Cementerio tokiota de Saitama.

Cementerio tokiota de Saitama. @ginpikari X

Asia

La 'isla pura' de Japón no quiere extranjeros ni muertos: el vacío legal que desata una ola de odio en un cementerio de Saitama

Un pequeño cementerio abierto para residentes extranjeros causa tensas protestas en el norte de Tokio en un país donde la cremación supera el 99%.

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Tokio
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Las claves

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El cementerio Honjo Kodama Seichi Reien en Saitama es uno de los pocos en Japón que permite entierros tradicionales, vital para comunidades como la musulmana.

El camposanto ha sido objeto de protestas y rechazo por parte de algunos vecinos y grupos nacionalistas, quienes alegan riesgos sanitarios y medioambientales sin pruebas científicas.

El conflicto revela un vacío legal y administrativo en Japón, donde la cremación es la norma y apenas existen cementerios preparados para entierros religiosos.

El debate sobre los entierros refleja tensiones sociales ante la creciente presencia de residentes extranjeros y la dificultad de integrar sus tradiciones funerarias en la sociedad japonesa.

En la prefectura de Saitama, a menos de una hora de los rascacielos de Shinjuku, el silencio del cementerio Honjo Kodama Seichi Reien se ha roto. No por el paso del tiempo, sino por los gritos de manifestantes que exigen desenterrar a los muertos.

En un país donde la cremación se ha convertido en una práctica casi universal —superando el 99%—, este pequeño camposanto se ha transformado en uno de los pocos lugares donde quienes, por fe o tradición, necesitan volver a la tierra pueden ser enterrados.

Lo que comenzó como una protesta por supuestos problemas de higiene se ha convertido en un conflicto mucho más profundo que refleja las tensiones que genera la creciente presencia de residentes extranjeros en Japón.

El cementerio Honjo Kodama Seichi Reien abrió sus puertas en 2019 con un objetivo muy concreto: ofrecer un lugar de enterramiento a quienes no pueden ser incinerados por motivos religiosos.

En Japón, donde la cremación se ha convertido en la norma casi absoluta desde la posguerra, encontrar un lugar para un entierro tradicional es extraordinariamente difícil.

Desde su apertura, el camposanto ha acogido cerca de 180 enterramientos de residentes extranjeros y de familiares japoneses de los mismos.

Para comunidades como la musulmana —que prohíbe explícitamente la cremación— o para algunos cristianos y familias mixtas, este pequeño camposanto del norte de Tokio se convirtió en una rara excepción dentro del sistema funerario japonés.

Pero la apertura del cementerio pronto empezó a generar resistencia entre algunos vecinos de la zona.

En los últimos meses, el recinto ha sido escenario de protestas de residentes y grupos nacionalistas que denuncian supuestos riesgos para la salud pública y el medio ambiente.

Algunos manifestantes han llegado a exigir el cierre del camposanto y la exhumación de los cuerpos ya enterrados, argumentando que los entierros podrían contaminar el suelo o las aguas subterráneas.

Sin embargo, expertos y responsables del propio cementerio insisten en que las instalaciones cumplen con las normas sanitarias y que no existe evidencia científica que respalde esos temores.

Con el paso de las semanas, el tono de las protestas ha ido endureciéndose.

Responsables del cementerio aseguran haber recibido llamadas y mensajes en los que se exigía que los cuerpos fueran desenterrados y enviados de vuelta a sus países de origen.

En algunos casos, los manifestantes han entrado incluso en el recinto para grabar vídeos o increpar a los trabajadores.

Para los gestores del camposanto, estas reacciones reflejan un rechazo que va más allá de la discusión sanitaria y que conecta con un sentimiento cada vez más visible en algunos sectores de la sociedad japonesa: la incomodidad ante la creciente presencia de residentes extranjeros.

El conflicto también ha puesto de manifiesto una zona gris en la legislación japonesa.

Aunque el entierro no está prohibido, la normativa funeraria del país se diseñó pensando casi exclusivamente en la cremación, lo que ha dejado muy pocos espacios habilitados para entierros de cuerpos propiamente dichos.

Según distintos expertos, en todo Japón existen apenas una decena de cementerios que permiten este tipo de enterramientos.

La regulación depende además en gran medida de las autoridades locales, lo que ha generado situaciones desiguales en todo el país.

En la práctica, esto significa que para muchas familias —especialmente de comunidades religiosas como la creciente comunidad musulmana— encontrar un lugar donde enterrar a sus muertos puede convertirse en una tarea extremadamente difícil.

El debate aparece además en un momento de cambio demográfico silencioso.

Según datos de la Agencia de Servicios de Inmigración, el número de residentes extranjeros mayores de 65 años alcanzó en 2025 un récord de 235.817 personas.

Muchos de ellos llegaron a Japón hace décadas para trabajar en fábricas, en el sector de la construcción o en el cuidado de ancianos, y han construido su vida en el país.

A medida que esta población envejece, surge una pregunta que hasta hace poco apenas se planteaba en Japón: qué ocurrirá con ellos cuando mueran.

En un país donde la cremación es prácticamente universal y donde los cementerios familiares siguen normas muy estrictas, la cuestión del entierro empieza a revelar un vacío cultural y administrativo para una sociedad cada vez más diversa.

Para algunas familias, la cuestión no es sólo religiosa sino profundamente personal.

Un residente extranjero de 52 años que trabaja en Saitama desde hace más de dos décadas enterró en este cementerio a su hija mayor, fallecida a los nueve años en 2022 tras una enfermedad.

"Mi hija nació y creció en Japón. Quería enterrarla en un lugar que también fuera su hogar", explicó al visitar la tumba donde reza cada vez que tiene un día libre.

Su historia refleja el dilema que empieza a emerger en un país que durante décadas apenas tuvo que plantearse este tipo de cuestiones.

A medida que crece la población extranjera y muchos de sus residentes echan raíces permanentes, Japón se enfrenta a preguntas que van más allá de la inmigración o el mercado laboral: cómo integrar también las tradiciones religiosas y funerarias de quienes ya consideran el archipiélago su hogar.

El conflicto también se produce en un momento de endurecimiento del discurso político sobre la inmigración en Japón.

La primera ministra conservadora, Sanae Takaichi, ha prometido reforzar el control sobre los residentes extranjeros y combatir lo que define como infracciones de normas por parte de algunos de ellos.

En su primer discurso de política general reconoció que Japón necesita trabajadores extranjeros para afrontar la escasez de mano de obra, pero advirtió de que ciertos comportamientos han generado "inquietud" entre la población y prometió responder con mayor firmeza.

En este contexto, el Gobierno ha impulsado nuevas medidas para reforzar la supervisión de los extranjeros, desde controles más estrictos sobre visados y prestaciones sociales hasta iniciativas para abordar las preocupaciones públicas sobre su presencia en el país.

Aunque el Ejecutivo insiste en que estas políticas buscan una "convivencia ordenada", el debate sobre la inmigración se ha convertido en uno de los temas más sensibles de la política japonesa en los últimos años.

Este clima de tensión también se refleja en otros debates recientes sobre la presencia de minorías religiosas en Japón.

En varias ciudades, proyectos para construir nuevas mezquitas han provocado campañas de oposición vecinal alimentadas por temores culturales y rumores difundidos en redes sociales.

Episodios como las oraciones colectivas de fieles musulmanes en un parque de Fukuoka —cuando una mezquita no podía acoger a todos los asistentes— desataron protestas y manifestaciones.

Aunque el Gobierno de Takaichi insiste en que Japón necesita trabajadores extranjeros, su Ejecutivo ha prometido responder con mayor firmeza a las infracciones cometidas por algunos residentes extranjeros, en un debate cada vez más sensible sobre convivencia y diversidad en el país.

Mientras el debate continúa en las calles, ayuntamientos y redes sociales, el pequeño cementerio de Honjo Kodama Seichi Reien sigue en silencio entre casas y calles de Saitama.

Bajo su tierra descansan ya decenas de personas que vivieron, trabajaron y formaron familias en Japón.

Su presencia plantea una pregunta que el país apenas empieza a afrontar: qué lugar ocupan, incluso después de la muerte, quienes llegaron como extranjeros pero acabaron considerando a Japón como su propio país.