chulo. Tiene fanfarronería y gracia. Es un orfebre del meme. Es listo, es rápido. La calle le resuena en el pabellón de la oreja como una finísima caracola marina.
Sabe de qué habla a la gente y sabe cómo habla la gente, que es igual de importante.
Es un jugador. Un personaje carismático de la canalla. Un paisano. Un colega del barrio. Un buscabocas que se hace perdonar. La izquierda añoraba camareros mientras sobraban sociólogos.
Rufián entiende que la vida es "dar" y "recibir": no en sentido dadivoso, no en sentido sexual… siempre en sentido bélico.
Es cierto que cuando uno ha descargado camiones se le queda sobre el cuerpo un rocío especial. Una fuerza, una firmeza. El aura confiable del que conoce la rudeza de la vida.
Pero también se ha sofisticado con el tiempo. Ahora viste como un hombre, no como un niño. Ya abolió sus camisetas con mensaje (de Dobby a José Couso pasando por Rato) y un tupé medio raro. Tuvo sus excesillos de juventud, como aquella boutade de volar el Valle de los Caídos.
En fin, habrá que dejar a los chavales que camelen como ellos camelan.
Es un papi de lo suyo: la réplica. ¿Es un polemista? Claro. ¿Le excita la polarización? Sí. Por eso es el Joker que necesita la extrema derecha para que haya partido. Está ungido de algún modo para dar duro en la batalla en el barro que han propuesto los de Abascal.
Es más, tiene hasta ese punto antisistema que le pone en sintonía con Vox. Bailan en esa frecuencia loca que hace posible la dignidad del adversario. Es un irreverente. Él no entiende de autoridad, pero sí de respeto. Su manera de hacer política es pasional, absolutamente incompatible con las decisiones ejecutivas. ¿Pero es que acaso Vox es ducho en eso?
Qué más da ya todo. Una vez perdido el juicio, sólo queda el show amarillo. No habrá otro Julio Anguita.
Rufián existe para contradecir el discurso derechón de que a la diestra está lo punki. Rufián demuestra que no es así. Tiene esa misma rabia del lado contrario. Tiene ese humor y esa rebeldía. Es necesario el macarrismo para no acobardarse ante la hegemonía cultural de la derecha en este país. Pero su enfado está más matizado.
Porque él es capaz de reconocer que le cae bien Pérez Reverte o que disfruta oscuramente de sus encuentros irónicos y románticos con Vito Quiles. No está tan enfadado como para haber perdido el gusto por la vida y sus cuitas. Eso le honra, eso le eleva por encima de la piara.
Me cae bien Rufián. Y no sólo a mí, sino a esos amigos míos que cada vez andan más radicalizados hacia la derecha radical. Por desencanto, por desesperación, por performance, por humor, por embrutecimiento o por aburrimiento. ¡Por cuñadismo!
Nada le gusta más a un cuñado de derechas que un buen cuñado de izquierdas (qué risa el momento "¿cuánto pesa esto?" con la botella de agua en la Galileo, joder).
🔴 Rufián: "¿Cuánto pesa esta botella? Depende de cuánto tiempo aguante. La izquierda es igual, si no nos juntamos, nos pasará como a esta botella" https://t.co/IQxAimi7Wp pic.twitter.com/NllXWOygB9
— elDiario.es (@eldiarioes) February 18, 2026
Hay mucho niño-rata, qué duda cabe. Hay mucho incel. Es la chavalada que viene escaldada del feminismo. Pero se da el fenómeno de que a esta chusmilla también le hace gracia Rufián, porque habla la lengua de internet y además no hace parodia del aliado: ni se pinta las uñas, ni habla en femenino genérico siendo hombre, ni hace exceso teatral de la causa.
Usa el sentido común y funciona. Un poco la baza de los derechos humanos, y para de contar. Es Un Tío™ y cae simpático a los tíos, un poco como Broncano.
Dice cuatro cosas que desde el progresismo echábamos de menos: que el burka es una salvajada y que hay que hablar de seguridad en los barrios.
¡Y no pasa nada! La izquierdita pura nos había vetado muchos temas. Eso se acabó.
Yo diría que hace rato que no le interesa el independentismo. ¡Pero para nada! Se subió a esa ola y ya le da como apuro bajarse. A ver si aquí hemos dejado a alguien cambiar de opinión alguna vez.
Rufián, en su fuero interno, sabe lo mismo que nosotros. Que España es extraordinaria, que es nuestra casa y que su autoironía salvaje es lo que nos salva de la mediocridad y el tedio. Rufián es un hombre de izquierdas y tiene sentido de la justicia y de la solidaridad. Ya está bien de toda esa xenofobia y de todo ese clasismo, ¿verdad?
Además, hablando de lo importante, menuda alegría le da a él Madrid, ¿sí o no?
¿En qué otro país del mundo puedes bajar una noche al bar y acabar bailando salsa con Ester Expósito?
Pues eso.