La cúpula de la dictadura socialista venezolana.

La cúpula de la dictadura socialista venezolana. Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

¿Por quién doblan realmente las campanas en Venezuela?

El Derecho internacional no ha muerto en Caracas, sino en Sarajevo, Kigali, Alepo y, hoy, en Mariúpol, Pokrovsk y Jartum.

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Nicolás Maduro no era un presidente electo, sino derrotado. No era legítimo, sino que había robado la victoria a sus opositores que, según todos los recuentos, se habían impuesto por una mayoría aplastante.

Ni siquiera era, a decir verdad, un jefe de Estado, sino un narcotraficante a gran escala, que inundaba el mundo de cocaína y reciclaba el dinero de ese veneno para financiar a las fuerzas terroristas más oscuras.

Su imputación a este respecto no es, por lo demás, un capricho reciente de Donald Trump, sino que emana de un tribunal federal de Nueva York en 2020. Fue mantenida bajo Joe Biden y luego agravada por el propio Biden que, en una de sus decisiones finales, el 10 de enero de 2025, elevó la recompensa por su captura, como en el caso de Bin Laden, a veinticinco millones de dólares.

Todo esto para decir que su caída no es, en sí misma, un escándalo, sino una buena noticia.

Y quien firma estas líneas ha reaccionado como lo ha hecho siempre, en todas partes, cuando un pueblo se ha liberado de sus tiranos: salvando la reserva de las imágenes de humillación por principio inaceptables, ha compartido el júbilo de los venezolanos reducidos a la miseria, arrojados a los caminos del exilio, torturados y que recuerdan a sus seres queridos asesinados por centenares cuando se atrevían a manifestarse (por miles, si se cuentan las ejecuciones extrajudiciales).

Sólo se han escandalizado instintivamente Rusia, Irán o Hamás, así como sus idiotas útiles: en París, La Francia Insumisa y, en Nueva York, la nueva alcaldía del señor Mamdani.

Zohran Mamdani junto a su mujer en la toma de investidura para la alcaldía.

Zohran Mamdani junto a su mujer en la toma de investidura para la alcaldía.

Quedan, a partir de ahí, inmensas preguntas. Y, para empezar, esta, que se oye por todas partes pero que parece demasiado cómoda, demasiado tardía y perezosa: ¿no habrá "dado alas" Trump, al secuestrar a un narcotraficante, a Xi Jinping y Vladímir Putin, esos imperialistas en ofensiva?

¡Como si esos hombres necesitaran alas!

¡Como si hubieran esperado a Caracas para tomar, o intentar tomar, Hong Kong, Crimea, el Donbás y luego toda Ucrania!

¡Y como si el presidente Zelenski no hubiera sido ya víctima, como mínimo, de una docena de intentos de secuestro y asesinato debidamente documentados!

¡Y como si la historia reciente no fuera, desde hace más de treinta años, una larga letanía de violaciones, anexiones y masacres que ningún Derecho internacional ha impedido jamás, y que han visto, cada vez, a las grandes instituciones guardianas de ese derecho retroceder, capitular y deshonrarse!

El Derecho internacional no ha muerto en Caracas, sino en Sarajevo, Kigali, Alepo y, hoy, en Mariúpol, Pokrovsk y Jartum.

En cuanto a Taiwán, por supuesto que la cuenta atrás está en marcha. Pero no es la captura de Nicolás Maduro lo que ha envalentonado a los depredadores. Es la debilidad política y moral de Occidente la que, hasta ahora, les ha dejado el campo libre.

Es la ilusión de que el Derecho basta cuando ya no está garantizado por la fuerza.

Y sería, hoy, un "pacto" en virtud del cual un Trump, ebrio de hybris y de cinismo, dijera: "Vale, de acuerdo con Taiwán, pero a cambio, por ejemplo, de X billones de derechos de aduana favorables".

Las verdaderas preguntas están en otra parte.

¿Qué van a hacer ahora los Estados Unidos?

¿Liberar a Venezuela, masivamente volcada a la democracia? ¿O entregarla, como se ha anunciado en declaraciones nebulosas pero vergonzosas, a las compañías petroleras estadounidenses?

¿Devolver el poder a los venezolanos que, a diferencia de los iraquíes de 2003, tienen representantes respetables y, se repite, impecablemente elegidos, que se llaman Edmundo González y María Corina Machado?

¿O instalar un gobierno títere, eventualmente salido del antiguo régimen terrorista, como también se ha expresado la intención?

Y luego, last but not least, si hay alguien a quien la operación militarmente exitosa del sábado podría darle alas, sería al aislacionista Trump, atrapado de nuevo por un demonio jacksoniano.

Pero ¿cuál sería entonces su próximo objetivo?

¿Irán, donde una sociedad civil insurrecta espera desesperadamente apoyo?

¿Putin, cuyo pacto de hierro, que parece unirlos, denunciaría?

¿O, al albur de una lógica transaccional errática en la que la fuerza dejaría de servir a la libertad para sustituirla, una nación amiga: Dinamarca, de la que codicia Groenlandia; Canadá, del que dijo, al día siguiente de su investidura, que tenía vocación de convertirse en el quincuagésimo primer Estado estadounidense; o tal gran país de América Latina en el que parece ver, de ahora en adelante, un vasto patio trasero imperial?

Estas preguntas son, esas sí, vertiginosas. Porque de ellas depende, en el fondo, la cuestión existencial por excelencia: la relación de fuerzas mundial entre autoritarismo y libertad.

En un caso, el campo de las democracias saldrá reforzado, rearmado moralmente, reconciliado con la idea de que la fuerza puede, a veces, ponerse al servicio del derecho y no oponérsele.

En el otro, el espíritu republicano quedará dramáticamente desacreditado y se podrá temer que el campo de las dictaduras, habiendo perdido una batalla, se aplique a ganar la guerra.

Eso es lo que Europa y lo que queda de la América fiel a la doble herencia de los presidentes Wilson y Reagan deben impedir. Cueste lo que cueste. Porque ya no se trataría entonces de un simple desacuerdo transatlántico, sino de un nuevo cisma de Occidente.

La batalla comienza. No será ni corta ni sencilla. Pero es vital.