Agnes Heller, la gran pensadora húngara, considera que el mundo es un lugar peligroso. Por supuesto, cómo no iba a pensar así quien tuvo que sufrir, y pudo superar, el Holocausto. Alguien que perdió a su padre en Auschwitz, y quien se convirtiera en disidente feroz de la Hungría invadida por la Unión Soviética. Una víctima más de una de las grandes tragedias del siglo XX provocadas por los hombres. 

Hubo muchas más; todas, claro, perpetradas por la intolerable y continuada imbecilidad de los humanos. Como el genocidio armenio de 1915, como el que provocaron los Jemeres Rojos en Camboya en los 70 o el que sufrieron los tutsis en 1994; como las guerras mundiales; como el desastre de Corea, a principios de los 50; o el de Vietnam, poco después; o el de los Balcanes, con la matanza salvaje de Srebrenica en 1995 como máximo exponente de las alturas que puede alcanzar la perversidad de las multitudes en cualquier lugar de este planeta azul.

¿Qué lleva a los humanos a matar humanos? A menudo, a personas que no suponen la menor amenaza; a civiles desarmados que son panaderos o electricistas o carpinteros. Que tienen una familia. Que amaron, poco antes. Que albergaron unas ilusiones, y atesoraron alguna maldita esperanza.

En su extraordinario El cerebro (Anagrama, 2017), David Eagleman intenta averiguar qué tenemos precisamente ahí, en la máquina que nos rige, que nos invita a convertirnos en genocidas; que nos hace que asesinemos a la familia que vive enfrente, tras lustros de vida templada saludándolos al pasar. Y llega a la conclusión de que es la deshumanización lo que permite el genocidio. Y a ésta se llega por el camino de la propaganda: la manipulación de nuestras mentes con determinados programas políticos. Los nazis vieron seres inferiores en los judíos, igual que los serbios de la ex Yugoslavia cuando veían musulmanes, como expone el neurocientífico y escritor norteamericano de Stanford.

La educación es un pilar fundamental para evitar que surja otro Hitler; o más importante, para prevenir que haya millones de ciudadanos que, de repente, apoyen a otro líder equivocado, racista y ambicioso.

Hoy, en Madrid, se puede uno ilustrar doblemente al respecto. Por un lado, con la exposición sobre el campo de exterminio alemán más funestamente conocido, el de Auschwitz, bajo el acertado e inquietante lema de “No hace mucho. No muy lejos”. También, recorriendo la muestra que ha preparado National Geographic con imágenes de Manu Bravo, Pulitzer de 2013, en La Neomudejar de la capital. Las de “Un día cualquiera” son fotografías sobre Iraq o Siria, pero sobre todo son imágenes que alertan sobre la estupidez y el sufrimiento humanos. Sobre la tragedia que, como recuerda el periodista Emmanuel Carrère que escuchó alguna vez, no es la lucha entre el bien y el mal, sino entre dos bienes. O, por la misma razón, tan frecuentemente, entre dos males. Al final, claro, todos ciegos.

Dice José Luis Cordeiro, el gurú del MIT y de la Singularity University, que en menos de 30 años los humanos seremos “superlongevos y superinteligentes”. También afirma que la muerte será opcional a partir de 2045. Cuesta imaginar un mundo en el que los genocidas no mueran nunca, uno en el que tengan varias vidas para truncar las de los demás. 

Heller, que también investigó el poder de la tecnología y su impacto en la sociedad, probablemente odiaría que el ingeniero venezolano, también experto en tecnología, tuviera razón. Qué mundo tan peligroso sería este, repleto de humanos inmortales.