He tenido la oportunidad de participar en las jornadas sobre el impacto de la IA en los despachos profesionales, organizadas por ESESA y la CEM. Compartí panel con dos profesionales a los que admiro, Fernando Marcos, socio de KPMG y Antonio García, socio de EY.
La conversación fue altamente interesante y versó sobre los diferentes ritmos de adaptación a la revolución de la IA. Mientras que los grandes despachos dedican inversiones multimillonarias a esta revolución tecnológica, los pequeños y medianos despachos utilizamos lo que tenemos, la creatividad y el ingenio.
Un asunto que centró el interés de la audiencia fue el debate sobre el talento y cómo la transformación que estamos viviendo va a impactar en la incorporación de jóvenes profesionales al mundo empresarial. La visión de mis compañeros, como la mía, fue positiva. En ningún momento de la historia los jóvenes han sido más necesarios; ellos son la revolución tecnológica, son nativos y necesitamos su ayuda para liderarla.
La pregunta es inevitable. Si la inteligencia artificial es capaz de redactar informes, analizar contratos, elaborar presentaciones, programar código o atender consultas de clientes, ¿qué papel tendrán quienes hoy comienzan su carrera profesional?
La respuesta, a mi juicio, es sencilla: un papel todavía más relevante.
Estamos entrando en la era de la IA agéntica, una nueva generación de sistemas capaces no solo de responder preguntas, sino de ejecutar tareas complejas, coordinar procesos, tomar decisiones dentro de unos límites establecidos y colaborar con las personas como auténticos asistentes digitales. Ya no hablamos de herramientas que esperan instrucciones concretas, sino de agentes que trabajan de forma autónoma para alcanzar objetivos definidos.
Este salto tecnológico está generando inquietud en algunos sectores. Sin embargo, la historia económica nos enseña que las grandes transformaciones no eliminan el talento; lo transforman. La máquina de vapor no acabó con el trabajo humano, internet no acabó con las empresas y la automatización tampoco acabó con el empleo. Lo que hicieron fue modificar las habilidades necesarias para generar valor.
La verdadera revolución no consiste en sustituir personas por algoritmos. Consiste en construir equipos donde personas y agentes inteligentes trabajen conjuntamente.
Las empresas tecnológicas más innovadoras llevan años demostrando que la diversidad de perfiles genera mejores resultados. La combinación de profesionales jóvenes con perfiles sénior se ha convertido en una ventaja competitiva.
De hecho, diversos estudios muestran que los equipos multigeneracionales son más innovadores y obtienen mejores resultados porque combinan experiencia, conocimiento sectorial, capacidad de adaptación y dominio de las nuevas herramientas digitales.
Además, las organizaciones con plantillas diversas registran mayores niveles de innovación y crecimiento que aquellas donde todos piensan, trabajan y se relacionan de la misma manera.
La IA agéntica va a reforzar esta necesidad. Los profesionales con más experiencia aportarán criterio, contexto, capacidad de análisis y visión estratégica. Los más jóvenes aportarán velocidad de adaptación, familiaridad tecnológica y nuevas formas de entender los procesos. Y los agentes de inteligencia artificial actuarán como multiplicadores de productividad para ambos.
Quizás uno de los mayores errores que podemos cometer sea pensar que la formación de los jóvenes dejará de ser importante porque las máquinas harán el trabajo inicial. Ocurrirá precisamente lo contrario. Necesitaremos jóvenes mejor preparados, más curiosos, con mayor capacidad de aprendizaje y con una sólida base ética para supervisar, entrenar y dirigir sistemas cada vez más sofisticados.
Porque la verdadera ventaja competitiva no estará en disponer de la mejor inteligencia artificial. Esa tecnología terminará estando al alcance de todos. La diferencia la marcarán las personas capaces de formular las mejores preguntas, interpretar correctamente las respuestas y tomar decisiones acertadas.
En los próximos años veremos cómo desaparecen determinadas tareas rutinarias. También veremos surgir profesiones que hoy ni siquiera imaginamos. Lo que no desaparecerá será la necesidad de talento, liderazgo, creatividad y pensamiento crítico. Son capacidades profundamente humanas que la tecnología amplifica, pero no reemplaza.
Por eso salí del encuentro organizado por ESESA y la CEM con una convicción reforzada. Frente a quienes ven la inteligencia artificial como una amenaza para las nuevas generaciones, yo la veo como una oportunidad extraordinaria. La IA agéntica no reduce la importancia de los jóvenes profesionales; la multiplica.
Y precisamente por eso, mientras escuchaba las reflexiones de Fernando Marcos y Antonio García sobre el futuro de nuestros despachos, pensé que quizá la gran conclusión de aquella conversación era mucho más simple de lo que parece: en esta revolución tecnológica las máquinas serán imprescindibles, pero los jóvenes lo serán todavía más.