Alfonso Goizueta y Luz Gabás posan para Magas.
Una pareja de gremio: Luz Gabás y Alfonso Goizueta comparten el terreno de la novela histórica
Aunque son de distintas generaciones, tienen en común el impulso de escribir relatos donde exploran el pasado para comprender el presente.
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Los premios les han dado visibilidad y acceso a un público amplio, pero también exigen responsabilidad y plantean tensiones sobre la libertad creativa.
Aun así, Luz Gabás, Premio Planeta 2022, y Alfonso Goizueta, finalista en 2023, mantienen el mismo objetivo: explorar la historia con rigor, imaginación y un punto de vista propio.
Sus novelas combinan investigación, memoria y reflexión, reconstruyendo hechos y personajes sin ceder al peso de la recepción, los lectores o las redes sociales.
Historias que son, ante todo, ejercicio de control, curiosidad y ambición narrativa.
Tras el Premio Planeta, hablan sin rodeos del éxito, de la presión pública y el ruido de las redes. Reivindican la novela frente al espectáculo y coinciden: hoy importa demasiado el autor y cada vez menos la obra.
¿Qué tiene el pasado que no encuentran en el presente?
Alfonso Goizueta. Creo que lo interesante es que en el pasado se encuentran cosas del presente. Una novela histórica busca un episodio lejano que resuene con nuestro tiempo. Esa conexión entre pasado y presente es lo que hace que la historia sea universal.
Luz Gabás. Mirar al pasado permite comprender el mundo en que vivimos. Hemos llegado a este punto por todo lo que ha sucedido antes. Cada uno busca el momento que le intriga para desarrollar su novela. Desde el siglo XIX siempre ha interesado mirar atrás para entender el presente. Hay algo de nostalgia en todo esto, y el exceso de nostalgia a veces refleja miedo al futuro.
Alfonso Goizueta, finalista Premio Planeta 2023.
Aunque comparten género, pertenecen a generaciones distintas. ¿Eso cambia también su forma de mirar el pasado?
LG. Creo que sí. Igual que cada lector interpreta un libro de manera distinta, también la aproximación al pasado depende de las inquietudes y de la forma de ver el mundo de cada escritor. Estoy segura de que mi mirada no es exactamente igual a la de Alfonso, y eso es lo bonito de la literatura: que cada uno aporte su punto de vista.
AG. Sería terrible para los lectores encontrar dos novelas exactamente iguales. Incluso cuando escribes la segunda o la tercera, hay que evitar repetir lo que ya ha funcionado. Siempre hay que buscar un enfoque nuevo, cambiar el ángulo desde el que te acercas al pasado y también la técnica narrativa. La literatura es una reinvención constante.
¿Cuál es su ética frente al material histórico? ¿Se puede traicionar la historia al escribir una novela?
LG. La historia siempre se puede interpretar y muchas veces se ha usado con fines políticos. Yo me acerco a ella con curiosidad, recopilando información para integrarla en el viaje de los personajes sin dar lecciones, dejando que el lector saque sus propias conclusiones. La verosimilitud es clave: se pueden rellenar lagunas, pero sin excederse, y aunque acepto aproximaciones experimentales, el lector español de novela histórica sigue valorando cierto rigor.
AG. Va a sonar fatal, pero como novelista no tengo una ética estricta: la novela es un espacio donde cabe todo. Me gusta jugar con narradores inciertos o mentirosos; la literatura es, en esencia, una gran mentira. El lector nota más incoherencias que reinterpretaciones, y dentro de esos límites puedes experimentar, como hice con un personaje que construía su propia mentira histórica.
Premio Planeta y finalista: cuando su nombre aparece en el escenario, ¿qué cambia de verdad?
AG. A mí me cambió la vida, enteramente. No estaría aquí si no hubiera salido finalista aquella noche de octubre de 2023. Para mí fue un espaldarazo enorme: era mi primera novela, la primera que quería publicar de manera tradicional, y que saliera con ese altavoz, con el cohete que es el Premio Planeta, fue un cambio vertiginoso.
LG. Yo recuerdo a mis hijos, que son jovencitos, encantados con que alguien joven hubiese ganado el premio. Para ellos fue maravilloso. Creo que los lectores jóvenes valoraron mucho que aparezca de vez en cuando sangre nueva en la literatura. En mi caso, ya había publicado y conocía el mundo de la promoción, pero la sensación de aquella noche no la olvidaré nunca. Me veo en las fotos y me veo feliz. Estar ahí y decir: "Soy la ganadora del Premio Planeta 2022" fue un grandísimo honor, un premio a toda mi familia, a mis antepasados, a mi pueblo, a mis vecinos. Fue una alegría compartida. Me dio visibilidad, sí, pero no me ha cambiado la vida: sigo escribiendo, publicando novelas, viajando y hablando de ellas, siempre regresando a casa.
¿El éxito libera o presiona?
AG. Yo creo que presiona. Mi éxito fue el fogonazo del premio, y llega un momento en el que piensas: "Quizá todo esto ha sido una ficción. Quizá todo desaparece". Lo que más me ha costado —y lo sigo trabajando cada día— es recordar cómo era escribir antes del premio, cuando no me leía nadie porque ahí es donde encuentro la liberación. El éxito es tentacular: proyecta, promociona… pero también puede hacerte perder tu propia identidad. Tienes siempre una parte de sombra, es una bendición y una maldición al mismo tiempo.
LG. Creo que hay que tener claro qué significa 'éxito'. No es lo que otros ven en entrevistas, televisión o periódicos, sino tu propia percepción: haber logrado algo que deseabas. Para mí, el éxito es terminar la novela que me propuse escribir, proyecto tras proyecto, por decisión propia y con deseo. Y no es lo mismo alcanzar esto a mi edad que siendo joven; hay que marcar límites y no perder la ilusión. Esa es la clave: que cada novela sea un proyecto nuevo, independiente de lo que hayas hecho antes.
El premio trae consigo críticas. ¿Hubo una parte de vuestra identidad que se vio sacudida?
LG. Poco. No estoy mucho en redes; las uso para avisar a mis lectores de eventos o para recopilar imágenes bonitas que no quiero que se olviden, pero no me gusta opinar de todo. No siento la necesidad de transmitir al mundo mi opinión sobre todo. Detesto la crítica cruel e innecesaria. Las redes generan un ruido extraliterario que no me interesa. Hay gente que sí necesita hacerlo, pero a mí me resulta innecesario y me molesta. No va conmigo en ningún ámbito.
AG. Lo suscribo totalmente.
Luz Gabás, Premio Planeta 2022.
¿Qué han aprendido del impacto de ser finalista?
AG. Ha sido una experiencia con luces y sombras. Tiene una parte muy buena y otra más circense. Me ha permitido sorprenderme, descubrir lo que antes estaba oculto y quitar máscaras a la vida en general. Ha sido una oportunidad que de otro modo quizá hubiera tardado más en encontrar.
LG. Lo veo como un privilegio: los viajes por España e Hispanoamérica, y sobre todo las personas que conoces. Esa experiencia amplía horizontes y ofrece aprendizajes que no se encuentran en otro lugar.
¿Y la parte menos buena?
AG. La parte más negativa, sobre todo por mi edad, es que destacar mucho te expone a falsos apegos y a críticas crueles. Pero a la vez me ha permitido ver la vida desde distintos ángulos y ha sido un auténtico máster en naturaleza humana. Lo peor habría sido que me dijeran que, a partir de ahora, sólo vendería millones de ejemplares; la gracia está en vivirlo y estar presente.
LG. Para mí, lo menos bueno es el volumen de trabajo. No siempre puedes abarcarlo todo.
Ser escritor parece implicar no sólo escribir, sino también comunicar constantemente y estar activo en redes. ¿Cómo viven esta exigencia?
LG. Hemos creado un entorno en el que se espera que el escritor comunique constantemente, incluso sobre temas personales que quizá no quiera compartir. Antes el ideal era producir textos y que alguien los leyera; hoy hay presión por estar en charlas, redes, y opinar sobre todo. Yo tengo pudor, no me interesa exponer mi vida; esto, sumado a la velocidad y la sobreexposición, creo que ha empeorado las cosas. Además, hemos pasado del "autor ha muerto" al exceso de interés por la vida privada: importa más quién es el autor que su obra.
Esto incluso lleva a cancelaciones fáciles, con líneas rojas cada vez más bajas.
AG. Me he quitado de las redes en rebelión contra todo esto. El peligro es cuando la herramienta se convierte en contenido: dejas de usarla como utilidad y pasa a definir quién eres.
Hoy hay escritores influencers que muestran su vida cotidiana, desde lo más banal hasta sus posturas políticas, y eso crea una espuma mediática que oculta la obra real. Lo triste es que muchas veces la novela queda en segundo plano; la verdadera carta de presentación debería ser el libro, la historia que se cuenta. La obra tiene que trascender todo eso y mantenerse como lo más importante, aunque la sociedad actual parece exigir otra cosa.
¿Escribir el papel de las mujeres desde la mirada masculina conlleva un riesgo de simplificación o apropiación?
AG. Para mí sería muy difícil, casi imposible, escribir desde el punto de vista de una mujer; el ejercicio de empatía nunca estaría completo. Por eso, los personajes femeninos en mis novelas suelen estar vinculados a los protagonistas masculinos: en La sangre del padre me interesaba la relación edípica entre Alejandro y su madre; en El sueño de Troya, Sofía es la única mujer en un mundo masculino, representando la soledad, los sueños rotos y la insatisfacción.
Es un desafío que sufro con curiosidad.
LG. Ahí discrepo. Creo que el escritor debe poder meterse en la piel de cualquier personaje que le atraiga: hombres, mujeres, jóvenes o mayores, sin limitarse al propio yo.
El riesgo existe, pero no me condiciona; de lo contrario no habría podido escribir sobre los bubis en Guinea Ecuatorial o sobre nativos americanos en Latinoamérica. Me interesa la novela clásica con muchos personajes y un contexto histórico o actual: libertad para contar historias a través de quien sea el protagonista.
Lo que ocurre hoy en Irán y Oriente Medio será historia. ¿Cómo narrarlo en presente?
LG. Los conflictos siempre responden a intereses económicos y a relaciones de poder. Lo novedoso es la forma: la inmediatez, la cobertura televisiva y en redes, los drones… Todo cambia la percepción, pero no el fondo.
AG. Lo interesante es simplificarlo, reducirlo a su esencia y mostrar que seguimos siendo iguales a lo largo de la historia. En casos extremos, como una bomba atómica, surgiría una literatura nueva; en guerras convencionales, conviene despojar los detalles contemporáneos y centrarse en lo esencial.
Luz Gabás y Alfonso Goizueta charlando.
Luz, usted forma parte de 'Las Top 100 Mujeres Líderes' en cultura. ¿Qué significa que, además de escritora, se la reconozca como líder cultural?
LG. Me parece bien si sirve para que jóvenes vean que pueden ser escritoras, investigadoras o dirigir medios. Es una cuestión de visibilidad y reconocimiento del trabajo de las mujeres. También llega a adultos que leen novela histórica, aunque los jóvenes leen menos, y les facilita comprender la historia de manera clara y atractiva.
Alfonso, ¿cómo percibe su influencia dentro del panorama literario actual?
AG. Mi influencia es muy limitada; todavía me dejo influir y alcanzo a poca gente. Pero sé que los jóvenes se inspiran al ver que alguien de su edad publica y estudia historia, y eso es importante para acercarlos a la literatura.
Más allá de premios y etiquetas, ¿qué les une realmente como narradores?
AG. Lo que nos une es que somos narradores; necesitamos contar historias para explicar el mundo y también para comprendernos como seres humanos.
LG. La curiosidad y la convicción de que la literatura no tiene edad. Cada generación crea su propio discurso, pero siempre hay lectores de diferentes edades y géneros. Para mí, la lectura de novela histórica es un aprendizaje continuo: descubres mucho del pasado a través del trabajo exhaustivo de otros autores, algo que yo no podría abarcar por mí misma.
Empezábamos con que ustedes son Premio Planeta y finalista. ¿Es su techo? ¿O se han planteado presentarse a otro premio?
LG. No. Después del Premio Planeta ya tenía clarísima mi siguiente novela, Corazón de Oro, y ganas de llegar a casa para empezarla. Para mí no es un objetivo presentarme a otro premio; quiero sentarme, encerrarme y seguir escribiendo. Publicar ya es la mayor satisfacción.
AG. Yo diría que igual. Si aparece una novela que veo que podría competir dignamente, la presentaría, pero no por la ambición de acumular trofeos.