Netanyahu visita a Trump en su resort de Mar-a-Lago.

Netanyahu visita a Trump en su resort de Mar-a-Lago. Jonathan Ernst Reuters

Oriente Próximo

Netanyahu arrastra a Trump hacia un segundo ataque sobre Irán para desviar la atención de la segunda fase del plan de Gaza

Las protestas masivas en las calles de Teherán y el conflicto abierto entre Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar en torno a Yemen podrían facilitar la caída de los ayatolas… pero Trump, de momento, tiene como máximo objetivo reconstruir Gaza.

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Las claves

Netanyahu presiona a Trump para considerar una segunda ronda de ataques contra Irán, alegando el rearme de Hezbolá y la reactivación nuclear iraní.

La insistencia israelí busca desviar la atención de la segunda fase del plan de Gaza, que implica la entrega de armas por parte de Hamás y la reconstrucción bajo supervisión internacional.

Trump muestra cautela, condicionado a pruebas sobre el programa nuclear iraní, mientras Netanyahu y él mantienen una relación marcada por altibajos y desconfianzas.

Netanyahu se opone a cualquier plan que mejore la prosperidad palestina, temiendo que fortalezca la unión entre Gaza y Cisjordania y alimente aspiraciones independentistas.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, insistió el pasado lunes al presidente estadounidense, Donald Trump, en la necesidad de mantener la presión sobre Irán e incluso contemplar la posibilidad de una "segunda ronda" de ataques. Según informa el portal de noticias Axios, Netanyahu alertó a Trump de una supuesta reconstrucción del programa nuclear iraní después de los ataques conjuntos del pasado mes de junio. Asimismo, le informó del rearme de la milicia chií Hezbolá, dependiente económica y militarmente de Teherán.

Es imposible subestimar la importancia de Irán en todo el engranaje diplomático y militar de Oriente Próximo. Su vocación expansionista y sus enfrentamientos con el mundo árabe suní, con milicias y grupos terroristas repartidos por Siria, Líbano, Irak y Yemen, ha sido, paradójicamente, clave para unir a Israel y a Estados Unidos con países tradicionalmente hostiles como los Emiratos Árabes Unidos, Baréin o la propia Arabia Saudí, que sufrió en 2019 el único ataque de su historia tras el bombardeo de unas plataformas petrolíferas mediante drones iraníes.

El momento, además, parece ser propicio para terminar de apuntalar estas relaciones y, a su vez, castigar al régimen de los ayatolás. Por un lado, la situación en Yemen está separando a Catar, Emiratos y Arabia Saudí, algo que Estados Unidos no puede permitirse pues hablamos de sus tres mayores aliados en la zona. Buscar un enemigo común y juntarlos en torno a un objetivo bélico puede hacer que las tensiones se alivien entre los tres países… y que eso, a su vez, debilite a los hutíes, controlados precisamente por Irán.

Aparte, la propia situación interna en Irán vuelve a ser complicada para el régimen. Después de reprimir violentamente las distintas manifestaciones de los estudiantes en favor de los derechos humanos más básicos en 2022 y 2023, las calles del Estado persa se están volviendo a llenar de jóvenes protestantes. La diferencia respecto a lo sucedido en años anteriores es que la situación del actual Gobierno es mucho más débil, tanto en lo económico como en lo puramente militar.

La compleja relación Trump-Netanyahu

Aun así, y sabiendo que Trump siempre ha tenido a Irán en su punto de mira, ya desde su primer mandato, Estados Unidos prefiere ser prudente. El propio presidente concedió en la rueda de prensa posterior al encuentro con Netanyahu que su país lanzaría un nuevo ataque si se comprobara que, efectivamente, Irán estaba rehaciendo su programa nuclear. Ahora bien, el propio uso del condicional parece indicar que, en estos momentos, la inteligencia estadounidense no las tiene todas consigo.

No es la primera vez que Netanyahu aparece por Mar-a-Lago o por la Casa Blanca con documentos desactualizados para intentar convencer a Trump de la necesidad imperiosa de un ataque. La relación entre estos dos veteranos de la política es un reflejo de su carácter: altibajos continuos, momentos de euforia y de odio, resquemores y desconfianzas… siempre con la constancia de que se necesitan mucho más de lo que probablemente les gustaría.

Tampoco puede ser casualidad que este repentino intento de Netanyahu por desviar la atención estadounidense llegue justo después de que Trump insistiera en la conveniencia de pasar a la segunda fase del plan de veinte puntos firmado por representantes de Israel y de Hamás el 9 de octubre en la localidad egipcia de Sharm el-Sheij. Una firma en la que no estuvieron presentes el primer ministro israelí ni los líderes de la organización terrorista.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu Reuters

Objetivo: empezar la reconstrucción de Gaza

Aunque se trate de un plan equilibrado y con bastante sentido, lo cierto es que ninguna de las dos partes ha tenido nunca el menor interés en cumplirlo en su totalidad. La primera fase –entrega de rehenes a cambio de un alto el fuego– venía bien tanto a Israel como a los terroristas. La vuelta a casa de los secuestrados del 7 de octubre de 2023 podía venderse como un éxito diplomático de Netanyahu en un momento de amplísima contestación interna. A su vez, el alto el fuego permitía a Hamás reorganizar sus filas y retomar las riendas de la represión sobre los gazatíes.

Otra cosa muy distinta es la segunda fase, donde ambos tienen que ceder. De entrada, Hamás tiene que entregar las armas y echarse a un lado, algo que podemos dar por hecho que no va a hacer por las buenas. En su lugar, pasaría a gobernar Gaza una coalición internacional encabezada por una figura árabe con el apoyo de una fuerza multinacional que se dedicaría a poner orden y permitir la reconstrucción de la Franja, que es lo que realmente le interesa a Trump.

El presidente estadounidense no es un moralista. Diríamos, más bien, que es todo lo contrario. Lo que le interesa de Gaza, y ya lo dejó claro nada más llegar a la Casa Blanca por segunda vez, es su enorme potencial urbanístico. El pastel que se pueden repartir entre Estados Unidos y los países árabes es tremendo, hasta el punto de que Trump ya ha insinuado que podría empezar la reconstrucción incluso antes de que Hamás desaparezca de la Franja, algo poco realista.

Los problemas de Netanyahu con la prosperidad palestina

¿Qué problema tiene Israel con todo esto? Netanyahu siempre se ha opuesto a la solución de los dos Estados que defiende como final a medio-largo plazo el propio plan de Trump. A su entender, todo lo que suponga un bienestar para los palestinos puede llevar a alimentar sus sueños de independencia y fortalecer la unión entre esa Gaza inconexa y la Cisjordania controlada aún por el anciano Mahmud Abás y la Autoridad Palestina.

Por ello, el actual primer ministro israelí siempre ha mantenido unas relaciones razonables con Catar, lo que ha llevado a que parte de su entorno esté investigado judicialmente por el llamado Catargate, el escándalo por el cual al menos dos lobbies cataríes habrían colocado a sus miembros en la oficina del primer ministro. El propio Netanyahu reconoció en su momento que había hecho la vista gorda ante los pagos de Catar a Hamás por entender que así debilitaba a la Autoridad Palestina.

En ese contexto, es normal que, frente a las exigencias de Trump, prefiera cambiar de tema. Si tanto Estados Unidos como sus socios árabes se ponen exigentes con el paso a una segunda fase que ya va con retraso, Netanyahu y su coalición de gobierno se verá entre la espada y la pared a pocos meses de la siguiente convocatoria electoral. Sólo la retirada de tropas del terreno ya podría considerarse una derrota. Todo lo que sea ganar tiempo, en ese sentido, le beneficia. Y Bibi es un maestro de la confusión y el doble juego.