No deja de regocijarme verme aquí: defendiendo el Establishment, haciendo de monárquico desde mi republicanismo. Yo (¡como muchos!) quise ser un provocador, un maldito, un enfant terrible. Y esta España desquiciada me permite serlo desde la sensatez, que es lo que pega con mi edad (una sensatez no cipotuda, por cierto, sino cojonuda): quedando como un punki por apoyar al Rey y sus sosos discursos, su apazguatamiento civilizatorio y cortés.

Ya sé que los que están arriba en el Establishment que malamente apuntalo se seguirán llevando la pasta y yo seguiré pobre. ¡Pero qué le vamos a hacer! Con el programa de nuestros pseudorrepublicanos estaríamos peor todos, salvo los que mandan entre ellos, que para eso están haciendo su “revolución” como unas oposiciones. El monarquismo gana hoy ética y sobre todo estéticamente. En el otro bando están los peores y los más feos (¡fealdad interior, en monadas como Ramón Espinar o Rita Maestre!). Al fin y al cabo, unos estamos por la ley democrática y otros por los caprichitos.

En mi Nochebuena empezamos diez ante la tele, seis adultos y cuatro niños. A los cinco minutos quedaba yo solo, y porque me tenía que ver el discurso entero por profesionalidad. Fue soporífero, como siempre. Y esto es lo bueno, lo bonito: el Jefe del Estado hablando romamente, sin intimidar. Ninguna obligación de verlo. Coacción cero. El propio Felipe VI pidió disculpas hacia el final, por estar robándoles tiempo a los españoles. Me enterneció. Nuestros pseudorrepublicanos prefieren las matracas de seis horas (¡y esas sí obligatorias, intimidatorias!) que daba el fallecido Fidel Castro: ese Papá Noel a la inversa, que les robó el regalo de vivir en Cuba a los que no lo aguantaban. Los que critican burdamente al Rey constitucional son los mismos que soltaron sus Orinocos de lágrimas por el dictador...

Gabriel Rufián –que ha logrado ser lo más descacharrado de eldiario.es, desbancando a Suso de Toro–, ha soltado una pieza que da el tono de nuestro republicanismo realmente existente, al que vengo llamando pseudo. Eso sí que es un discurso de rey antiguo, absolutista. Absolutista y absurdo, a lo Ionesco. Muy Ubú también: metiéndonos el palitroque en la oreja. Ese es el asunto: nuestros antimonárquicos son unos abusones del copón, unos protototalitarios. Y el funcionarial Rey (¡no es épico, pero es así!) es el que deja que cada cual haga su vida, porque es el que simboliza la democracia de todos. Con sus indispensables restricciones legales, naturalmente.

God save the Queen, cantaban los Sex Pistols. Aquí no tenemos ni que ponernos imperdibles en los mofletes. Nos basta decir modositamente “Viva el Rey” para pasar por punkis. Ante nuestros absolutistas realmente existentes.