Julio Iglesias en una foto de archivo.
Julio Iglesias ha sido una fantasía sexual... para los hombres heteros
Hay muchos hombres que parecen escritos por Houellebecq, aunque se sientan Sorrentino. Su súperheroe es Julio Iglesias porque representa la voracidad infinita hacia las mujeres. Estos frikis creían que Julio sabía convertir cualquier "no" en un "sí".
La femme fatale no existe.
Es un arquetipo literario que excita a los hombres porque encarna su deseo descontrolado hacia las mujeres.
Entonces se inventan a la mujer-vampiro, a la mujer demoníaca que puede doblegarlos, que puede jugar con ellos y que destila un aura sexual de una potencia apabullante, superior incluso a la de los varones...
Ella sabrá dosificar convenientemente esa fuerza prometedora (la de un sexo feroz que castiga y mata) para conseguir objetivos.
O sea, la femme fatale te pisa el testiculario y a ti te gusta. Sabes que te viene bien. Que has sido un mal chico. El dolor sólo es una cara más tiznada del placer.
Pero más allá de las fantasías (que aquí abrazamos, qué duda cabe, porque somos seres narrativos), tenemos que tener claro que esa mujer no existe, porque nadie es completamente bueno ni completamente malo.
Tampoco existe el donjuán, es decir, el galán irresistible. No hay ningún hombre en el mundo que tenga acceso erótico a todas las mujeres del planeta.
No hay ningún hombre sexualmente infalible.
Siempre hay una mujer que no va a querer acostarse contigo, aunque pujes fuerte en el mercado de la carne. Aunque creas ufanamente que eres mejor que ella.
Es simple: no te desea. No te desea a pesar de tu belleza, o de tu labia, o de tu inteligencia, o de tu dinero. No te desea porque ama a otro, o a otra.
Entender esto es un chasco para algunos hombres, en fin, un poco núbiles, aniñatados, onanistas de mano izquierda. Parecen escritos por Houellebecq, aunque ellos se sientan Sorrentino.
Por eso invocaban a Julio Iglesias. Porque Julio Iglesias era su superhéroe. Una figura paródica y a todas luces irreal que condensaba su voracidad infinita hacia las mujeres.
Julio ha representado esa bulimia, esa sed de coño que a estos tipos les resultaba tan simpática. Julio representaba el entusiasmo, la erección inagotable que las aguardaba en fila.
Él podría ensartarlas a todas como una auténtica gilda. Él tenía el don, qué sé yo, el toque. La gracia. Ellas, aunque no fuesen con esa predisposición, empezarían por reírse un poco de sus cosas y luego caerían en sus brazos, encantadas, ¡encantadas!
Julio Iglesias, creían ellos, era ese hombre que sabía convertir cualquier "no" en un "sí".
Nuestros chicos se han entregado a la ficción de que existía un campeón que les vengaba a todos: un titán que llevaba al huerto a todas esas preciosidades inalcanzables para ellos, a todas esas zorras lejanas (¡tan hermosas, tan gélidas!) a las que nunca pudieron olerles el cabello.
Aún piensan en ellas. Piensan en ellas cada día.
En las chicas pecosas y dulces con pechos duros como misiles que contemplaron largo rato en sus revistas de adolescente triste.
En las chulas que pasaron de largo.
En las que besaron una vez sin saber que sería la última.
En las que nunca pudieron besar, pero durante un instante (¡bobos!), pensaron que sí, y la vida casi les rozó antes de golpearles.
En las que les abandonaron.
En las que les convocaron a un ejercicio de insuficiencia.
Las desean y las odian. El deseo masculino a veces funciona así, colinda en la misoginia.
Julio Iglesias se acostaría con todas, jugaría con todas y las acabaría abandonando a todas. Qué hermoso, ellas nunca se enfadarían. Pensarían en él como en un gamberro adorable.
Sabían que Julio era Julio. Julio siempre ha sido perdonado por todos, por todas. Julio ha sido el niño mimado del mundo.
Julio-justiciero. Julio: no tan bello, no tan listo, ni falta que hizo. Ni modelo ni futbolista, pero casi modelo y casi futbolista. En esencia, algo mejor. Sólo disfrutón. Sólo elegante. Sólo hedonista. Sólo prometedor de veranos largos. Julio, romántico únicamente en lo teórico. Julio como símbolo.
Su séquito de varones hetero (un séquito que puebla el ancho mundo) nunca ha querido asumir que Julio Iglesias es meramente un hombre, no la llave que abría todas las puertas del sexo femenino.
Ahora está claro. Julio Iglesias es la fantasía sexual de los varones, no de las mujeres.
La Audiencia Nacional tendrá la última palabra, pero, mientras tanto, para mí, las acusaciones que ha publicado Eldiario.es tienen todo el crédito. De entrada, porque la Fiscalía considera que las denuncias son verosímiles y que presentan datos creíbles.
Porque enfrentarse con Julio Iglesias no es enfrentarse con Carlos Vermut.
Porque Julio Iglesias te saca a su equipo de abogados y a ti se te cae el peluquín.
Porque su poder es omnímodo y su prestigio parte de una devoción tarada, fuera de toda lógica (ahí el comentario de esa exaltada fan llamada Isabel Díaz Ayuso, de una indecencia para la Historia).
Porque la investigación ha durado tres años. Porque confío en el trabajo de mis compañeros periodistas, lo agradezco y les aplaudo.
Porque me aterra pensar en ese hombre que lo tuvo todo y que hoy se avergüenza, iracundamente coqueto y enfermo de ego, de su edad y de su cuerpo.
Ese hombre que se esconde como un monstruo desde hace años en todos esos castillos salvajes suyos que van a romper al mar... y se envilece humillando a mujeres pobres y débiles sintiéndose el deshonroso rey ("por encima del presidente") de un país de un machismo alarmante.
Cuanto más impotente genitalmente, más tiránico. El vigor se transforma. Ese reverso tenebroso y cruel del tipo jovial que otrora parecía o creímos conocer. El retrato de Dorian Gray a la dominicana.
¿Por qué más razones le doy crédito a las acusaciones?
Porque soy feminista.
Porque tengo ojos en la cara y porque con ellos he vuelto a ver ese vídeo repugnante en el que acosa y besa sin su consentimiento a una presentadora llamada Susana Giménez, en 2005. Horroroso. Una exhibición grotesca.
También he revisitado el documento incómodo en el que toquetea a una reportera llamada Jimena. Esto llevaba años publicado.
Somos culpables: no lo vimos porque no quisimos verlo. Nos caía tan bien, ¿verdad?
Escuchábamos sus canciones en el coche de nuestro padre. Siempre hemos elegido hacer la vista gorda. Es de ley no escurrir este bulto por más tiempo.
¿Julio Iglesias era un seductor? ¿Lo que vemos en estos vídeos es seducción? No.
En el fondo de nosotros, en el corazón caliente de nuestra inteligencia y de nuestra dignidad, sabemos que la seducción es otra cosa, que siempre fue otra cosa.
Seducir proviene del latín seducere, y significa "desviar, conducir hacia uno mismo".
La seducción, para quien aún ande perdido, va de conseguir que sea el otro quien se acabe acercando a ti.
Consiste en generar un campo magnético para que la criatura que tú anhelas se mueva hacia ti, irremediablemente hacia tu vida y hacia tu beso, sin que tú te desplaces del sitio.
La seducción es mágica porque arrastra al otro sin tocarle. Es un arte, es una sutileza, es un subtexto.
La seducción es caprichosa, tiene ese pundonor del "si tengo que pedirlo, ya no lo quiero".
La seducción no insiste, no suplica, no verbaliza su objetivo, no es literal.
La seducción sabe que si se ponen las cartas bocarriba, se acaba el juego.
La seducción es hipnosis.
Y todo lo que no sea seducción es cutrez. O pesadez. O invasión. O abuso. O agresión. La escala crece.
Nada de eso tiene que ver con el sexo, sino con el poder.
Quizás sea el momento de que abandonemos nuestras mitologías cañís más rancias y peligrosas y empecemos a llamar a las cosas por su nombre.