Donald Trump, el pasado 13 de enero en el centro de producción de Ford en Dearborn.

Donald Trump, el pasado 13 de enero en el centro de producción de Ford en Dearborn. Reuters.

Columnas LOS PESARES Y LOS DÍAS

Trump es nuestro adversario, y por eso simpatizo con él

Quienes nos endosan el baldón de cipayos a cuantos miramos con simpatía a Trump ignoran que no lo hacemos por refrendar todas sus políticas aunque resulten perjudiciales para nosotros, sino por lo que representa su liderazgo.

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Con independencia del juicio moral o político que le merezca cada cual, resulta incontrovertible que Donald Trump es una figura histórica.

Por la transformación profunda que ha operado en su país. Por la nueva ordenación que ha logrado imponerle al mundo entero. Por su carisma inusitado. Por la trascendencia de su Presidencia para la época actual.

Nadie, salvo aquellos con el juicio ofuscado por la visceralidad del rechazo, podrá negar que el 47 presidente de EEUU figurará en los anales junto con la estirpe de grandes hombres que han dejado una impronta perdurable, como Carlomagno, Felipe II o Bismarck.

Su condición de estadista excepcional bastaría para admirarlo, igual que hoy reconocemos la talla de Napoleón o Alejandro Magno sin necesidad de suscribir ideológicamente su obra ni su legado.

Cierto que los entusiastas de Trump no lo somos a causa de una simple fascinación estética, sino también por una cierta afinidad doctrinal.

Reunión de los líderes europeos con Donald Trump en la Casa Blanca para despachar sobre Ucrania, el pasado agosto.

Reunión de los líderes europeos con Donald Trump en la Casa Blanca para despachar sobre Ucrania, el pasado agosto. Casa Blanca

Y dado el carácter problemático de la idea misma de una Internacional nacionalista, la izquierda ha creído encontrar un filón discursivo para rebatir el sedicente patriotismo de la derecha identitaria.

¿Cómo se conjuga este con el hecho de secundar a quien castiga con aranceles la industria doméstica y amenaza la integridad territorial de los países?

Es evidente que, por definición, el principio de la soberanía nacional aboca a los distintos partidos que lo acaudillan a colisionar tan pronto como los imperativos de aquella obligan a menoscabar la del vecino. Máxime cuando uno de estos partidos ostenta una vocación marcadamente imperial.

Lo que no entienden quienes pretenden retratar esta aparente incongruencia es que no se requiere una plena comunión de intereses entre las distintas fuerzas que componen la constelación de la nueva derecha para alinearse con el espíritu del movimiento MAGA. Ni siquiera de una exacta convergencia ideológica.

Lo relevante de Trump es su carácter de referente para quienes abanderan causas análogas en sus respectivos países.

Su influjo tutelar en la vigencia de un sistema de valores que pugna por la hegemonía.

El aliento decisivo que insufla en el movimiento soberanista global el ascenso de quien lo encarna a la Presidencia de la primera potencia global.

Los iluminados que nos endosan tan graciosamente el baldón de cipayos a quienes miramos con simpatía a Trump ignoran que no lo hacemos por respaldar el contenido material de todas sus políticas aun cuando estas resulten perjudiciales para nosotros. Y que nuestra sintonía tampoco implica refrendar sus maneras a menudo brutales, su talante intemperado y vengativo o sus afanes predatorios.

Si nos negamos a adherirnos a la corriente de repudio casi unánime, es por lo que representa su liderazgo.

Y entendemos que Trump representa la aptitud para identificar y proteger la seguridad nacional, sin doblegarse a las supuestamente indisputables constricciones de la arquitectura multilateral, o a la implicación en contiendas ajenas en virtud de no se sabe bien qué deber ético.

Representa la determinación de controlar las propias fronteras sin plegarse al chantaje emocional con que el humanitarismo enjuaga el deletéreo tráfico internacional de poblaciones alógenas.

El ejercicio férreo de la dirección pública por encima de las presuntamente inquebrantables leyes científicas de la economía y las directrices de los llamados expertos.

La doctrina de la preferencia nacional, en lugar del vasallaje profesado por la casta partitocrática a la sinarquía cosmopaleta (un patriomasoquismo, este sí, merecedor del apelativo de felonía).

La repersonalización del mando frente al gobierno por inercia de la tecnoburocracia globalista. El retorno del poder decisorio contra el mortuorio "consenso". El renacer de la voluntad cesárea sobre la molicie oligárquica del Estado administrativo.

Trump representa también un liderazgo verdaderamente entrañado en la representación popular.

La pujanza desarrollista frente a la decadencia del decrecentismo postindustrial europeo.

El freno a la agenda parricida del progresismo en su fase más desquiciada.

No es que uno desee, a la manera de un afrancesado decimonónico, rebajar a nuestra patria a la condición de Estado sufragáneo del emperador. Sencillamente, se trata de que Trump personifica una forma de dirigencia que quisiera también para mi país.

Por supuesto que Trump es nuestro adversario.

Pero eso testimonia que su principado no ha perdido la facultad de trazar la línea divisoria entre amigo y enemigo, en la que consiste la esencia de lo político. Y nada necesita más nuestra maltrecha España que recuperar el sentido de esa distinción fundamental para la supervivencia.