El presidente Donald Trump hace un gesto a la multitud tras pronunciar un discurso el pasado 7 de enero en el Centro Donald J. Trump-John F. Kennedy. White House
Trump ha demostrado que no entiende la política internacional
El país que un día fue el arquitecto y garante del orden internacional está hoy dirigido por personas que lo desprecian y que entienden muy poco de cómo funciona realmente el poder en las relaciones internacionales.
Es un momento perfecto para impartir un curso titulado "Historia de las Relaciones Internacionales desde 1945".
El primer día de clase, mientras hablábamos del orden internacional basado en normas que se creó tras la Segunda Guerra Mundial, un estudiante lanzó la gran pregunta: si esas reglas no son realmente aplicables, ¿para qué sirven?
A Estados Unidos siempre le han resultado útiles para mantener a otros países alineados, pero rara vez ha considerado que se apliquen a sí mismo.
Cuando el ejército estadounidense capturó unilateralmente a Nicolás Maduro, las muestras de escándalo de los líderes europeos ante la violación del derecho internacional sonaron débiles y, sobre todo, teatrales. Como si no supieran decir otra cosa más allá del guion habitual.
El país que un día fue el arquitecto y garante del orden internacional está hoy dirigido por personas que lo desprecian y que entienden muy poco de cómo funciona realmente el poder en las relaciones internacionales.
Ahí está Stephen Miller, el consejero más cercano y veterano de Trump, conocido como "el cerebro de Trump", no sólo porque tiene su oído, sino porque convierte sus ideas en políticas concretas. En una entrevista con Jake Tapper de CNN, el 5 de enero, Miller resumió así su visión del mundo:
"Podemos hablar todo lo que queramos de los buenos modales internacionales, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, gobernado por la fuerza, por el poder. Esas son las leyes de hierro del mundo, vigentes desde el principio de los tiempos."
Donald Trump y JD Vance durante su encontronazo con Zelenski en el Despacho Oval en febrero de 2025. Reuters
Este tipo de visión simplista y exagerada del realismo es precisamente lo que da tan mala fama a la teoría.
Sospecho a veces que mis estudiantes se inclinan por el realismo porque es fácil de entender: un sistema internacional definido por la anarquía, en el que los Estados deben ejercer poder para sobrevivir.
Es apenas un paso desde la idea del "más fuerte sobrevive" que todos tenemos interiorizada. El mundo es peligroso, así que o comes o te comen.
Pero esa lógica pasa por alto una lección esencial: los organismos más dominantes del planeta son las plantas, que representan cerca del 82 % de la biomasa mundial, y su éxito se debe, en gran medida, a la cooperación, a menudo con insectos, animales e incluso con nosotros.
Como en la naturaleza, en las relaciones internacionales el poder suele emanar más de la cooperación que de la dominación. Hannah Arendt entendió bien esta diferencia: la fuerza puede imponer, pero el poder verdadero es la capacidad de actuar conjuntamente.
Las redes de instituciones multilaterales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial son, sin duda, imperfectas. Pero nacieron del trauma de dos guerras devastadoras, que dejaron tal destrucción y pérdida de vidas que cooperar e interrelacionarse fue la única respuesta razonable.
Que haya más democracias interconectadas por el comercio no garantiza la paz mundial —de hecho, la Guerra Fría se gestó en paralelo a esa construcción institucional—. Ha habido conflictos y momentos en los que el mundo parecía a punto de desmoronarse.
Sin embargo, en conjunto, este sistema ha sido notablemente eficaz en evitar guerras entre grandes potencias y en impulsar el crecimiento económico.
En CNN preguntan a Stephen Miller, consejero cercano de Trump, y hoy encargado del tema Venezuela, porqué descartó a Machado y si habrán elecciones. Se molesta, no responde y se pone a gritar...
— Vagabundo ilustrado (@vagoilustrado) January 8, 2026
*(Miller se hizo conocido por su frase: "la tortura es una celebración de la vida”): pic.twitter.com/nFZGrFb2rg
Hemos aprendido que cooperar es difícil, sí, pero también rentable: los países con buena reputación internacional atraen más comercio, inversión y turismo.
Así que no, la fuerza y el poder no han sido "leyes de hierro" que rijan el mundo desde el principio de los tiempos.
La cooperación se vuelve especialmente complicada cuando el autodenominado "líder del mundo libre" no cree en ella.
Hace poco, cuatro periodistas del New York Times pasaron varias horas conversando con Trump en el Despacho Oval. Cuando le preguntaron si existían límites a su poder en el ámbito global, respondió: "Sí, uno. Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme".
En esa misma entrevista agregó: "No necesito el derecho internacional".
En marzo pasado le dijo a unos reporteros de The Atlantic: "Yo dirijo el país y el mundo".
Conviene recordar que Trump llegó a la Casa Blanca en enero de 2017 sin experiencia alguna en gestión pública. Y aun después de cinco años, sigue sin comprender —ni apreciar— cómo funciona el gobierno de Estados Unidos ni el proceso legislativo.
Carece de paciencia para el lento procedimiento que implica aprobar una ley en ambas cámaras del Congreso, diseñado precisamente para fomentar la deliberación y la cooperación entre partidos.
La democracia le resulta frustrante a quien está acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido. Su manera de gobernar —a golpe de decreto y de romper reglas o leyes— resulta muy atractiva para quienes creen que la única cura para la parálisis institucional es demolerlo todo.
Además, su estilo de gobernar "acuerdo por acuerdo" es fácilmente digerible para unos medios que a menudo luchan por explicar procesos legislativos largos y aburridos. Da la sensación de que se hace mucho, aunque en realidad ocurra lo contrario.
Algo positivo puede surgir de derrumbar estructuras: las instituciones, una vez en marcha, son difíciles de reformar, y quizá ahora se presente la oportunidad de reconstruirlas con mayor perspectiva.
Y sería impensable no hacerlo, dadas las amenazas existenciales que enfrentamos a escala global. El cambio climático, las migraciones, el narcotráfico, la trata de personas y el terrorismo no pueden resolverse de forma improvisada ni país por país. La cooperación no es una opción: es una necesidad.