No me da pena tu tiro en la nuca pepero / Me da pena el que muere en una patera / No me da pena tu tiro en la nuca socialisto / Me da pena el que muere en un andamio.

Lo peor de estos ripios de Pablo Hasél no es que sean ofensivos, sino que son la cumbre de su obra poética. Y lo peor de Google es que favorece la autolesión mental, especialmente en quienes somos propensos a procrastinar.

El último trauma me lo provocó una visita a la página cancioneros.com, donde acudí buscando letras de Hasél. Rehuyendo los temas políticos pinché en Compañera soledad, y apareció esto: “Si alguna vez vi a la soledad sintiéndose sola sin mí / Fue el día que te conocí (…) La amistad llena pero duermes con esta / Como cuando lo hacía agarrado a tu teta”.

Es conveniente que estos versos no lleguen al juzgado, porque Hasél podría ser procesado de nuevo por incitación al odio (contra él, naturalmente). El caso es que el Estado va a encarcelar a este hombrecillo cuando lo que debería hacer es escolarizarlo y proporcionarle una terapia para que aprenda a controlar su ira.

Un programa similar sería aconsejable para los cientos de jóvenes que sufren de una enfermedad mental que podríamos llamar ideorexia nerviosa, cuyo síntoma principal es la percepción distorsionada de la propia ideología y del lugar que esta ocupa en la hegemonía política.

El problema no es que se crean antifascistas, sino que crean que son otra cosa que el brazo incendiario de una parte del sistema. Son el resultado nefasto de un narcisismo colectivo que ha conocido el queroseno.

Mi postura frente al activismo es clara. Si es cool, no es necesario.

Joven antifascista: si tus causas políticas te hacen más popular, te abren puertas o te aportan distinción en tu ambiente, es que eres prescindible. Tus causas ya han ganado y sólo estás buscando aprovecharte de ellas. Toma nota: si tus ideas políticas son las que se llevan, estás más cerca de ser un cobarde que un valiente. Y si te crees valiente, ojo, puede ser ideorexia.

Entiendo que para una parte de la juventud es difícil asumir que no hay un poder en la sombra ni un franquismo subyacente. Pero es así. Ni vivimos en una dictadura, ni hay conspiración. La vida es así de aburrida y cutre. También es más compleja.

Claro que es gratificante sentirse parte de un comité de autodefensa popular. Claro que es tentador creerse continuador de una tradición emancipadora y justificar la violencia aludiendo a las huelgas incendiarias por los derechos civiles y laborales que marcaron el siglo XX. Pero no es el caso.

Tirar piedras contra el escaparate del 100 Montaditos no es precisamente un acto revolucionario. En los años 20, el problema no eran los antidisturbios, sino los pistoleros de la patronal. La amenaza no era la Ley mordaza, sino la Ley de fugas.

Pero tranquilos: ya murieron otros para que vosotros podáis seguir jugando.