¿Puede una democracia avanzar sin corregir sus errores?

La tarde caía sobre la vieja ciudad y el murmullo de los cafés se entremezclaba con el sonido de una fuente cercana. En una pequeña terraza, un anciano y un joven debatían con apasionada serenidad. El anciano, con mirada sabia y serena, hablaba despacio:

¿Sabes, muchacho? Una democracia no se fortalece ignorando sus errores, sino corrigiéndolos a tiempo. Cuando el sistema premia las minorías y castiga a las mayorías, cuando el voto de un ciudadano vale más que el de otro dependiendo de dónde viva, la democracia empieza a enfermar en silencio…

El joven, intrigado, preguntó: ¿Y por qué nadie lo corrige?

El anciano suspiró y, mirando al horizonte, respondió:

Porque corregir errores supone renunciar a privilegios, y pocos están dispuestos a hacerlo.

La herencia de un sistema electoral que no se ha querido reformar

En España, el debate sobre la reforma del sistema electoral es tan antiguo como el propio sistema democrático. Sin embargo, más de cuatro décadas después, el “melón” sigue sin abrirse.

Los partidos, una vez en el poder, parecen perder el interés en cambiar las reglas que les han llevado hasta allí, olvidando que las democracias maduras no se sostienen eternamente sobre los mismos cimientos si estos empiezan a agrietarse.

El problema de fondo es evidente: el sistema actual permite que partidos que representan a una pequeña parte del territorio nacional, como algunos nacionalistas catalanes, vascos, etc. obtengan una influencia desproporcionada en la política nacional. En ocasiones, partidos que ni siquiera obtienen un 3% del voto total, terminan condicionando decisiones que afectan al 100% de los ciudadanos.

Las posibles soluciones: abrir el debate

Diversas voces han planteado alternativas que merecen una reflexión seria:

La segunda vuelta electoral, como en otros países, permitiría que, si ningún partido alcanza la mayoría absoluta en una primera votación, los dos más votados se enfrenten en una segunda, asegurando que quien gobierne tenga un respaldo claro de la mayoría ciudadana.

Un ciudadano, un voto, igualando el valor de cada sufragio sin que importe su origen territorial. De esta forma, el Parlamento reflejaría la voluntad popular de manera más justa y proporcional.

Restricción de alianzas: impedir que partidos que no concurran en todo el territorio nacional puedan ser llave de un gobierno de todos, o establecer un umbral mínimo de escaños para participar en coaliciones de gobierno.

Primacía del partido más votado: garantizar que el partido que más respaldo haya recibido sea quien gobierne, sin necesidad de soportar alianzas que contradicen la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.

Cada opción tiene ventajas e inconvenientes. Pero lo que resulta indiscutible es que no abordar esta cuestión es prolongar una anomalía democrática que erosiona la confianza de la ciudadanía.

La necesidad de movilización ciudadana: el poder del pueblo

La sociedad civil no puede seguir siendo un espectador pasivo ante esta situación. La democracia no se perfecciona desde los despachos del poder, sino desde la participación activa de los ciudadanos.

Si de verdad queremos corregir esta grave disfunción, es necesaria una movilización cívica serena pero firme, exigiendo a los partidos políticos compromisos claros en sus programas electorales para reformar el sistema. Impulsando plataformas de debate y reflexión ciudadana que den voz al sentido común de los ciudadanos. Promoviendo iniciativas legislativas populares que pongan sobre la mesa propuestas de reforma. Haciendo presión mediática, a través de tribunas, redes sociales y medios de comunicación independientes, para que el debate no quede sepultado por intereses partidistas.

La reforma electoral no debe ser un anhelo utópico, sino una demanda democrática inaplazable.

La democracia debe evolucionar para ser más justa

La democracia no puede ser una estructura estática. Necesita adaptarse, corregirse y fortalecerse para responder a los nuevos tiempos. En palabras de Alexis de Tocqueville: “El gran peligro para la democracia es que los ciudadanos lleguen a considerar sus defectos como inevitables.”

Es preocupante que, en pleno siglo XXI, todavía tengamos en España un sistema donde no necesariamente gobierna el partido más votado, o donde pequeñas minorías puedan imponer su voluntad sobre las mayorías sin apenas legitimidad.

La democracia debe ser el gobierno del pueblo, no el rehén de los equilibrios partidistas.

Quizá ha llegado el momento de plantearnos seriamente si queremos seguir anclados en un modelo que favorece la fragmentación y la inestabilidad, o si aspiramos a construir un sistema más moderno, justo y representativo.

El anciano terminó su café y, antes de marcharse, lanzó una última pregunta al joven, que quedó resonando en el aire de la tarde:

¿Estamos dispuestos a reformar lo que no funciona antes de que termine por destruirnos?

¿Y tú, que opinas?