Luis Cepedano, ingeniero, en la oficina de CAI Soluciones en Málaga.+

Luis Cepedano, ingeniero, en la oficina de CAI Soluciones en Málaga.+ Álvaro Cabrera

Opinión

Más leña al fuego

Los 36 millones de pasajeros previstos con la ampliación del aeródromo obligan a acompasar la ampliación aeroportuaria con el tren litoral, las carreteras, el agua y la vivienda.

Luis Cepedano
Publicada

El Gobierno ha aprobado 830 millones de euros para elevar la capacidad del aeropuerto de Málaga a 36 millones de pasajeros. La pregunta ya no es si cabremos en la terminal, sino si cabremos en la carretera, en el tren y en el grifo.

El Consejo de Ministros aprobó el pasado 15 de septiembre el plan que ordena las inversiones aeroportuarias españolas hasta 2031. Para Málaga supone más de 830 millones de euros, dentro de una actuación que rondará los 1.500. La terminal pasará de 80.000 a 140.000 metros cuadrados y el aeropuerto podrá atender 36 millones de pasajeros al año, frente a los 26,8 millones que recibió en 2025. Es una buena noticia: significa inversión, empleo y más conexiones para una provincia que vive, precisamente, de estar bien comunicada.

Conviene, sin embargo, hacer una distinción que suele perderse entre los titulares. Quien llega a Málaga en avión no se queda en la terminal: sale de ella, se sube a un coche, a un tren o a un autobús, duerme en algún sitio, abre un grifo, enciende el aire acondicionado y saca la basura.

Todo eso ocurre fuera del recinto aeroportuario y lo sostienen infraestructuras que dependen de administraciones distintas y que llevan cada una su propio calendario, si lo llevan. Es decir, estamos ante el problema de cómo una nueva infraestructura tensiona a las demás, por no haberse planificado conjuntamente.

Los números gordos ayudan a verlo. Nueve millones más de pasajeros al año son nueve millones más de trayectos entre la terminal y el destino, vengan por vacaciones, por trabajo o a ver a la familia. En agosto, el mes decisivo, el acceso al aeropuerto sumaría unos ocho mil vehículos diarios a los que ya circulan.

Y lo harían sobre la A-7, que lleva años ejerciendo a la vez de autovía de largo recorrido, de ronda metropolitana y de calle mayor del litoral.

El tren ofrece poco margen. El cercanías que une Málaga con Fuengirola circula en hora punta con un cincuenta por ciento más de viajeros que plazas sentadas y conserva la mitad de sus 32 kilómetros en vía única, lo que impide aumentar frecuencias por muchos trenes nuevos que se compren.

Y al oeste de Fuengirola —Marbella, San Pedro, Estepona— sencillamente no hay tren: el tramo de mayor valor turístico de la costa depende por entero del asfalto.

Queda el agua. La Costa del Sol Occidental pasa de un millón de habitantes a más de 1,4 millones en verano con las mismas tuberías. Los visitantes que traería la ampliación consumirían unos 5,4 hectómetros cúbicos más al año. Añádanse la depuración de esas aguas, unas treinta mil toneladas más de basura y un consumo eléctrico equivalente al de una ciudad de noventa mil habitantes.

Por último hay otro aspecto en el que también influye. Más viajeros, son más servicios, y más servicios requieren muchos más trabajadores. ¿Cómo van a venir si también tenemos el problema de la vivienda?

Nada de esto es un argumento contra la ampliación, sino a favor de acompañarla. Y hay una circunstancia que juega a nuestro favor: si las obras se ejecutan en 2028 y 2029, el tráfico permanecerá estable durante ese tiempo y los 36 millones no se alcanzarán hasta algún momento entre 2033 y 2037.

Existe, por tanto, una ventana de cuatro a ocho años. El inconveniente es que ese plazo suele ser menor que el que se tarda en estudiar, proyectar, expropiar y construir una línea de ferrocarril. La ventana existe, pero no permite esperar sentados.

La diferencia entre las dos versiones posibles de esta historia no está en el aeropuerto, que ya tiene presupuesto y fecha. Está en si llegan a tiempo el tren litoral, la duplicación de la vía del cercanías, la liberación del peaje de la autopista, el acceso norte al aeropuerto todavía sin licitar, y el refuerzo del ciclo del agua.

Si llegan, Málaga habrá ganado capacidad de verdad. Si no, habrá trasladado la cola desde la puerta de embarque hasta la autovía, el grifo y la depuradora.

Decidirlo es, todavía, una cuestión de calendario. Dentro de unos años será una cuestión de atascos y de malestar de los ciudadanos. No cabe duda de que en Málaga y la Costa del Sol, tenemos las mejores condiciones para vivir, pero también podemos morir de éxito.

En mi opinión es urgente que haya un organismo supramunicipal o que aglutine a todos los municipios afectados, para que de una vez por todas, se planifiquen y ejecuten las infraestructuras que son necesarias en Málaga y la Costa del Sol.

Luis Cepedano Beteta es ingeniero de Caminos y socio fundador de CAI Soluciones de Ingeniería.