Un soldado estadounidense, Aaron Bushnell, que se prendió fuego como muestra de solidaridad con Palestina.

Un electorado estadounidense que cuestiona, con muestra crecientes de violencia, el apoyo de Joe Biden a Israel.

El Brasil de Lula da Silva, la Sudáfrica de Nelson Mandela, gritando acusaciones de crímenes contra la humanidad, apartheid y genocidio.

Y ahora la atroz imagen del convoy humanitario en la ciudad de Gaza, con sus decenas de muertos, algunos de ellos aplastados bajo una multitud hambrienta, otros atropellados por las ruedas de los camiones y otros asesinados por unos soldados de escolta israelitas entregados al pánico.

"¡Basta ya!", bramó la mayoría globalizada.

"¡Basta ya!", exclamaron al unísono las cancillerías, casi sin excepción.

Y esto trajo consigo un sindiós, un maremágnum, un clamor planetario, un grito de indignación: el viento del odio atravesó Israel, así como otros lugares, desde San Diego a Zúrich pasando por París, hasta alcanzar las comunidades judías de todo el mundo.

Inbal Zach, familiar de un rehén de Hamás, sostiene un cartel pidiendo que vuelvan todos a casa.

Inbal Zach, familiar de un rehén de Hamás, sostiene un cartel pidiendo que vuelvan todos a casa. Toby Melville Reuters

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A todas estas personas, qué poco les importa que fuera el propio Tsahal quien llevó a cabo, tras la tragedia del convoy humanitario, la investigación cuyas conclusiones (¡por insólito que resulte, viniendo de un ejército "genocida"!) fueron que los israelitas tenían parte de culpa en el suceso.

Como tampoco parecen darle importancia a que una quinta parte de la población de ese país al que reprochan aplicar el apartheid esté formada por árabes, musulmanes y palestinos (por no hablar de las minorías cristiana, drusa y beduina), cuyos derechos son los mismos que los de sus conciudadanos judíos.

Pero aún hay algo peor: el alucinante intercambio de roles que ha desembocado en las acusaciones de genocidio por parte de los mismos que exigen el reconocimiento de una Palestina cuya tierra abarcaría desde el mar hasta el Jordán. Por decirlo de otro modo (si es que las palabras aún significan algo), un país que sería el resultado de una limpieza étnica, encargada de purgar la región de toda presencia judía.

En esas andamos ahora.

Estos palestinos imaginarios apenas pestañean cuando China aniquila a sus uigures, Irán a sus kurdos o Putin a los chechenos o a los ucranianos.

No parecen encontrar nada reprochable cada vez que la neootomana Turquía reanuda su interminable guerra contra el pueblo armenio.

Y, del mismo modo, los universitarios poco se movilizan cuando es un Estado árabe (como, por ejemplo, Siria) el que está masacrando no a millares, sino a cientos de miles de civiles.

El problema es Israel.

Todo gira en torno a este país diminuto, al que la comunidad internacional, ebria de la sangre judía derramada durante 2.000 años, reconoció por fin como la tierra de los supervivientes de la Shoah.

Es un país pequeño, frágil y amenazado. Y, pese a ello, ante el atentado terrorista más sádico de todos los tiempos, está respondiendo como habría respondido cualquier democracia en su lugar y como, de hecho, hizo Estados Unidos el día en que invadió Afganistán tras el 11 de septiembre, o como hizo Francia cuando bombardeó Mosul a modo de represalia por el atentado de la sala Bataclan.

Por desgracia, en lugar de apoyar a Israel en su defensa legítima, lo acusamos de envenenar pozos y de matar de hambre a la población civil. Afirmaciones como esta superan el estatus de la mera opinión y se convierten en demonización. Son el mejor ejemplo de ausencia de pensamiento que unifica a nuestra humanidad 2.0. Es la concatenación de sus peores discursos y reflejos, esos que dan por sentado que Israel es "indefendible" y que de ello depende la propia supervivencia del pueblo judío.

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Ante esta acusación infinitamente triste, ante esta efusión de odio político y digital sin precedentes, ante estas multitudes amnésicas cuyo comportamiento indica a todas luces que el pogromo vivido el día 7 de octubre de 2023 se ha convertido, a sus ojos, en un mero matiz histórico, ¿qué cabe esperar?

Que el Tsahal, por supuesto, siga haciendo todo lo que esté en su mano para limitar las muertes de civiles frente a un enemigo que cerca a su población y la utiliza como escudo humano.

Y que el país, una vez terminada la guerra, persevere en su determinación, atestiguada por todas las encuestas, de tumbar a Benjamin Netanyahu.

Pero, mientras tanto, para aquellos que no somos israelitas, sino franceses, no existen treinta y seis soluciones posibles, sino sólo dos.

La primera. Persistir en la idea, como se empeña en hacer el señor Homais por las encaladas calles de todo el mundo, que proclama: "¡Deponed las armas!, ¡cesad el fuego!". Pero esto tendría el efecto inevitable de otorgar la victoria a Hamás. De prolongar su dominio sobre una población a la que ha convertido en conejillos de indias en su carrera hacia la muerte. Y de ver crecer su aura, y volver a crecer, incluso más allá de Gaza, con el sinfín de consecuencias cataclísmicas que esto podría depararnos.

O, en vez de ello, podemos esperar que la comunidad internacional y, en especial, los países que patrocinan a Hamás exijan al agresor dos cosas muy sencillas, que pondrían fin de inmediato a esta guerra atroz y al sufrimiento que está ocasionando: que libere no sólo a un puñado, sino a todos los rehenes israelíes que siguen vivos; y que deponga las armas y reconozca, de un modo u otro, su derrota.

Pero ¿quién tendrá el valor de exigir algo así?

¿Quién se preocupará lo suficiente por el destino de los israelíes y los gazatíes como para reclamar a Hamás que ponga fin a su monstruoso chantaje (en lugar de pedir al agredido que se someta)?

Lo único que tenemos que hacer es cambiar nuestro programa. En lugar de proclamar "Palestina vencerá", pidamos "haced las paces".

*** Traducido del francés por Daniel Esteban Sanzol.