La madre abadesa Dolores Hart.

La madre abadesa Dolores Hart. EFE

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Así es la monja que vota en los Oscar: Dolores Hart fue la primera en besar a Elvis en el cine y hoy es madre abadesa

Actriz prometedora de los años 50 y 60 en Hollywood, su historia parece escrita como un guion improbable.

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En una industria construida sobre el brillo, la exposición constante y la búsqueda de la inmortalidad a través de la imagen, la historia de Dolores Hart irrumpe como una rara excepción, casi como un susurro que contradice el estruendo del cine estadounidense.

La intérprete tomó una decisión que aún hoy desconcierta: renunciar a la fama en su punto más alto para ingresar en un monasterio benedictino.

Nacida como Dolores Hicks el 20 de octubre de 1938 en Chicago, su destino parecía ligado desde temprano al espectáculo. Hija de intérpretes, su infancia transcurrió entre bastidores, estudios y escenarios.

Como lo contó en entrevista para EL ESPAÑOL: “Mis padres se fueron a Hollywood cuando yo era una cría porque eran actores. Él era tan apuesto que tenía un aire a Clark Gable. Era el apogeo de Lo que el viento se llevó (1939) y todos deseaban un segundo Rhett Butler”.

El poster de la película 'Loving You', 1957.

El poster de la película 'Loving You', 1957. Gtres

Tras el divorcio de sus progenitores, se trasladó a Beverly Hills con su madre, donde el mundo del cine dejó de ser un entorno ajeno para convertirse en una posibilidad tangible. Estudió en institutos católicos, donde comenzó a gestarse una espiritualidad que más tarde cobraría un papel decisivo.

Ascenso al estrellato

Su entrada en Hollywood fue meteórica. En 1957 debutó en la gran pantalla con Loving You, una película que marcaría su destino por dos razones: fue su primer papel relevante y compartió escena con Elvis Presley. Aquella colaboración no sólo la colocó en el radar de la industria, sino que la convirtió en parte de la mitología del ídolo musical.

Hart fue, de hecho, la primera actriz que besó a la leyenda del Rock n' Roll en pantalla, un gesto aparentemente anecdótico que con el tiempo se volvería icónico. La química entre ambos era evidente, y repetirían experiencia en King Creole (1958), consolidando su imagen como joven promesa del cine.

“A menudo me pregunto por qué Dios me dio la oportunidad de audicionar para Elvis. Éramos muchas haciendo fila aquel día y simplemente no puedo creer que obtuve el papel”, declaró Hart.

Durante los años siguientes, la entonces artista trabajó con algunos de los nombres más importantes de la época y participó en producciones de peso. Su talento y presencia le permitieron moverse con soltura entre el drama y el romance, construyendo una carrera que parecía destinada a crecer sin freno.

Películas como Where the Boys Are (1960) o Francis of Assisi (1961) reforzaron su perfil como actriz versátil y con profundidad. En esta última, donde interpretó a Santa Clara, se percibe ya una religiosa espiritual que, vista en retrospectiva, parece anticipar su futuro.

Hart junto a Elvis Presley en el largometraje 'Loving You' de 1957.

Hart junto a Elvis Presley en el largometraje 'Loving You' de 1957. Gtres

La decisión

Sin embargo, en la cúspide de su carrera, cuando apenas tenía 24 años y estaba comprometida con el empresario Don Robinson, tomó una decisión radical: abandonar Hollywood.

En 1963 ingresó en la abadía benedictina de Regina Laudis, en Connecticut. La noticia sacudió a la industria. ¿Cómo era posible que una actriz con una trayectoria ascendente, contratos en marcha y una vida aparentemente ideal decidiera retirarse del mundo?

La respuesta no es sencilla, pero Dolores la ha explicado en numerosas ocasiones como una llamada interior, una certeza difícil de racionalizar. Su fe, cultivada desde la adolescencia, fue tomando forma hasta convertirse en algo irrenunciable.

"Una vocación es una llamada que no necesariamente deseas. Lo único que yo siempre quise fue ser actriz, pero fui convocada por Dios", comentó en alguna ocasión.

Durante el rodaje de Francis of Assisi, según ha contado, experimentó una conexión espiritual profunda que terminó por redefinir sus prioridades. No se trataba de una huida, sino de una elección consciente: cambiar el aplauso por el silencio, la fama por la contemplación.

Dolores Hart en una imagen de archivo.

Dolores Hart en una imagen de archivo. Gtres

Al ingresar en Regina Laudis, adoptó el nombre de hermana Dolores. Años después, llegaría a convertirse en la madre abadesa del monasterio, liderando una comunidad dedicada a la oración, el trabajo manual y la vida en común.

Lejos de los focos, su vida transcurre entre cantos litúrgicos, labores agrícolas y la gestión de la abadía, que también desarrolla actividades culturales y teatrales, en una curiosa continuidad con su pasado artístico.

La conexión se mantuvo

Pero la religiosa nunca desapareció del todo del imaginario público. Su historia, precisamente por su carácter extraordinario, ha seguido despertando interés. Prueba de ello es su participación en el documental God Is the Bigger Elvis (2011), dirigido por Rebecca Cammisa.

La película explora su trayectoria vital, contrastando imágenes de archivo de su etapa como actriz con su vida actual en el monasterio. El título, sugerente y provocador, resume la paradoja central de su historia: frente a uno de los mayores iconos del siglo XX, eligió una figura invisible, trascendente.

El proyecto fue nominado al Oscar en la categoría de mejor cortometraje documental, lo que permitió a la propia madre abadesa regresar, de forma puntual, al corazón de la industria que había abandonado décadas atrás.

Su presencia en la ceremonia, vestida con el hábito benedictino, fue una de las imágenes más comentadas de aquella edición. No solamente por lo insólito, sino por lo que simbolizaba: una reconciliación entre dos mundos aparentemente irreconciliables.

Dolores Hart en la alfombra roja de los Premios Oscar 2012.

Dolores Hart en la alfombra roja de los Premios Oscar 2012. EFE

Voto en los Oscar

Ese vínculo se mantiene también a través de su pertenencia a la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Hart es miembro con derecho a voto en los premios Oscar, una condición que conserva desde su etapa como actriz.

Cada año recibe las películas candidatas y participa en el proceso de elección, un gesto que la mantiene conectada, aunque sea de forma discreta, con la evolución del cine contemporáneo. Su caso es único: una monja de clausura que contribuye a decidir los galardones más influyentes de la industria audiovisual.

Lejos de la contradicción, la monja ha defendido esta dualidad como una forma de diálogo entre vocaciones. Para ella, el arte y la espiritualidad no son ámbitos opuestos, sino complementarios.

El séptimo arte, en su mejor expresión, puede ser también una vía de búsqueda de sentido, una herramienta para explorar las grandes preguntas humanas. Su propia vida funciona como un puente entre ambos universos.

Su legado

A sus 87 años, la figura de esta peculiar mujer sigue fascinando. No tanto por la renuncia —aunque resulta impactante—, sino por la coherencia que ha demostrado a lo largo de las décadas.

En un tiempo marcado por la exposición constante y la dificultad para sostener decisiones a largo plazo, su historia plantea una pregunta incómoda: qué significa realmente el éxito.

Su legado no se mide en premios ni en taquilla, sino en la radicalidad de una elección que desafía las lógicas dominantes. Dejó atrás un futuro brillante en la Meca del Cine para abrazar una vida de recogimiento y fe, sin romper del todo los lazos con su pasado.

Entre el beso a Elvis Presley y el silencio del claustro, Dolores Hart ha construido una biografía única, casi irrepetible, que sigue invitando a la reflexión.

Quizá por eso su historia continúa resonando. Porque, en el fondo, habla de algo universal: la búsqueda de un lugar en el mundo, la necesidad de escuchar una voz interior y la valentía de seguirla, incluso cuando conduce en dirección contraria a todo lo esperado.