Ahora que aprieta el calor, mucha gente vuelve la vista al mar. Reservan vacaciones en la playa, se trasladan a la casa familiar en un pueblo de la costa, a un apartamento alquilado o a ese hotel cuyo buffet de desayuno haría palidecer a Carpanta. Todo con tal de estar cerca del agua fría -cada vez menos- del Mediterráneo.
Quienes vivimos en poblaciones de costa también lo disfrutamos en invierno; nadie negará que es una suerte. Pasear por su orilla, recoger alguna caracola desgastada, otear el horizonte en busca de barcos y luego, solos o en compañía, regresar a casa, es una de las mejores actividades de domingo.
Pero el Mediterráneo tiene alma, y en ella vive un dios malhumorado. Bien lo sabían los minoicos cuando trataban de aplacarlo con ofrendas y sacrificios. Como bien lo saben, a su pesar, los cientos de personas que cada año naufragan en él.
Claro que no todos los accidentes son iguales. No es lo mismo, por ejemplo, ser embestido por la orca Doris y regresar renqueando a puerto, que volcar de pronto en una patera atestada de gente temerosa. Ni podemos comparar a quien naufraga por un fallo técnico de quien es sorprendido por una tormenta, aunque al final todos acaben en el agua.
Y no es igual porque, en medio de un mar vasto y combativo, las posibilidades de ser rescatado no siempre juegan a favor del náufrago. Algunos desaparecen para siempre mientras que otros, más afortunados, son encontrados por los servicios de rescate. Los vemos en las noticias, cubiertos de mantas, aliviados de regresar a tierra firme y quizá prometiéndose en silencio que no volverán a acercarse al mar en toda su vida.
Pero existe un tercer grupo, sin duda excepcional: los robinsones. Son aquellos que, como en la novela, descubren islas deshabitadas, tierras que nunca han sido tocadas por la civilización y, claro, ni cortos ni perezosos, se ponen a la tarea de corregirlo.
Cualquiera diría que eso en el Mediterráneo es imposible, pero no. Porque a pesar de todas las exploraciones llevadas a cabo desde la Antigüedad, a pesar de las imágenes satelitales y de los cruceros que atestan el Mare Nostrum, hace escasas fechas se produjo un descubrimiento notable.
La protagonista se llama Ivanka. Resulta que iba nadando y se topó de manos a boca con una isla bellísima, un paraíso de biodiversidad frente a las costas de Albania. Ivanka quedó tan impresionada que, en cuanto salió del agua, inició los trámites para comprar el terreno, felicitándose sin duda por su afortunado hallazgo.
Como un lugar tan especial no debía permanecer por más tiempo en el anonimato, decidió construir en él un complejo turístico de lujo. Y todo habría ido bien de no ser porque, por chocante que parezca, resultó que la isla ya estaba habitada y además es una reserva natural. ¡Incluso tiene nombre!
Pero todos tranquilos: una vez subsanado el problema menor de las quejas vecinales y del daño irreparable al ecosistema, Ivanka continúa con sus planes de construcción en Sazan. Pronto será un espacio reservado en exclusiva para vacaciones de lujo, esas que no pueden permitirse quienes han residido allí toda la vida. La reserva natural desaparecerá engullida por el hormigón, y con ella la biodiversidad isleña.
Lo que no cambiará es que, año tras año, muchas personas -¿quién sabe si esos mismos albaneses?- seguirán cruzando nuestros mares en busca de nuevos horizontes. Eso sí, sin la fortuna de la exploradora Ivanka.