Donald Trump comparece desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. Reuters
Arabia Saudí, Catar... e Israel presionan a Trump para frenar su ataque a Irán mientras EEUU envía su principal portaviones
Tras una ronda de llamadas, la Casa Blanca ha decidido posponer un posible ataque contra el régimen de Jamenei. No obstante, el portaaviones de propulsión nuclear USS Abraham Lincoln ya ha puesto rumbo a Oriente Medio.
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Tras amenazar durante días con atacar Irán en apoyo a los manifestantes que desafían al régimen del ayatolá Alí Jamenei, el miércoles Donald Trump decidió bajar el tono de su retórica. Afirmó que las autoridades iraníes habían informado a la Casa Blanca de que no se ahorcaría a los manifestantes arrestados y de que, en líneas generales, se había dejado de "matar" a quienes protestan.
Una idea reforzada este mismo jueves por el poder judicial persa tras declarar que no ha dictado sentencia de muerte contra Erfan Soltani, un manifestante de 26 años cuya ejecución estaba planeada esta semana.
Sin embargo, al margen de las conversaciones que estén teniendo lugar directamente entre Washington y Teherán, todo parece indicar que la moderación de Trump ha venido auspiciada por los países del Golfo y, también, por los israelíes.
Es más: según un alto funcionario estadounidense –citado de forma anónima por The New York Times–, el propio Benjamin Netanyahu habría llamado a Trump pidiéndole que pospusiera un posible ataque contra Irán. Por lo visto, según explica un extenso análisis aparecido en el Jerusalem Post, Netanyahu teme un ataque masivo contra Israel si Jamenei se ve acorralado.
Asimismo, algunos de los principales socios árabes de Washington –Catar, Arabia Saudí, Omán y Egipto– han estado llamando insistentemente a la Casa Blanca y al Pentágono para tratar de impedir un ataque contra Irán. ¿Su argumento? Que una ofensiva contra el régimen de Jamenei puede desembocar en una crisis regional de proporciones desconocidas. En paralelo, esos mismos países árabes habrían pedido a Irán no tomar represalias contra ellos en caso de que Estados Unidos mueva ficha.
"Creemos en el diálogo y en resolver cualquier desacuerdo en la mesa de negociaciones", ha declarado el ministro de Asuntos Exteriores saudí, Adel al-Jubeir, al hilo de la labor diplomática que está llevando a cabo su país.
Todo lo anterior no implica que Trump haya guardado los planes de ese hipotético ataque en un cajón. Sólo significa que parece haberlos apartado… temporalmente.
Quizás sólo hasta la llegada del portaaviones USS Abraham Lincoln –acompañado de una escolta formada por varios destructores– a la zona. Su puesto de mando recibió ayer jueves la orden de abandonar el Mar de China Meridional, donde se encontraba, para dirigirse a Oriente Medio. Un trayecto que cubrirá en algo más de una semana.
Cabe recordar que Trump ya jugó a las ambigüedades el pasado junio, aun cuando ya había aprobado el bombardeo de precisión que tenía como fin desmantelar la infraestructura del programa nuclear iraní. De hecho, un alto mando del Pentágono citado por la prensa estadounidense ha reconocido que el presidente "no ha descartado las opciones militares que sus comandantes le han presentado en los últimos días".
El líder supremo iraní, Alí Jamenei, frente a sus acólitos. EFE
Miles de muertos
La nueva oleada de protestas –no es la primera vez que la sociedad iraní se manifiesta contra el régimen– comenzó el pasado 28 de diciembre. El motivo: un desplome histórico del rial, la moneda local, frente al dólar. En cuestión de horas miles de comerciantes se declararon en huelga y salieron a la calle. La mecha prendió en los bazares de Teherán.
A lo largo de los primeros días, las protestas fueron ganando adeptos y a los comerciantes se sumaron todo tipo de profesionales y estudiantes; tanto hombres como mujeres. El enfado se extendió por todo el país y Teherán pasó a ser sólo una ciudad más de las muchas que registraron marchas.
El mensaje, además, evolucionó: lo que había comenzado como una huelga por cuestiones económicas pasó a convertirse en una protesta contra el régimen. Durante esos días, las fuerzas policiales iraníes recurrieron, sobre todo, a gases lacrimógenos para dispersar a la gente.
Luego llegó la primera semana de enero y, con ella, un aumento sustancial de la tensión. En algunas ciudades los manifestantes trataron de irrumpir (consiguiéndolo a veces) en edificios gubernamentales y los enfrentamientos entre quienes protestaban y las fuerzas del régimen se intensificaron dejando, así, las primeras víctimas mortales.
En medio de toda aquella vorágine tuvo lugar, a miles de kilómetros de distancia, la captura de Nicolás Maduro en Caracas por parte de las fuerzas de operaciones especiales estadounidenses. Dicha captura llegó seguida de varias declaraciones de Trump sobre Irán. En una de ellas dijo que si Jamenei ordenaba "matar a la gente" como en el pasado Estados Unidos golpearía "con mucha dureza" al régimen.
Tras las declaraciones de Trump apareció el propio Jamenei en la televisión estatal para culpar de los disturbios a una serie de agentes extranjeros y decir que los "violentos" tenían que ser puestos en su sitio. A partir de ese momento, la represión del régimen aumentó considerablemente y poco después llegó el corte de las comunicaciones. Entonces la información procedente del interior del país dejó de fluir.
"Primero Trump animó a la gente a seguir manifestándose", cuenta una joven iraní residente en Alemania durante una conversación telefónica con EL ESPAÑOL. "Y ahora decide que hay que esperar… ¿qué clase de comportamiento es ese?".
"Las primeras expresiones de apoyo estadounidense e israelí podrían haber tenido un efecto imprevisto: aumentar la tolerancia al riesgo de los manifestantes, basándose en la creencia de que actores externos finalmente los rescatarían", cuenta por su parte el analista israelí Herb Keinon haciendo alusión también a los mensajes explícitos del Mosad animando a los iraníes a salir a la calle en Irán. "Sin embargo, la demora a la hora de enviar la caballería –o de adoptar cualquier otra acción sustancial– podría estar erosionando esa confianza".
A la hora de escribir estas líneas todavía no se sabe con certeza el número de muertos. Los informes más moderados indican que hay unas 3.500 víctimas identificadas. En cualquier caso, según lo transmitido por Trump, esa cifra –sea cual sea– no debería subir más.
Con todo, a muchos analistas les preocupa cómo ha verbalizado el régimen su intención de moderar la represión. Este ha comenzado a diferenciar, en su discurso, tipos de manifestantes. Meros "alborotadores", por un lado, y "personas vinculadas a servicios de inteligencia extranjeros" o directamente "terroristas" por el otro. Es de suponer que quien sea identificado de esta última manera sufrirá los castigos más severos.