Alberto Núñez Feijóo recibe a Jorge Azcón, ganador de las elecciones en Aragón, a su llegada a la Junta Directiva Nacional del PP este lunes.

Alberto Núñez Feijóo recibe a Jorge Azcón, ganador de las elecciones en Aragón, a su llegada a la Junta Directiva Nacional del PP este lunes. Efe

Columnas EL RUGIDO DEL LEÓN

El PP no puede bloquear el giro conservador que reclama la mayoría

Los últimos movimientos electorales apuntan a que España va camino de converger con el momento político europeo: un humor antisistema que desplaza a los partidos tradicionales en beneficio de los populistas.

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Se ha consolidado como cliché en la prensa liberal la idea de que, a efectos prácticos, Vox es el mejor compañero de viaje del PSOE.

Se trataría de dos enemigos íntimos que no pueden vivir el uno sin el otro: a Pedro Sánchez le conviene el auge de Vox para su estrategia polarizadora, y a Santiago Abascal le beneficia la permanencia de Sánchez para tonificarse con la animadversión que genera.

Es evidente que, desde que Vox resolviera de unos años a esta parte dejar atrás su etapa de versión anabolizada de la derecha liberal, y desarrollarse plenamente como fuerza soberanista e identitaria, se ha marcado como horizonte reemplazar al PP.

Y en esa tesitura, es natural que se haya producido una simbiosis coyuntural entre PSOE y Vox.

Pero quien realmente parece empeñado en salir en auxilio de Sánchez es un PP abonado a la torpeza.

Para "balón de oxígeno" a Sánchez, el error no forzado de Jorge Azcón en las elecciones en Aragón. Un regalo caído del cielo que, junto con el fiasco de María Guardiola en Extremadura, le ha permitido al PSOE amortiguar su descalabro.

El presidente de Vox, Santiago Abascal, clausura el acto de fin de campaña, junto al candidato Alejandro Nolasco, a 6 de febrero de 2026, en Zaragoza, Aragón (España).

El presidente de Vox, Santiago Abascal, clausura el acto de fin de campaña, junto al candidato Alejandro Nolasco, a 6 de febrero de 2026, en Zaragoza, Aragón (España).

Por romper una lanza a favor del PP, hay que reconocer que la aritmética demoscópica lo coloca en una posición muy difícil, que no le deja ninguna opción netamente buena a la hora de lidiar con Vox.

El PP probó primero la fórmula del distanciamiento, representada por la vía Guardiola (regionalizar la campaña y acentuar el choque con Abascal). Optó luego por la opción contraria de evitar la colisión, encarnada en la vía Azcón (nacionalizar la campaña y hacer guiños a los votantes de su competidor). Ambas sin éxito.

El problema para Feijóo es que hay una tendencia histórica de fondo contra la que poco se puede hacer. Y la aparente buena salud de la que goza el PP (acreditada mes a mes por el carrusel de sondeos) no había permitido apreciar en su justa medida esa tendencia.

El sostenido declive del sanchismo ha venido acaparando los titulares, detrayendo la atención de la realidad de que el PP ha perdido votos en las dos últimas elecciones.

Y así había quedado oscurecida la fotografía que devuelve el nuevo ciclo electoral con una nitidez ya insoslayable: no estamos tanto ante el hundimiento del PSOE como ante el crepúsculo del bipartidismo.

La ignorancia de esta dinámica nos había conducido a naturalizar la idea de la excepción ibérica electoral, que se explica más bien por el secular decalaje temporal español con respecto a los fenómenos políticos continentales.

Pero de la misma forma que la rareza de un partido socialdemócrata en el gobierno de un país europeo estaba llamada a subsanarse pronto, también lo estaba la anomalía de un partido de centroderecha clásico gozando de hegemonía indisputada.

Los últimos movimientos electorales apuntan a que España va camino de converger con el momento político europeo: un humor antisistema que desplaza a los partidos tradicionales en beneficio de los populistas.

Ante este normal proceso de armonización con el signo de los tiempos, el margen de maniobra del PP es limitado.

Pero lo que de ninguna manera puede disculparse es una estrategia que proyecta debilidad gratuitamente. En ese sentido, estamos en condiciones de reputar un claro error la decisión táctica de adelantar en cascada las distintas elecciones autonómicas.

La única manera que tiene el PP de adaptarse a los nuevos términos de la competición electoral es avenirse a mudar el centro de gravedad de la política española, en consonancia con lo que están arrojando las urnas.

Que la derecha esté sumando de manera inédita en democracia más del 50% de los votos (el 60% en Extremadura) es indicador de un vuelco conservador en la mayoría social española, que en consecuencia quiere imprimirle un giro conservador a la política.

Al PP no le queda otra que atreverse a abrazar ese viraje derechista. A tenor de la disposición a pactar gobiernos con Vox verbalizada este lunes por Feijóo, parece que Génova ha asumido por fin que le toca empezar a pensar en términos de bloque.

Es cierto que, en un marco contestatario, el partido antiestablishment siempre tendrá las de ganar, porque está en condiciones de llevar más lejos el desafío al régimen vigente, y goza de mayor credibilidad para hacerlo que el partido percibido como parte del statu quo turnista.

Por eso, la manera de alinearse con el nuevo espíritu no puede ser emular torpemente a Vox en el plano discursivo, sino interiorizar algunos principios que ya forman parte del nuevo sentido común en materia de inmigración, política medioambiental y seguridad, tanto en España como en Europa.

Más allá de la élite prescriptora de profesionales liberales metropolitanos, lo cierto es que el electorado del PP no va a ver con malos ojos que su partido asuma sin perífrasis algunas de las demandas de Vox cuyo rechazo motivó la ruptura de las coaliciones autonómicas.

En el nuevo orden posliberal, la brújula estratégica del PP no puede seguir apegada a las reglas del juego del mundo de ayer. La competición electoral a la que estaba habituado, la izquierda contra la derecha, ha dejado paso a otros ejes políticos.

En cualquier caso, este reajuste puede valer para el medio plazo. Pero, sintiéndolo mucho por el PP, su espacio político está abocado a desaparecer, aunque sólo sea por una cuestión generacional.

Son comprensibles las resistencias de los educados sentimentalmente en el promisorio consenso constitucional. Pero el desmoronamiento del Régimen del 78 reanudará la crisis orgánica que eclosionó en 2012 y que se cerró en falso, únicamente gracias a que el transformismo político que imprimió Pedro Sánchez en el PSOE, al incorporar de forma homeopática los rasgos de los populistas y nacionalistas, sirvió para dormir la crisis transitoriamente.

A la larga, no importa demasiado lo que haga el PP. Pero cabe exigirle que, por lo menos, no contribuya a retardar el cambio político en una España que ha permanecido demasiado tiempo alejada de Europa.