Mushu, un gato de pelaje claro con los ojos verdes y las orejas hacia abajo.

Mushu, un gato de pelaje claro con los ojos verdes y las orejas hacia abajo. Archivo redacción

Mascotario

Paula Calvo, educadora felina: "Si tu humor depende de cómo está tu perro o gato, puedes tener un apego ansioso"

Cuando el afecto hacia la mascota se convierte en la única fuente de consuelo, el vínculo puede derivar en aislamiento social.

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"Son las nueve de la noche, estás en una cena con amigas y llevas cuarenta minutos mirando el móvil. No ocurre nada raro. Tu perra está en casa, ha comido, ha paseado y la cámara la enfoca dormida en el sofá. Aun así, hay algo dentro de ti que se niega a relajarse", cuenta en su blog Paula Calvo.

Querer a un animal de familia es una de las experiencias más reconfortantes que existen, pero la intensidad y la forma en que nos relacionamos con ellos pueden marcar una diferencia profunda en nuestro bienestar psicológico.

En muchas ocasiones, la dedicación diaria termina entrelazada con una inquietud invisible pero aplastante que llega a condicionar la vida de quienes cuidan.

Frente a esta situación, la educadora felina reflexiona: "Reconocerse en esa escena resulta bastante común entre quienes queremos mucho a nuestros animales. Merece la pena hacerse una pregunta incómoda, y hacérsela con cariño. ¿Y si ese amor tan grande, en lugar de cuidarte, a veces te estuviera haciendo daño?".

La cara B del vínculo

Existe la creencia generalizada de que la convivencia con mascotas es un remedio infalible contra cualquier tipo de tensión personal. Sin embargo, Calvo advierte sobre la existencia de una dimensión menos explorada.

"Hay una parte que se desconoce y con la que debemos tener cuidado. Y es que el 'efecto antiestrés' funciona de manera distinta a como creíamos", escribe.

Diversas investigaciones demuestran que la interacción felina o canina eleva el bienestar general, pero no actúa como un analgésico que neutraliza los momentos de crisis en tiempo real.

De hecho, medir únicamente la fuerza del apego no garantiza un mejor equilibrio psicológico. Cuando se evalúan estos patrones bajo el modelo del apego ansioso, la calidad del afecto se revela como la variable realmente determinante.

Calvo destaca la importancia de revisar ciertas conductas cotidianas como "un espejo para abrir los ojos si se da la situación".

Advierte sobre señales de alerta como el aislamiento social, la dependencia emocional del estado de ánimo del animal, la anticipación dolorosa de su muerte o el hecho de considerar a la mascota como la única razón para levantarse por las mañanas.

Aprender a querer mejor

A pesar de estos riesgos, la educadora felina subraya la enorme aportación afectiva que brindan los animales en el hogar.

"Los animales de familia pueden ser una red de apoyo emocional extraordinariamente poderosa, y para muchas personas en situación de vulnerabilidad son literalmente lo que las mantiene en pie. Nada de esto pretende discutir esa evidencia".

El verdadero desafío no radica en reducir el afecto, sino en transformar la manera en que se expresa en la rutina diaria. Como concluye Calvo, "puedes seguir queriendo a tu perro o a tu gato con toda la intensidad de siempre. Lo que merece una revisión es la forma".

El reto no consiste en querer menos a perros o gatos, sino en aprender a querer mejor: con un cariño que cuide y acompañe sin anular la vida propia ni cerrar las puertas al resto del mundo.