El presidente ruso, Vladímir Putin, este martes en su discurso.

El presidente ruso, Vladímir Putin, este martes en su discurso. Reuters

Europa

Putin escenifica su soledad con un discurso vacío, paranoico y sin capacidad alguna de reacción

Ha sido el mejor ejemplo de lo que ha sido este año para él: una consecución de desastres militares que le han dejado en una soledad absoluta.

21 febrero, 2023 20:26

Se daban todas las circunstancias para que Vladimir Putin sorprendiera al mundo en su anunciadísimo mensaje a la nación con algún elemento nuevo que pudiera darle la vuelta a la guerra de Ucrania. De entrada, el discurso llegaba veinticuatro horas después de la demostración de fuerza de Zelenski y Biden en Kiev, la escenificación de su alianza mediante un paseo por las mismas calles que Putin intentó sin éxito llenar de tanques hace prácticamente un año. El golpe de efecto estadounidense invitaba a pensar en una reacción similar por parte del Kremlin, pero no fue así.

Ni se anunció la anexión de Bielorrusia, como se llegó a fantasear por parte de ciertos propagandistas, ni se dijo una palabra sobre el rol de China en el conflicto pese a que Wang Yi, el ministro de asuntos exteriores, está estos días de visita en Moscú, ni se justificó una nueva movilización que supusiera un cambio práctico en el equilibrio de fuerzas sobre el terreno. Nada. Absolutamente nada. La imagen de un Putin diminuto en un grandioso escenario lleno de banderas rusas era el mejor ejemplo de lo que ha sido este año para el presidente ruso: una consecución de desastres militares y políticos que le han dejado en una soledad absoluta.

Su sucesión de hipérboles con un tono paranoico que uno puede esperar de los programas de la televisión estatal, pero no de un hombre de estado, no solo no modifican en nada la situación en Ucrania, sino que retratan a un hombre perdido en una retórica demencial. Ni siquiera los suyos parecieron entusiasmarse con el recorrido histórico de agravios: el expresidente y exprimer ministro, Dimitri Medvedev, apareció en varios planos echando un sueñecito mientras hablaba su líder. Nadie puede culparle.

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La sensación, afortunadamente, es de oportunidad perdida. La inteligencia estadounidense anda estos días preocupada por varias cuestiones: la posible entrada de China en el conflicto mediante el envío de armas a Moscú, la inminente segunda ofensiva que puede coincidir con el aniversario de la primera y la extraña decisión del presidente bielorruso Alexander Lukashenko de armar a ciento cincuenta mil de sus ciudadanos para maniobras de supuesta defensa. Nada de eso apareció en el discurso de Putin.

Cómo derrotar a Occidente

Sí aparecieron el Imperio Austro-Húngaro, la conspiración transgénero y la necesidad de proteger a los niños de la perversión de Occidente. En realidad, prácticamente todo el discurso fue una exposición de motivos para odiar a Occidente de la misma manera que, supuestamente, Occidente odia a Rusia. Estas consignas, que pudieron funcionar durante setenta años en la Unión Soviética, son complicadas de asimilar después de tres décadas de apertura y globalización. Rusia ha sido pieza clave en el progreso cultural y económico de Occidente en este período como Occidente lo ha sido en el de Rusia.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, este martes ante la Asamblea Federal en Moscú.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, este martes ante la Asamblea Federal en Moscú. Reuters

No lo ve así Putin, que culpa a la OTAN y la Unión Europea de todos los males y, en concreto, de la prolongación de su "operación militar especial" en Ucrania, que, de repente, se ha convertido en una agresión occidental a la integridad y la existencia misma de Rusia. Ahí fue donde Putin pasó a las amenazas, pero ni siquiera en ese campo supo o pudo ser original. Aseguró que, si las armas que llegaban a su país vecino tenían un alcance mayor, no quedaría más remedio que avanzar aún más para alejarlas.

Lo que no explicó fue cómo lo conseguiría. Un año después del inicio de la invasión, Rusia no ha sido capaz ni de tomar Bakhmut. Ni su ejército regular, ni las guerrillas del Ejército Popular de Donetsk, ni las del Ejército Popular de Lugansk, ni los voluntarios chechenos, ni los mercenarios del Grupo Wagner. Putin dejó claro que la guerra continuaba, pero, desgraciadamente, nadie esperaba lo contrario. De hecho, cuando más miedo da el presidente ruso es cuando coquetea con ofertas de paz que se sabe que no cumplirá jamás.

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La amenaza nuclear

La otra gran amenaza, por supuesto, tuvo que ver con el armamento nuclear. Es una constante desde el primer día del conflicto: Rusia no puede perder la guerra porque antes de perderla preferiría un holocausto atómico. Bueno, eso es muy relativo. Las potencias nucleares han perdido guerras en el pasado y lo han hecho con estrépito: Estados Unidos lo hizo en Vietnam y la propia Unión Soviética lo hizo en Afganistán antes de autodestruirse. Incapaces de imponerse en una guerra convencional, los rusos y sus propagandistas siempre apelan a la carta nuclear para alarmar al resto del mundo. El problema es que el resto del mundo cada vez tiene menos miedo.

Por ejemplo, el anuncio de la salida de Rusia del tratado START III de control de ojivas nucleares para controlar su proliferación no es más que un nuevo brindis al sol. En la práctica, Rusia y Estados Unidos dejaron hace tiempo de inspeccionar sus arsenales nucleares. Como afirma el periodista Nacho Montes de Oca, Putin dio por terminadas estas inspecciones mutuas cuando las sanciones hicieron imposible que sus expertos las llevaran a cabo, lo que, insistimos, en la práctica, es dejar en nada el tratado.

Joe Biden junto a Zelenski durante su visita a Kiev este lunes 20 de febrero.

Joe Biden junto a Zelenski durante su visita a Kiev este lunes 20 de febrero. EFE

La amenaza nuclear lleva ahí demasiado tiempo como para pensar que, si un ataque nuclear táctico o a gran escala le sirviera a Rusia de algo, no lo habría intentado. Gana más el Kremlin amenazando que golpeando. Más que nada porque, como le recordó la propia China el pasado fin de semana en la Conferencia de Seguridad de Munich, una guerra nuclear es algo a evitar a toda costa, pues no puede haber ganador.

En definitiva, el discurso de Putin deja las cosas como estaban a la espera de que pueda hacer algún tipo de intervención pública en la fiesta-concierto programada para este miércoles en el estadio Luzhniki y a la que se espera que asistan doscientas mil personas. Mientras tanto, Biden sigue dándose baños de masas por Polonia y las disensiones internas rusas son más públicas que nunca con las quejas de Eugeni Prigozhin, quien ha acusado al Ministerio de Defensa de no suministrarle suficientes armas. De eso tampoco dijo nada Putin, por supuesto.