La infanta y yo somos inocentes, le hubiera gustado decir la noche del lunes en Tele 5 al presidente del Gobierno. Y nos tienen que pedir perdón, estuvo en un tris de gritar a los cuatro vientos que, como ya vaticinó, a Cristina de Borbón le fue muy bien en el caso Nóos y que, de paso, él es de una honestidad insobornable.

Mariano Rajoy se rasgó las vestiduras en prime time y dio el pistoletazo de salida a la inminente campaña, todavía invisible pero ya verán que imparable, tendente a rescatar el honor perdido de la princesa, como si de una nueva Katharina Blum se tratara, y a devolverle cuanto antes el estatus que por derecho le corresponde. Y no me resisto a pensar que quien parlotea del honor ajeno es más que probable que realmente esté pensando en lo maltrecho que anda el suyo.

No caeré en la tentación de criticar la sentencia que se conoció el pasado viernes porque especialistas mucho más solventes que un servidor ya lo han hecho en este periódico: el maestro   Javier Gómez de Liaño, sin ir más lejos. Pero sí creo que, al menos tal como yo lo veo, el hecho de que no hayan declarado culpable a la infanta de España no significa que sea inocente. Es muy probable –incluso seguro, porque no voy a dudar del buen hacer y la honestidad de las tres magistradas de la Audiencia balear– que desde el punto de vista penal, Cristina de Borbón no sea lo culpable que ha resultado ser su marido. Ahora bien, sí que lo es, y de esto no me apea nadie, desde un punto de vista ético y hasta estético, aunque ni lo uno ni lo otro conlleven condena penal alguna.

Me explicó muy bien mi compañera Carlota Guindal que el hecho de que la esposa del delincuente Urdangarin supiera o intuyera que su marido era un listo o un golfo, a gusto del consumidor, no implica su culpabilidad penal, que para ello debería haber tenido una participación activa y directa en los tejemanejes que la investigación del caso nunca pudo demostrar. (Si es que realmente hubo tal investigación sobre la actuación de su persona, especialmente después de visto el papel de alfombras reales que han mantenido durante todo el proceso tanto la Fiscalía como el Ministerio de Hacienda, por citar sólo dos ejemplos). Pero la pobre princesa no es ni de lejos lo corta y escueta que quiso aparentar mientras balbuceaba cándidamente ante el tribunal que la juzgaba aquello de no sé, no me acuerdo de nada, no sé de qué me habla, eso es cosa de mi marido, yo no sabía, yo no sé, yo no sabré, mi marido no me dijo nada, no sé, no sé, no, no, no…

Repito que Cristina de Borbón no será culpable pero de inocente no tiene un pelo. Cuando en compañía de su marido, por ejemplo, compró un palacete de seis millones de euros en la mejor zona de Barcelona debía saber sin género de dudas que la hipoteca no iba a poder pagarse tan solo con su sueldo de la Caixa, que el resto de dinero de la misma debería salir de algún lado y no precisamente del cielo. (A lo mejor la pasta estaba escondida bajo la alfombra del garaje de Ana Mato, junto al Jaguar y el Range Rover que nunca llegó a ver la exministra. ¡Qué pobres!). Ahí estriba la falsa inocencia y la culpabilidad ética y estética de la hija de Juan Carlos. No meter directamente la mano en la caja no le ha impedido pagar con ello su nivel de vida. Al señor Rajoy habría que pedirle que no utilice sus televisiones de cámara para tratar de dar lecciones de ética a nadie. Un buen amigo, exdiputado del PP, me decía el otro día que en los 13 años que les han caído a los desgraciados de Correa, Crespo y El Bigotes hay un porcentaje procedente de los sobresueldos para altos cargos del PP, otro de la caja B del partido, del millón de euros en negro con el que se pagaron las obras de Génova 13, de la financiación de las campañas electorales y del Luis sé fuerte. Mañana te llamo.

Cuando el jefe de cualquier organización es el primero que no tiene vergüenza, lo lógico es que para que sobreviva su acrisolada respetabilidad acaben pagando sus pecados aquellos desdichados que ya son sinvergüenzas reconocidos. Y Mariano va a tener muchos de éstos para taparle sus múltiples vergüenzas. Al tiempo.