Tomás Serrano
Qué mala suerte, ministro
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"Creo que es importante que se transmita que realmente esto que ha sucedido tiene un componente de muy, muy, muy, muy, muy mala suerte. Es decir, desde el punto de vista probabilístico esto era muy improbable que sucediera".
Si eso fuera un consuelo, esa frase, pronunciada por el ministro Óscar Puente en su entrevista en Televisión Española el lunes, debería esculpirse con su firma en las lápidas de los 45 fallecidos en el accidente de Adamuz.
No creo, sin embargo, que a las familias les reconfortara.
Llama la atención que el Gobierno no tuviera la misma consideración para tratar la excepcionalidad de lo ocurrido en la dana.
Los estudios de los científicos calculan que un episodio de lluvia torrencial como el registrado en la provincia de Valencia el 29 de octubre de 2024 se produce en periodos superiores a 2.000 años.
Donde los meteorólogos estimaron que podrían caer ese día 200 litros por medio cuadrado se recogieron 770.
No oí a Puente que hablara entonces de "muy, muy, muy, muy, muy mala suerte".
Algo parecido podría decirse del presidente del Gobierno, que ha aludido ahora a la fatalidad para justificar el descarrilamiento de los trenes.
"Desgraciadamente, en la vida las tragedias suceden, pero no es igual cómo se responde a esas tragedias. Y este Gobierno ha respondido poniendo a las víctimas en el centro de sus prioridades, con empatía, con eficacia, con transparencia y con unidad", dijo en Huesca Pedro Sánchez el pasado domingo.
En efecto, las desgracias "suceden", pero si ocurren en una vía cuya seguridad es incumbencia de las autoridades públicas, a las desgracias se les ponen nombres y apellidos: los de sus responsables.
Por lo demás, es un sarcasmo que quien tiene el copyright del "Si quieren ayuda, que la pidan", hable de "empatía".
La estadística, en cualquier caso, no exonera a nadie. Que algo sea poco frecuente no implica que sea imprevisible, ni que las instituciones puedan actuar como si jamás fuera a ocurrir.
Por eso existen protocolos, inversiones, auditorías y planes de contingencia.
Apelar a la mala suerte desplaza el foco desde los fallos del sistema hacia el infortunio. Es una coartada demasiado cómoda. La política debería mostrar menos resignación y más rendición de cuentas.
Tal vez Óscar Puente tenga razón y lo de Adamuz sea, desde el punto de vista probabilístico, algo excepcional, de mala suerte, "tremendamente extraño". Tanto, como que él siga siendo ministro.