Soledad Gallego-Díaz durante una entrevista concedida a la Agencia EFE en Zaragoza

Soledad Gallego-Díaz durante una entrevista concedida a la Agencia EFE en Zaragoza EFE

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Una vida de periodismo real: el legado de Soledad Gallego-Díaz, la primera directora mujer de 'El País'

El anuncio de su fallecimiento, a los 75 años, lo ha hecho el diario para el que trabajó toda una vida.

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La muerte de Soledad Gallego-Díaz deja un hueco difícil de medir en el periodismo español, no tanto por la acumulación de cargos o reconocimientos —que también— sino por una forma de ejercer el oficio que parecía apoyarse en una convicción cada vez más rara: que contar bien lo que pasa sigue siendo un acto profundamente cívico.

Fue un miembro muy valioso de ‘Las Top 100’ y pertenecía a una generación que entendió la profesión como una herramienta de construcción democrática.

Nacida en Madrid en 1951, su carrera quedó estrechamente vinculada a la historia reciente de España, especialmente a los años de la Transición y a la consolidación de una prensa libre.

Su madre, de nacionalidad cubana, se estableció en España en 1936 y su padre, un matemático de Jaén, falleció en un accidente de tráfico al otro lado del océano, en Venezuela.

Gran parte de sus primeros años los vivió en Estados Unidos y más tarde cursó sus estudios universitarios en tierras españolas: Filosofía y Letras en la Universidad Complutense y también se diplomó en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid.

Con sólo 26 años, publicó la gran exclusiva de la época: Cuadernos para el diálogo del borrador de la Constitución de 1978.

Fue una de las primeras redactoras de El País, el periódico que se convirtió en símbolo de ese nuevo tiempo. Desde ahí desplegó una trayectoria marcada por el rigor, la claridad y una mirada internacional poco común en el panorama mediático español de entonces.

Quienes trabajaron con ella coinciden en que no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar. Su autoridad no provenía del gesto, sino del criterio.

Era una periodista que leía mucho, escuchaba más y escribía con una precisión que evitaba el ruido. En una época en la que la opinión tiende a confundirse con el volumen, Gallego-Díaz defendía algo más difícil: la solidez de los argumentos.

Durante décadas, fue corresponsal en Bruselas, París, Londres, Nueva York y Buenos Aires. Esa experiencia internacional moldeó una forma de entender este país siempre en relación con el mundo, alejada de la autocomplacencia y del ego.

En sus crónicas no había exotismo ni condescendencia: había contexto. Sabía explicar Europa sin convertirla en un ente abstracto, y América Latina sin caer en tópicos. Su escritura tenía esa cualidad casi invisible de hacer comprensible lo complejo sin simplificarlo.

Su paso por la dirección de El País entre 2018 y 2020 fue breve, pero significativo. Llegó en un momento delicado para el periódico y para el conjunto de la prensa, marcado por la crisis de modelo, la polarización política y la transformación digital.

No era una directora de grandes titulares ni de giros espectaculares; su apuesta fue más silenciosa: reforzar la credibilidad, cuidar el lenguaje, proteger la independencia. En cierto modo, intentó devolver el foco a lo esencial del oficio.

Sin embargo, reducir su legado a los cargos sería injusto. Soledad Gallego-Díaz fue, sobre todo, una periodista de redacción, de las que creen que el periódico se hace cada día desde abajo.

Tenía fama de editora exigente, pero también de maestra generosa. Corregía sin humillar, señalaba errores sin teatralidad, y sabía detectar el talento joven sin convertirlo en una amenaza.

En un oficio donde el ego puede ser abrasivo, ella practicaba una discreción que no implicaba distancia, sino respeto.

Su compromiso con la igualdad de género fue otro de los hilos constantes de su trayectoria. No desde la consigna, sino desde la práctica.

Fue una de las pocas mujeres en puestos de responsabilidad en el periodismo español durante años, y esa experiencia la llevó a defender con firmeza la necesidad de abrir espacios y corregir inercias.

Pero lo hacía sin estridencias, convencida de que los cambios duraderos no siempre necesitan ruido.

Soledad Gallego-Díaz.

Soledad Gallego-Díaz. Europa Press

Hay algo en su figura que remite a una cierta idea clásica del periodismo, casi en desuso: la del periodista como intermediario fiable entre los hechos y los ciudadanos.

En tiempos de desinformación, de velocidad extrema y de narrativas interesadas, Gallego-Díaz representaba una forma de resistencia tranquila. No se sumó a la lógica del espectáculo, ni siquiera cuando ocupó posiciones de poder. Su estilo era otro: más sobrio, más reflexivo, más incómodo para quienes buscan respuestas rápidas.

Su relación con la política fue la de alguien que la observa con atención, pero sin servidumbre. Entendía la importancia de las instituciones, pero también sus límites.

Sabía que el periodismo no está para acompañar al poder, sino para examinarlo. Esa distancia, que hoy a veces se interpreta como frialdad, era en realidad una forma de lealtad a los lectores.

En sus últimos años, ya fuera de la dirección, siguió escribiendo y participando en el debate público con la misma coherencia. Tenía una columna semanal en el suplemento Ideas del mismo periódico al que dedicó su carrera, titulado Punto de observación y también colaboraba en la Cadena SER.

No se dejó arrastrar por la crispación, ni por la tentación de convertirse en un personaje. Prefería seguir siendo periodista, en el sentido más estricto del término: alguien que observa, pregunta y trata de entender.

Su partida obliga también a preguntarse por el tipo de prensa que queda. En un ecosistema dominado por la inmediatez, las métricas y la presión constante, figuras como la suya parecen pertenecer a otra época.

Pero quizá su legado no tenga que ver con la nostalgia, sino con una advertencia: sin rigor, sin contexto y sin independencia, los medios de comunicación pierden su razón de ser.

Gallego-Díaz no era ingenua respecto a los cambios del oficio. Conocía las dificultades económicas de los medios, la fragmentación de las audiencias y la irrupción de nuevas formas de comunicación. Pero nunca aceptó que esas transformaciones justificaran la renuncia a los principios básicos. Para ella, adaptarse no significaba diluirse.

Hay periodistas que dejan una huella visible, asociada a grandes exclusivas o a momentos concretos. La suya es más difícil de delimitar, porque está hecha de continuidad.

De años de trabajo sostenido, de decisiones editoriales que no siempre se ven, de textos que ayudaron a entender mejor el mundo sin necesidad de llamar la atención sobre sí mismos. Es un legado profundo.

Algunos de los galardones que recibió fueron el Premio Francisco Cerecedo, el Premio Salvador de Madariaga, el Premio de Periodismo Cirilo Rodríguez, el Premio Margarita Rivière y el Premio Ortega y Gasset a la trayectoria profesional.

Pero más allá de todos sus reconocimientos, queda también su ejemplo personal. En un entorno competitivo y a menudo áspero, supo construir relaciones basadas en el respeto. No era complaciente, pero tampoco destructiva.

Creía en el trabajo en equipo, en la importancia de las redacciones como espacios de discusión y aprendizaje. Y defendía, con una convicción poco frecuente, que el buen periodismo es siempre un esfuerzo colectivo.

Su desaparición coincide con un momento de incertidumbre para los medios, en el que se debate el modelo de negocio y también la propia función del periodismo en la sociedad.

En ese contexto, recordar a Soledad Gallego-Díaz no es tanto un ejercicio de memoria, como una forma de señalar un camino posible.

Quizá por eso su figura resulta hoy especialmente valiosa. Porque encarna una manera de ejercer este oficio que no depende de modas ni de algoritmos, sino de algo más sencillo y más exigente: la honestidad intelectual.

Esa que obliga a dudar, a contrastar, a matizar. Esa que impide escribir lo que uno no sabe o no puede demostrar.

Su muerte no supone solamente la conclusión de una biografía; es también el final de una forma de estar en la información. Pero su influencia persiste en quienes aprendieron de ella, en los textos que dejó y en una idea del oficio que, pese a todo, sigue siendo necesaria.

En tiempos de ruido, su voz baja pero firme se echa de menos. Y quizá ese sea el mejor resumen de su herencia: la certeza de que el periodismo no necesita gritar para ser escuchado.