Lech Walesa, arengando a sus compañeros.

Lech Walesa, arengando a sus compañeros. Giedymin

Europa Polonia

Lech Walesa, de héroe a sospechoso de villano

El hombre que lo fue todo para Polonia cayó en desgracia tras una investigación que desvelaba su posible colaboración con el régimen comunista.

Cracovia (Polonia)

Lo fue todo para Polonia. Un simple -y dicen que simplón- electricista de Gdansk que, a fuerza de tesón y corriendo riesgos calculados terminó protagonizando el momento más decisivo en la historia moderna de su país. Cofundó y lideró el sindicato Solidaridad, que todavía cuenta con millón y medio de afiliados, obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1983 y fue el presidente de Polonia entre 1990 y 1995.

Hasta el oscarizado Andrzej Wajda rodó un biopic hagiográfico sobre el "hombre de la esperanza". El aeropuerto de Gdansk lleva su nombre y ostenta más de cien doctorados “honoris causa” concedidos por universidades de todo el mundo, desde Tokio hasta Canadá. Su inconfundible bigote dibujaba un ancla invertida que recordaba el símbolo usado en la 2ª Guerra Mundial por la resistencia polaca. Porque Lech Walesa (Popowo, 1943) era la resistencia y era Polonia.

Pero el fulgor se fue atenuando y con el tiempo empezaron a aparecer las sombras. En 2008 Slawomir Cenckiewicz y Piotr Gontarczyk llevaron a cabo una investigación en nombre del Instituto de Memoria Histórica polaco y publicaron un libro que dejaba pocas dudas sobre la colaboración de Walesa con el régimen comunista y su labor como confidente del Gobierno entre 1970 y 1972.

Según los historiadores, “Bolek” (nombre en clave de Walesa) recibió dinero a cambio de denunciar las actividades de al menos 40 compañeros de trabajo en el astillero de Gdansk. La documentación aportada en el libro, que incluye recibos firmados de puño y letra por Walesa con su nombre y apodo, ha sido cotejada por expertos independientes que han corroborado su autenticidad. Además, los autores del libro denunciaron que unos 200 documentos desaparecieron durante el período en que el líder de Solidaridad fue presidente del país.

Cuando, en el año 2015, falleció el que fuera ministro de Interior durante la era comunista, Czesław Kiszczak, fue hallado en su domicilio un dossier que contenía 41 informes firmados por “Bolek” y recibos por un valor total de 11.700 zlotys. Lech Walesa dijo que se trataba de falsificaciones y anunció querellas contra todos los implicados en la investigación, si bien en el pasado ya había admitido que cargaba con “un error” en su conciencia.

Algunos historiadores piensan que Walesa pudo llegar a colaborar, como tantos otros, con un régimen que alternaba el guante de seda con el puño de hierro, pero resulta difícil discernir hasta qué punto “Bolek” se implicó en esas actividades.

Para la inmensa mayoría de los polacos resultaría injusto ensuciar el legado de alguien que tantas noches, antes de salir de casa para dirigir reuniones clandestinas, se quitaba el reloj y la alianza, entregándoselos a su esposa para que los vendiese si le ocurría algo.

Los excesos de 'Bolek'

Danuta Walesa (se cambió el apellido por el de su marido al casarse) nunca tuvo que vender nada pero sí que hubo de acudir a Oslo en 1983 para recibir el Premio Nobel de la Paz en nombre de su esposo, que temía ser retenido a su vuelta si abandonaba Polonia.

Hay quien piensa que la sombra de Lech Walesa es demasiado alargada como para permitirle seguir influyendo en la vida política actual. El PiS, partido que detenta el poder, es enemigo declarado del héroe de Gdansk, que nunca ha ahorrado descalificaciones hacia los políticos de casi cualquier signo.

Precisamente, su excesiva verborrea y su poco tacto a la hora de expresarse sobre lo divino y lo humano, es una de las razones por las que Walesa parece a veces un boxeador que ha perdido cintura pero no arrogancia (“La caída del Muro de Berlín dejó buenas fotos, pero empezó en los astilleros de Gdansk”).

Que diga que solo teme a Dios y a su esposa, pero solo a veces puede resultar simpático, pero más de una vez ha quedado en evidencia al expresar, de manera grosera, sus opiniones sobre los homosexuales, de quien dice que “necesitan tratamiento médico” y que no deberían poder entrar en el Parlamento. En San Francisco cambiaron el nombre de la calle “Lech Walesa” hace años. También los comunistas, los capitalistas, las grandes potencias, las instituciones, Obama y en general cualquiera excepto la Iglesia y la familia son diana de sus dardos verbales.

Hoy, gran parte de la juventud polaca le considera un dinosaurio inadaptado y casi nadie entiende sus propuestas como unir políticamente Alemania y Polonia. En su vida personal, la muerte a principios de año de uno de sus ocho hijos, alcoholizado, y sus problemas de salud, le han llevado a vivir solo y casi recluido en un piso de Varsovia donde en vez de visitas de dignatarios mundiales recibe a su párroco de confianza y a su familia próxima.

Fue la cara de un cambio que modificó para siempre la historia

El cada vez menos carismático líder ha amenazado con autoexiliarse del país por sentirse "acosado". Para la generación que presenció el alzamiento de “Solidarnosc” (“solidaridad”, en polaco), Walesa será siempre una pieza imprescindible del pasado de este país y una de las claves que definieron su futuro. Para Natalia Gudaniec (35), una de las jóvenes que creció durante la transición a la democracia, la figura de Walesa tiene un significado más sentimental que político hoy día, y “fue la cara de un cambio que modificó para siempre la historia. Fue un líder revolucionario, pero no un político o un intelectual; simplemente no pudo seguir el ritmo de los nuevos tiempos”.

Lech Walesa fue el hombre idóneo en el momento y lugar adecuados y actuó con decisión y acierto, una mezcla de circunstancias que se da raramente en la historia. En las fotos de los años ochenta su estampa es la del héroe inequívoco, un obrero concienciado y lleno de energía que trabajaba construyendo grandes barcos hasta las cinco de la tarde, se comía un bocadillo y después se ponía a trabajar, sin quitarse el mono, en la Polonia del futuro.

Sus manos callosas saludaron a Reagan, a Juan Pablo II, a George Bush, a Juan Carlos I. Era como un Forrest Gump que se colase en los grandes salones de la Historia del siglo XX sin perder el candor ni quitarse de la solapa el pin de la Virgen de Czestochowa, patrona de Polonia.

Su silueta de hombre bloque, su traje negro barato y su rostro cuadrado eran los de un currante vestido de domingo al que le pasaban cosas. Hoy, el traje negro ha dejado paso a americanas de un gris dudoso, nudos de la corbata que parecen apretar más de la cuenta y un pelo blanco, muy blanco, que hace que su rostro parezca aún más sonrosado.