Efrén, librero de la caseta 8

Efrén, librero de la caseta 8 Fernanda Villavicencio

Madrid Capital

El día que Efrén guardó la maleta 'peligrosa' de una turista en su caseta de la Cuesta de Moyano: "No pude dormir"

La centenaria feria de libros, junto al parque del Retiro, busca más visibilidad mientras algunas casetas esperan relevo generacional.

Más información: De la Guerra Civil a la Covid: 100 años de resistencia en la Cuesta de Moyano.

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Las claves

La Cuesta de Moyano en Madrid mantiene su tradición de casetas de libros, pese a los cambios y la peatonalización de la zona.

Los libreros, como Efrén, Carolina y Juan Carlos, comparten historias y anécdotas, además de enfrentar el reto del relevo generacional.

La demanda se centra en libros descatalogados y difíciles de encontrar, atrayendo a coleccionistas y lectores especializados.

El flujo de visitantes ha disminuido respecto a décadas anteriores, aunque persisten el turismo y el interés de jóvenes lectores.

Entre las casetas de la Cuesta Moyano conviven libros de Mafalda, biografías de Lady Gaga o volúmenes especializados de 'Las monedas españolas'.

Este mosaico de temáticas y personajes sigue siendo una de las señas de identidad de esta feria permanente del libro, que el año pasado cumplió cien años, en la calle peatonal Claudio Moyano, al lado del Jardín Botánico de Madrid.

Es martes por la mañana y 13 casetas están cerradas: algunos libreros libran entre semana para poder trabajar hasta el domingo.

Libros expuestos en una de las casetas de Cuesta Moyano

Libros expuestos en una de las casetas de Cuesta Moyano Fernanda Villavicencio

Otros puestos esperan a que el Ayuntamiento los saque de nuevo a concurso después de la jubilación de sus antiguos propietarios.

Efrén es uno de los veteranos. Lleva en Moyano más de cuatro décadas detrás de la caseta 8. Recibe al EL ESPAÑOL con una sonrisa, aunque de manera contundente comenta que desde que se peatonalizó, "esto ha ido a peor".

Recuerda incluso el día de la inauguración: "Cuando vi cortar la cinta, en la época de Gallardón, dije: malo".

La cuesta, hoy

Aun así, la actividad continúa y entre semana el público es el 'de paso': gente que mira, hojea y a veces compra: "Se va picoteando", resume. Los sábados la Cuesta se anima algo más, aunque el domingo vuelve a caer el ritmo.

El tipo de lector que llega también tiene sus particularidades. Según cuenta Efrén, muchos buscan títulos descatalogados o difíciles de encontrar: "Hay coleccionistas que buscan un libro determinado que saben que puede estar aquí, incluso otras librerías de Madrid envían a sus clientes cuando quieren algo concreto".

En cuarenta años también ha acumulado más de una historia. Una de las más curiosas ocurrió cuando aceptó guardar una maleta a una chica que prometió volver al día siguiente.

Aquella noche no pudo dormir pensando qué podría haber dentro. Afortunadamente, la propietaria regresó y todo quedó en la anécdota del contenido del equipaje.

Unos metros más arriba, en la caseta 30, Carolina representa la nueva generación de libreros. Su abuelo empezó en Moyano en 1946 y el negocio pasó después a su padre. Ella lleva ocho años trabajando aquí de manera continuada.

La caseta  30 de Carolina

La caseta 30 de Carolina Fernanda Villavicencio

"Mi abuelo fue el que me metió el gusanillo de la lectura", recuerda. Le regalaba tebeos y algunos de los primeros libros desplegables que llegaron a España. Con el tiempo, su vínculo con la Cuesta se consolidó junto a su padre, que también tuvo librerías en otras zonas de Madrid.

En su caseta conviven libro nuevo y de segunda mano, aunque lo que más buscan los visitantes es aquello que ya no se encuentra fácilmente en librerías.

También ha notado cómo ha cambiado la lectura en los últimos años: "Se lee menos por todo el tema digital", apunta. Especialmente en los libros de consulta, los de plantas, de perros, de cocina... Eso ya "ha desaparecido".

Tampoco el ritmo de visitantes es el mismo que hace décadas. Carolina recuerda los fines de semana en los que cinco personas atendían la caseta y aun así resultaba complicado por momentos "no tirarnos los libros desde adentro porque no se podía pasar".

Aun así, ella es optimista. Cree que hay jóvenes que siguen leyendo, especialmente entre los 18 y los 25 años: "Lo importante es que les entre el bicho".

Esa mezcla entre tradición y relevo generacional también se percibe unos metros más abajo, en la caseta 23, donde trabaja Juan Carlos.

Juan Carlos, en la caseta 23

Juan Carlos, en la caseta 23 Fernanda Villavicencio

Él lleva tres años allí después de trabajar durante mucho tiempo como empleado en la número 13. La suya fue una de las adjudicadas en concurso tras la jubilación de antiguos libreros.

Para él, el atractivo de Moyano está también en el entorno: "No es lo mismo estar en una librería enorme que estar aquí con treinta compañeros, al aire libre", explica. El trato con los lectores es cercano y el entorno acompaña, 'ideal' para ejercer la profesión.

Juan Carlos comenta que desde hace unos años el turismo internacional también se acerca, especialmente de países hispanohablantes, aunque reconoce que, "pocos compran".

En sus estanterías pueden aparecer desde literatura del siglo XX hasta documentos históricos. Hace un par de años vendió un manual del miliciano de la Guerra Civil por 250 euros, un pequeño volumen de apenas cuarenta páginas.

Los ejemplares llegan casi siempre por azar: bibliotecas particulares que se venden, colecciones que aparecen de repente, mucha casualidad.

Algunos libreros todavía aguantan hasta bien entrada la noche, "si existieran los serenos, serían ellos" bromea Juan Carlos, mientras otros descansan entre semana para mantener abierto el negocio el resto de los días.

Al final de la mañana, dos extranjeros recorren la Cuesta. Se detienen, hojean algún libro y comentan: "just looking" (solo estamos mirando).