Ignacio Goitia en su tienda en Plaza de las Salesas, en Madrid. El Español
Ignacio Goitia, el pintor que "empapela de arte" casas en Madrid, hace frescos en palacetes y cuadros de jirafas
Desde su tienda de Plaza de las Salesas, el artista bilbaíno transforma casas, palacetes, restaurantes y espacios expositivos con sus obras.
Más información: La sorprendente estatua que ha aparecido en plena calle de Alcalá: en ella puedes "echar tus miedos".
A Ignacio Goitia (Bilbao, 1968) siempre le ha encantado Madrid. "Está atravesando un momento interesante y me apetecía formar parte de él", dice el artista con una sonrisa de "patilla a patilla" —su seña de identidad desde los 17 años—.
Años después, mientras estudiaba Bellas Artes, llegaron las jirafas: un símbolo tan irónico como inesperado que terminaría por darle un sello artístico propio desde sus inicios como pintor.
Su tienda de Plaza de las Salesas también lleva su impronta. El papel pintado de lino, los vinilos en paredes y suelos y la disposición casi escenográfica del espacio prolongan el universo de sus obras.
Ignacio Goitia en su artstore. El Español
Encontrárselo fumando en la entrada, entre cuadros y tejidos, ayuda a entender mejor al artista: su teatralidad, su calma y esa manera tan suya de convertir cualquier rincón en una escena.
Goitia habla como pinta: enlazando ideas, ciudades, recuerdos y referencias culturales con una naturalidad tan poco enfática como precisa. En su discurso aparecen Florencia, el Vaticano, Versalles o la Biblioteca Nacional con la misma lógica con la que en sus cuadros se cuela una jirafa dentro del Panteón de Roma.
Todo forma parte de su arte como experiencia vivida, no como doctrina. "Para mí lo apasionante de la vida es aprender. Porque cuanto más sabes, más ves y más disfrutas de las cosas", resume.
Creció en Bilbao y, aunque el arte no le viene de familia —su padre es ingeniero y su madre profesora—, Ignacio tenía claro desde pequeño lo que quería. "Mis padres siempre me han apoyado. Me dijeron: 'No te vamos a comprar un coche ni a pagar tus caprichos; pero todo lo que sea educación, lo que quieras'", recuerda agradecido.
Ignacio Goitia Artstore. El Español
Se lo tomó al pie de la letra. Goitia convirtió cada viaje en una prolongación de su formación: si tocaba estudiar el Renacimiento, se iba a Florencia; si podía ampliar mirada, se marchaba a París, a La Habana o a Inglaterra.
Estudió en la Universidad del País Vasco y más tarde se doctoró en Historia del Arte, no por acumular títulos, sino por alimentar una curiosidad insaciable. "Una cosa es lo que aprendes leyendo libros y otra lo que aprendes viviéndolo y sintiéndolo dentro", valora.
Cuando terminó sus estudios, un profesor lanzó una sentencia que muchos habrían preferido no escuchar: de toda aquella promoción, dijo, quizá solo uno seguiría dedicado al arte tres décadas después.
Goitia no dudó. "Tenía claro que iba a ser yo". No habla desde la arrogancia, sino desde una obstinación serena, acaso indispensable en un oficio construido a base de incertidumbre.
Como casi todos los artistas, ha conocido los "altibajos" en su carrera. Su primera exposición, siendo todavía estudiante, fue en el bar de un pueblo del País Vasco.
Después llegaron pequeñas galerías, casas de cultura, centros modestos... "Soy 'todoterreno'. Iba con mi furgoneta y mis cuadros a cuestas", recuerda.
Con el tiempo, ha llegado a exponer en lugares como la Biblioteca Nacional de Madrid, a trabajar con galeristas como Ángel Romero —uno de los creadores de ARCO— y a mostrar su obra en Miami, México, Monterrey, Lisboa, París o Roma.
No fue fácil. Su pintura figurativa no encajaba del todo en el clima dominante de finales de los ochenta, más inclinado hacia la abstracción, la instalación o la performance.
"La figuración no estaba muy bien vista", recuerda. Tampoco ayudaba su voluntad de dialogar con la tradición. "No reniego de la historia. Nos aporta mucho conocimiento. Soy irónico con un punto contemporáneo. Mi arte comunica, invita a reflexionar sobre arquitectura, religión…".
Ignacio Goitia junto a sus obras. El Español
En ese universo aparecieron las jirafas. "Empecé en 1990 a dibujarlas en Inglaterra". Trabajando con fotomontajes, e instalado durante una temporada en un contexto académico que le ofrecía menos espacio físico del que necesitaba —sus lienzos han sido desde el principio de gran escala, como de dos por dos metros, a veces más—, empezó a jugar con las imágenes.
Después viajó a Roma, tomó fotografías de sus monumentos, y ensayó una reflexión visual sobre la escala. "Con un fotomontaje metí a una jirafa en el Panteón. Los grandes edificios de poder parecen que están construidos para una jirafa. Siempre he sido irónico. Pienso que se consigue más con una sonrisa que con un grito".
Desde entonces, las jirafas se convirtieron en su leitmotiv. Frente a catedrales, palacios o arquitecturas imperiales, la jirafa introduce una extrañeza amable que obliga al espectador a mirar de nuevo.
Esa es, en el fondo, una de las ambiciones constantes de Goitia: "El arte sirve para comunicar y cuando quieres comunicar, las cosas se tienen que entender", sostiene. Por eso, en sus exposiciones entra "gente de todo tipo". Algunos, incluso, han empezado a coleccionar arte gracias a uno de sus cuadros.
Pañuelos de Ignacio Goitia.
Pero hace años, Goitia comprendió que la experiencia estética no terminaba en el cuadro. En sus exposiciones empezó a diseñar él mismo la escenografía mediante papeles pintados, creando un entorno que prolongaba el sentido de las obras.
Esa forma suya de entender el arte, está hoy en el centro de una nueva etapa profesional: la de transformar espacios con sus papeles pintados, concebidos no desde la decoración, sino desde el lenguaje artístico.
Aterrizó con su tienda física en Madrid hace dos años, y desde entonces el goteo de encargos no ha dejado de crecer. Muchas de sus obras terminan en casas particulares, y son cada vez más los clientes que le piden "empapelar" sus viviendas con su arte. También ha intervenido el restaurante Goicolea (Génova, 7).
Ese tránsito del cuadro al espacio lo demuestran algunos de sus proyectos más singulares, como el falso fresco que realizó para el palacete del valle del Loira Château de la Fresne. O su faceta de museógrafo y, ahora, su inmersión en la escenografía teatral: prepara la de una zarzuela que se estrenará en septiembre en Bilbao.
Encontrárselo fumando en la entrada ayuda a entender mejor al artista. El Español
Mientras tanto, su tienda madrileña funciona como escaparate. Allí pueden adquirirse desde obras gráficas por 150 o 200 euros hasta pañuelos —de 70 a 295 euros de cachemira y seda—, cuadros por 15.000-20.000 euros; además de bolsos, corbatas, abanicos o cojines.
Los fulares y las pashminas, precisamente, se han convertido en uno de sus sellos comerciales más celebrados: empezó a hacerlos durante la pandemia, cuando no podía acudir al estudio con normalidad, y encontró en ellos otra superficie donde desplegar su imaginario. Sus jirafas, naturalmente, también pastan allí.
Ahora se encuentra inmerso en uno de los escaparates más visibles del diseño de interiores en España: Casa Decor. A partir del 8 de abril, su intervención marcará los pasillos de esta edición, en colaboración con la interiorista Verónica Montejano.
Quizá ahí resida la singularidad de Ignacio Goitia: en haber construido, durante casi cuatro décadas, una obra fiel a sí misma.